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Crisálida

De mi expedición espacial más increíble me he llevado un terrible dolor de huesos y un agujero en el techo. Por fortuna, mi colchón me recibió en la caída como un perro viejo en el rellano, moviendo la cola pesadamente, cómplice. Volvía a casa. Al inicio. A la meta. Al experto radiólogo, la soledad. Envuelto en un centenar de sábanas, en un quejido triste y un aire viciado, todo tenía un color distinto. No el anaranjado de los westerns. Más bien un azul pálido. Casi gris. Me recordaba a la imagen fija de un parque nevado, en su sordo silencio y su tiempo aletargado. Y aquí dentro, sólo podía humedecerme los ojos, soñar sin párpados y escucharme con eco. Qué paredes más gruesas tiene esta crisálida de tela.  Ojalá me convierta en una polilla y salga revoloteando guiado por mi instinto, con un objetivo poco claro pero obstinado. Encontraré una luz y, aturdido, bailaré a su lado. Y, quién sabe, quizá alguien acabe bailando conmigo. Me imagino esa felpa sobre mis alas y la incandescenc...
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Obsesión social

Estaba maldito. Padecía una enfermedad ya conocida pero mal diagnosticada. En él, sus síntomas eran el hiperónimo de las malas sensaciones. Había desarrollado este mal desde su pubertad e inconscientemente se había acostumbrado a ello. Pero no era más que el principio del tormento. Su juventud tan sólo era el preludio de sus crónicas. ¿Cómo era todo esto?  Siempre había sido un lector asiduo, aplicado y atento. Estudiaba, siempre que el autor le permitía, sus personajes. Tenía alta estima a aquellos escritores que se aplicaban especialmente en elaborar complejos perfiles y biografías personales. A veces, no satisfecho con ello, indagaba en la propia vida del novelista tratando de descubrir, en sus círculos, a quiénes había descrito y de qué manera. Alguna vez, la suerte le sonreía y encontraba información valiosa para su afición, volviendo a analizar la percepción de estas personas. Nació así su trastorno, en la compleja pregunta ¿Cuánto de los demás percibo cómo son realmente, m...

Caída

Todas las opciones eran posibles: Me había tropezado, mi sofisticada máquina batiente era más imperfecta de lo que creía y había dejado de funcionar, los vientos se olvidaron las fuerzas al atravesar la estratosfera, una estrella me había empujado... Fuera lo que fuera, veía la Tierra acercarse a mí a gran velocidad.  Como todos los viajes, tenía sus más y sus menos. Era toda una experiencia acariciar la Luna y mancharme las manos de tiza, abrir la boca y tragar nubes. Si estiraba bien los brazos, así, en la distancia, parecía que estaba dándole un abrazo al mundo entero. Mi ropa flotaba y ondeaba con furia exclamando que ahí iba yo, que se apartaran todos, que no tengo frenos y soy imparable. Recapacité. Si no puedo frenar... Abrí tanto los ojos como si fuera a ponerme la Tierra de lentilla. De pronto, el pecho comenzó a arderme, estallando en llamas en contacto con el oxígeno. Mi orgullosa sonrisa se transformó en un grito ahogado. ¡Por Astrea! Allí arriba nadie podía oírme, ...

El vendedor

Volvía cansado, arrastrando los pies entre las hojas caídas, haciéndolas crujir, satisfecho por el sonido y a la vez absorto en mí, haciendo camino. Llevaba bajo el brazo el balón de fútbol, manchándome la chaqueta de barro. A medida que avanzaba por el parque, más árboles lindaban el paso y más espesa se hacía la niebla. La humedad se metió entre mi ropa, infectándome con sus dedos gélidos. La arboleda se convirtió en una nube en la que no podía ver más allá de mis pasos. La incertidumbre me asustó y puse mis sentidos en alerta.  - Muchacho, ¿quieres comprar algo? - Sonó una voz en el bosque. Sobresaltado, agudicé la mirada y me aproximé con cautela a aquella mancha oscura de la cual parecía haber provenido la pregunta.  De entre la neblina surgió la figura de un viejo muy alto, que sonreía con los labios mientras se sujetaba las manos a la altura del vientre. Estaba de pie junto a un carro de varas, aparentemente vacío. Llevaba un gorro, testigo de un banquete de polilla...

Vértigo

Creía, y quería, ver en sus ojos, en aquellos pardos e hipnotizantes, que compartía mi mismo deseo. El deseo de un accidente de mis labios con los suyos. Esa clase de accidente sin sirenas, sin llantos ni enfados, sin agentes tapando y haciendo circular a la gente mientras ordenan "Aquí no hay nada que ver, sigan avanzando". La sola idea, la inverosímil posibilidad, arrancaba mi vieja máquina de imaginar, con su estruendoso ruido a corazón batiente, me hacía despegar, liberándome de la tierra. Entonces todo se deformaba bajo el vapor del sueño.  Me miraba y un millar de diminutas personas vestidas de rojo salían, eufóricas, a correr, brincar y gritar por mis mejillas. Batiendo las camisas, banderas, chocando los zapatos, provocando un cosquilleo agradable. De pronto, mi cuerpo se apresuraba por seguir el baile, torpe. Pensaba deprisa, mi lengua se tropezaba, la sonrisa salía sola a conquistar la pista. Mi humor se embriagaba de aquella fiesta y mis pies seguían el ritmo, si...

A ciegas

Le vendó los ojos y la condujo, agarrada del brazo, hasta una silla en mitad de la estancia, haciéndole sentar. El contacto frío de la madera en su piel la hizo estremecer. Sonreía, nerviosa.  - ¿Confías en mí? Necesito que lo hagas.   - Lo hago. - Afirmó.  La casa, el barrio, la ciudad, el mundo entero estaba en silencio, expectante. Tan sólo se oía el roce de la ropa y los zapatos caer al suelo. De pronto, un chasquido sonó y una corriente de aire chocó contra su cuerpo desnudo. Tuvo un escalofrío. Unos pasos sordos sobre el parqué se aproximaron desde su derecha y pararon. Ella alargó el brazo pero allí no había nadie. Una sensación de torpeza le invadió y rió.   - ¿Qué buscas? - Susurró en su oído izquierdo.  Aquello la sorprendió y se apartó, riendo aún más.  - A ti.  Y volvió a alzar el brazo, el izquierdo esta vez, y volvió a encontrarse con el vacío.   - Me encontrarás, tranquila. - Contestó, ...

Siempre tarde

Te mereces algo mejor - Miraba a la distancia tratando de evitar sus ojos.  - ¿Pero qué dices? - Sonaba realmente indignada y por eso agachó la cabeza. - Mírame. - Ordenó.  - Te escucho.  - No, no. Quiero que me mires a la cara.  Suspiró, estiró la espalda y obedeció. Notaba como sus lágrimas querían salir, su garganta se atragantaba con el silencio y su frente se había acostumbrado a esa expresión temerosa y expectante. Apretó los labios.  - No quiero a nadie que no seas tú, ¿no lo entiendes? - Temblaba. Su cuerpo inquieto quería sentir el tacto que le rehuía. ¿Por qué le rehuía? No quería hacerlo pero era demasiado estúpido para echar atrás sus acciones.  - No. Podrías estar con alguien mejor.  - ¿Sí? ¿Por ejemplo? - Enarcó las cejas y se cruzó de brazos.  - Y yo qué sé, no soy adivino. Alguien habrá... - No era consciente en el momento de que, aún no queriendo echarla de su lado, era lo único que estaba logrando. Qué fácil hubie...