Te mereces algo mejor - Miraba a la distancia tratando de evitar sus ojos.
- ¿Pero qué dices? - Sonaba realmente indignada y por eso agachó la cabeza. - Mírame. - Ordenó.
- Te escucho.
- No, no. Quiero que me mires a la cara.
Suspiró, estiró la espalda y obedeció. Notaba como sus lágrimas querían salir, su garganta se atragantaba con el silencio y su frente se había acostumbrado a esa expresión temerosa y expectante. Apretó los labios.
- No quiero a nadie que no seas tú, ¿no lo entiendes? - Temblaba. Su cuerpo inquieto quería sentir el tacto que le rehuía. ¿Por qué le rehuía? No quería hacerlo pero era demasiado estúpido para echar atrás sus acciones.
- No. Podrías estar con alguien mejor.
- ¿Sí? ¿Por ejemplo? - Enarcó las cejas y se cruzó de brazos.
- Y yo qué sé, no soy adivino. Alguien habrá... - No era consciente en el momento de que, aún no queriendo echarla de su lado, era lo único que estaba logrando. Qué fácil hubiera sido olvidarse de aquellas disputas sin sentido con un abrazo, se diría más tarde. Demasiado tarde.
- ¿Sabes que sé? Que yo te quiero y que no necesito nada más. - Hizo énfasis en el "te". - ¿Por qué has venido hoy con esa idea?
- Porque no hacemos más que pelear, que te hago daño y que noto que he caído en un pozo del que no sé salir.
Entreabrió los labios como si hubiera visto la respuesta, la luz, la verdad de todo aquel teatro. Y frunció el ceño pero su voz sonó más débil de lo que esperaba.
- Entonces... Eres tú.
- ¿Yo qué? - Preguntó, sorprendido por su reacción.
- Tú... No sabes si me quieres... - Podía adivinar un velo cristalino sobre sus ojos.
Era la gran pregunta. ¿La quería? Claro que la quería. Quería verla feliz, adoraba verla entusiasmada o cariñosamente acurrucada en su cuello. Más tarde, (¡Maldita sea, siempre tarde!) se daría cuenta de que la amaba hasta en su enfado, en su fuerte carácter, en ella misma. Entonces, ¿cómo había llegado hasta este punto? Se veía a sí mismo derrotado, sin fuerzas ni esperanza en luchar contra un destino siempre fiero, sumido en la apatía y bloqueado en el silencio y el insomnio.
Observó su figura alejarse y lloró sin torcer sus rasgos. Una parte de su mente imploraba que fuera tras ella mientras que la otra dejaba caer su terrible peso, clavando sus pies en la acera, como un hombre de hormigón, frío y estático. La miraba deseando que se volteara para verle y así lo hizo, durante un instante, antes de seguir avanzando.
- ¿Pero qué dices? - Sonaba realmente indignada y por eso agachó la cabeza. - Mírame. - Ordenó.
- Te escucho.
- No, no. Quiero que me mires a la cara.
Suspiró, estiró la espalda y obedeció. Notaba como sus lágrimas querían salir, su garganta se atragantaba con el silencio y su frente se había acostumbrado a esa expresión temerosa y expectante. Apretó los labios.
- No quiero a nadie que no seas tú, ¿no lo entiendes? - Temblaba. Su cuerpo inquieto quería sentir el tacto que le rehuía. ¿Por qué le rehuía? No quería hacerlo pero era demasiado estúpido para echar atrás sus acciones.
- No. Podrías estar con alguien mejor.
- ¿Sí? ¿Por ejemplo? - Enarcó las cejas y se cruzó de brazos.
- Y yo qué sé, no soy adivino. Alguien habrá... - No era consciente en el momento de que, aún no queriendo echarla de su lado, era lo único que estaba logrando. Qué fácil hubiera sido olvidarse de aquellas disputas sin sentido con un abrazo, se diría más tarde. Demasiado tarde.
- ¿Sabes que sé? Que yo te quiero y que no necesito nada más. - Hizo énfasis en el "te". - ¿Por qué has venido hoy con esa idea?
- Porque no hacemos más que pelear, que te hago daño y que noto que he caído en un pozo del que no sé salir.
Entreabrió los labios como si hubiera visto la respuesta, la luz, la verdad de todo aquel teatro. Y frunció el ceño pero su voz sonó más débil de lo que esperaba.
- Entonces... Eres tú.
- ¿Yo qué? - Preguntó, sorprendido por su reacción.
- Tú... No sabes si me quieres... - Podía adivinar un velo cristalino sobre sus ojos.
Era la gran pregunta. ¿La quería? Claro que la quería. Quería verla feliz, adoraba verla entusiasmada o cariñosamente acurrucada en su cuello. Más tarde, (¡Maldita sea, siempre tarde!) se daría cuenta de que la amaba hasta en su enfado, en su fuerte carácter, en ella misma. Entonces, ¿cómo había llegado hasta este punto? Se veía a sí mismo derrotado, sin fuerzas ni esperanza en luchar contra un destino siempre fiero, sumido en la apatía y bloqueado en el silencio y el insomnio.
Observó su figura alejarse y lloró sin torcer sus rasgos. Una parte de su mente imploraba que fuera tras ella mientras que la otra dejaba caer su terrible peso, clavando sus pies en la acera, como un hombre de hormigón, frío y estático. La miraba deseando que se volteara para verle y así lo hizo, durante un instante, antes de seguir avanzando.
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