De mi expedición espacial más increíble me he llevado un terrible dolor de huesos y un agujero en el techo. Por fortuna, mi colchón me recibió en la caída como un perro viejo en el rellano, moviendo la cola pesadamente, cómplice. Volvía a casa. Al inicio. A la meta. Al experto radiólogo, la soledad. Envuelto en un centenar de sábanas, en un quejido triste y un aire viciado, todo tenía un color distinto. No el anaranjado de los westerns. Más bien un azul pálido. Casi gris. Me recordaba a la imagen fija de un parque nevado, en su sordo silencio y su tiempo aletargado. Y aquí dentro, sólo podía humedecerme los ojos, soñar sin párpados y escucharme con eco. Qué paredes más gruesas tiene esta crisálida de tela. Ojalá me convierta en una polilla y salga revoloteando guiado por mi instinto, con un objetivo poco claro pero obstinado. Encontraré una luz y, aturdido, bailaré a su lado. Y, quién sabe, quizá alguien acabe bailando conmigo. Me imagino esa felpa sobre mis alas y la incandescenc...
Estaba maldito. Padecía una enfermedad ya conocida pero mal diagnosticada. En él, sus síntomas eran el hiperónimo de las malas sensaciones. Había desarrollado este mal desde su pubertad e inconscientemente se había acostumbrado a ello. Pero no era más que el principio del tormento. Su juventud tan sólo era el preludio de sus crónicas. ¿Cómo era todo esto? Siempre había sido un lector asiduo, aplicado y atento. Estudiaba, siempre que el autor le permitía, sus personajes. Tenía alta estima a aquellos escritores que se aplicaban especialmente en elaborar complejos perfiles y biografías personales. A veces, no satisfecho con ello, indagaba en la propia vida del novelista tratando de descubrir, en sus círculos, a quiénes había descrito y de qué manera. Alguna vez, la suerte le sonreía y encontraba información valiosa para su afición, volviendo a analizar la percepción de estas personas. Nació así su trastorno, en la compleja pregunta ¿Cuánto de los demás percibo cómo son realmente, m...