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Mostrando entradas de noviembre, 2017

Caída

Todas las opciones eran posibles: Me había tropezado, mi sofisticada máquina batiente era más imperfecta de lo que creía y había dejado de funcionar, los vientos se olvidaron las fuerzas al atravesar la estratosfera, una estrella me había empujado... Fuera lo que fuera, veía la Tierra acercarse a mí a gran velocidad.  Como todos los viajes, tenía sus más y sus menos. Era toda una experiencia acariciar la Luna y mancharme las manos de tiza, abrir la boca y tragar nubes. Si estiraba bien los brazos, así, en la distancia, parecía que estaba dándole un abrazo al mundo entero. Mi ropa flotaba y ondeaba con furia exclamando que ahí iba yo, que se apartaran todos, que no tengo frenos y soy imparable. Recapacité. Si no puedo frenar... Abrí tanto los ojos como si fuera a ponerme la Tierra de lentilla. De pronto, el pecho comenzó a arderme, estallando en llamas en contacto con el oxígeno. Mi orgullosa sonrisa se transformó en un grito ahogado. ¡Por Astrea! Allí arriba nadie podía oírme, ...

El vendedor

Volvía cansado, arrastrando los pies entre las hojas caídas, haciéndolas crujir, satisfecho por el sonido y a la vez absorto en mí, haciendo camino. Llevaba bajo el brazo el balón de fútbol, manchándome la chaqueta de barro. A medida que avanzaba por el parque, más árboles lindaban el paso y más espesa se hacía la niebla. La humedad se metió entre mi ropa, infectándome con sus dedos gélidos. La arboleda se convirtió en una nube en la que no podía ver más allá de mis pasos. La incertidumbre me asustó y puse mis sentidos en alerta.  - Muchacho, ¿quieres comprar algo? - Sonó una voz en el bosque. Sobresaltado, agudicé la mirada y me aproximé con cautela a aquella mancha oscura de la cual parecía haber provenido la pregunta.  De entre la neblina surgió la figura de un viejo muy alto, que sonreía con los labios mientras se sujetaba las manos a la altura del vientre. Estaba de pie junto a un carro de varas, aparentemente vacío. Llevaba un gorro, testigo de un banquete de polilla...

Vértigo

Creía, y quería, ver en sus ojos, en aquellos pardos e hipnotizantes, que compartía mi mismo deseo. El deseo de un accidente de mis labios con los suyos. Esa clase de accidente sin sirenas, sin llantos ni enfados, sin agentes tapando y haciendo circular a la gente mientras ordenan "Aquí no hay nada que ver, sigan avanzando". La sola idea, la inverosímil posibilidad, arrancaba mi vieja máquina de imaginar, con su estruendoso ruido a corazón batiente, me hacía despegar, liberándome de la tierra. Entonces todo se deformaba bajo el vapor del sueño.  Me miraba y un millar de diminutas personas vestidas de rojo salían, eufóricas, a correr, brincar y gritar por mis mejillas. Batiendo las camisas, banderas, chocando los zapatos, provocando un cosquilleo agradable. De pronto, mi cuerpo se apresuraba por seguir el baile, torpe. Pensaba deprisa, mi lengua se tropezaba, la sonrisa salía sola a conquistar la pista. Mi humor se embriagaba de aquella fiesta y mis pies seguían el ritmo, si...