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Mostrando entradas de 2017

Caída

Todas las opciones eran posibles: Me había tropezado, mi sofisticada máquina batiente era más imperfecta de lo que creía y había dejado de funcionar, los vientos se olvidaron las fuerzas al atravesar la estratosfera, una estrella me había empujado... Fuera lo que fuera, veía la Tierra acercarse a mí a gran velocidad.  Como todos los viajes, tenía sus más y sus menos. Era toda una experiencia acariciar la Luna y mancharme las manos de tiza, abrir la boca y tragar nubes. Si estiraba bien los brazos, así, en la distancia, parecía que estaba dándole un abrazo al mundo entero. Mi ropa flotaba y ondeaba con furia exclamando que ahí iba yo, que se apartaran todos, que no tengo frenos y soy imparable. Recapacité. Si no puedo frenar... Abrí tanto los ojos como si fuera a ponerme la Tierra de lentilla. De pronto, el pecho comenzó a arderme, estallando en llamas en contacto con el oxígeno. Mi orgullosa sonrisa se transformó en un grito ahogado. ¡Por Astrea! Allí arriba nadie podía oírme, ...

El vendedor

Volvía cansado, arrastrando los pies entre las hojas caídas, haciéndolas crujir, satisfecho por el sonido y a la vez absorto en mí, haciendo camino. Llevaba bajo el brazo el balón de fútbol, manchándome la chaqueta de barro. A medida que avanzaba por el parque, más árboles lindaban el paso y más espesa se hacía la niebla. La humedad se metió entre mi ropa, infectándome con sus dedos gélidos. La arboleda se convirtió en una nube en la que no podía ver más allá de mis pasos. La incertidumbre me asustó y puse mis sentidos en alerta.  - Muchacho, ¿quieres comprar algo? - Sonó una voz en el bosque. Sobresaltado, agudicé la mirada y me aproximé con cautela a aquella mancha oscura de la cual parecía haber provenido la pregunta.  De entre la neblina surgió la figura de un viejo muy alto, que sonreía con los labios mientras se sujetaba las manos a la altura del vientre. Estaba de pie junto a un carro de varas, aparentemente vacío. Llevaba un gorro, testigo de un banquete de polilla...

Vértigo

Creía, y quería, ver en sus ojos, en aquellos pardos e hipnotizantes, que compartía mi mismo deseo. El deseo de un accidente de mis labios con los suyos. Esa clase de accidente sin sirenas, sin llantos ni enfados, sin agentes tapando y haciendo circular a la gente mientras ordenan "Aquí no hay nada que ver, sigan avanzando". La sola idea, la inverosímil posibilidad, arrancaba mi vieja máquina de imaginar, con su estruendoso ruido a corazón batiente, me hacía despegar, liberándome de la tierra. Entonces todo se deformaba bajo el vapor del sueño.  Me miraba y un millar de diminutas personas vestidas de rojo salían, eufóricas, a correr, brincar y gritar por mis mejillas. Batiendo las camisas, banderas, chocando los zapatos, provocando un cosquilleo agradable. De pronto, mi cuerpo se apresuraba por seguir el baile, torpe. Pensaba deprisa, mi lengua se tropezaba, la sonrisa salía sola a conquistar la pista. Mi humor se embriagaba de aquella fiesta y mis pies seguían el ritmo, si...

A ciegas

Le vendó los ojos y la condujo, agarrada del brazo, hasta una silla en mitad de la estancia, haciéndole sentar. El contacto frío de la madera en su piel la hizo estremecer. Sonreía, nerviosa.  - ¿Confías en mí? Necesito que lo hagas.   - Lo hago. - Afirmó.  La casa, el barrio, la ciudad, el mundo entero estaba en silencio, expectante. Tan sólo se oía el roce de la ropa y los zapatos caer al suelo. De pronto, un chasquido sonó y una corriente de aire chocó contra su cuerpo desnudo. Tuvo un escalofrío. Unos pasos sordos sobre el parqué se aproximaron desde su derecha y pararon. Ella alargó el brazo pero allí no había nadie. Una sensación de torpeza le invadió y rió.   - ¿Qué buscas? - Susurró en su oído izquierdo.  Aquello la sorprendió y se apartó, riendo aún más.  - A ti.  Y volvió a alzar el brazo, el izquierdo esta vez, y volvió a encontrarse con el vacío.   - Me encontrarás, tranquila. - Contestó, ...

