Todas las opciones eran posibles: Me había tropezado, mi sofisticada máquina batiente era más imperfecta de lo que creía y había dejado de funcionar, los vientos se olvidaron las fuerzas al atravesar la estratosfera, una estrella me había empujado... Fuera lo que fuera, veía la Tierra acercarse a mí a gran velocidad. Como todos los viajes, tenía sus más y sus menos. Era toda una experiencia acariciar la Luna y mancharme las manos de tiza, abrir la boca y tragar nubes. Si estiraba bien los brazos, así, en la distancia, parecía que estaba dándole un abrazo al mundo entero. Mi ropa flotaba y ondeaba con furia exclamando que ahí iba yo, que se apartaran todos, que no tengo frenos y soy imparable. Recapacité. Si no puedo frenar... Abrí tanto los ojos como si fuera a ponerme la Tierra de lentilla. De pronto, el pecho comenzó a arderme, estallando en llamas en contacto con el oxígeno. Mi orgullosa sonrisa se transformó en un grito ahogado. ¡Por Astrea! Allí arriba nadie podía oírme, ...
Relatos propios.