Siempre tarde

Te mereces algo mejor - Miraba a la distancia tratando de evitar sus ojos.  - ¿Pero qué dices? - Sonaba realmente indignada y por eso agachó la cabeza. - Mírame. - Ordenó.  - Te escucho.  - No, no. Quiero que me mires a la cara.  Suspiró, estiró la espalda y obedeció. Notaba como sus lágrimas querían salir, su garganta se atragantaba con el silencio y su frente se había acostumbrado a esa expresión temerosa y expectante. Apretó los labios.  - No quiero a nadie que no seas tú, ¿no lo entiendes? - Temblaba. Su cuerpo inquieto quería sentir el tacto que le rehuía. ¿Por qué le rehuía? No quería hacerlo pero era demasiado estúpido para echar atrás sus acciones.  - No. Podrías estar con alguien mejor.  - ¿Sí? ¿Por ejemplo? - Enarcó las cejas y se cruzó de brazos.  - Y yo qué sé, no soy adivino. Alguien habrá... - No era consciente en el momento de que, aún no queriendo echarla de su lado, era lo único que estaba logrando. Qué fácil hubie...

Mi maravilloso desastre

Recuerdo que era un día de verano, caluroso como cualquier otro. La observaba, en sus gestos plagados de perfecta armonía con la torpeza, disputarse entre sonrisas y frustración. Vi en un delirio, seguramente regado por los rayos del sol, que aquello que se derretía inevitablemente entre sus dedos era mi corazón y me alegré de que ella fuera la titiritera que movía los hilos de mi mundo. Se derramaron gotas sobre sus prendas, me miró divertida y nuestros ojos se cruzaron, iluminándome con la eterna primavera que custodiaba. Acerqué, con gesto paternal, una servilleta a su mejilla y rememoré sus pecas, sembradas por ambos carrillos, como pequeños campos de trigo resplandecientes bajo la luz estival. Ella se quedó inmóvil y no pude evitar pensar en sus labios carnosos, en su tibieza, en la dulzura que guardan aun el mar los haya humedecido. Vino a mi sentido el olor salino impregnado en su piel pálida; respiré con calmada ansia el aroma de la flor de sal, deseando que el tiempo se hubie...

Déjame ser libre

No levantó la vista de la ropa cuando le preguntó "¿Qué haces ahí parado?". No se lo esperaba. Tampoco tenía mucha idea de por qué se había quedando mirando cómo doblaba las camisas y las colocaba en aquella maleta tan grande y desgastada, ni con qué intención había ido ahí si quiera.  - ¿Puedo pasar? - Preguntó, introduciendo una bota dentro del cuarto.  - Depende. - Su respuesta le detuvo y juntó los pies. Levantó la mirada y le miró con el ceño levemente fruncido, mostrando que no sentía mucho entusiasmo por su visita. - ¿Te irás sin decir una palabra? - Reprochó.  Él agachó la cabeza y se acercó a ella, quien prosiguió con su tarea ordenando las prendas.  - He venido a verte, a disculparme... - Hizo una pausa. - Por marcharme y no decirte nada... Es que te quiero tanto-  - ¡Ahora vienes con esas! ¡Que me quieres! - Arrugó la camiseta que tenía en las manos y la tiró a la cama con furia mientras se levantaba para encararse con él. - ¡Después de irte...

¿Qué es?

- Tú y yo... ¿Qué somos?  La pregunta le sorprendió. Enarcó las cejas, se apartó la sábana y se acercó a ella, que se hallaba sentada en el borde de la cama, mirando hacia la vidriera que daba al balcón. Desde su posición, podía contemplar a contra luz su figura. Tan sólo vestía una camisa blanca sin abotonar, estaba fumando y el humo ascendía con lentitud, rodeando su melena, que caía en cascada por sus hombros.   - Pues no lo sé. Para mí eres como una hermana pequeña.  - Si les haces estas cosas a tus menores, me alegro de que hayas sido hijo único. - Exhaló, con una sonrisa, dejando escapar volutas de humo de entre sus carnosos labios.  Él, tras dejar pasar un momento por la conmoción que le provocó su respuesta, comenzó a reírse.  - No lo decía literalmente, boba. - Respondió, suspirando, tratando de serenarse. Dudó. - ¿Qué somos? Supongo que un par de muy buenos amigos pasándoselo bien, ¿no? - Se volteó, quedando boca arriba, dejando ca...

Ideas de alquitrán

 Cual derrame de crudo, se extienden los pensamientos tristes, densos, conquistando lentamente la vasta extensión de la mente. Estoy sola , me digo. Estas aguas en las que sólo yo me zambullo con tranquilidad, aún temiendo el fondo que mis pies no tocan. Ahora mi piel se empapa, se desliza el petróleo grasiento, con su olor nauseabundo, con su tacto oleoso. Mis dedos tratan de alcanzar un resquicio al que agarrarme, tratando de evitar verme arrastrada por la marea contaminada que me empuja sin descanso. Pero mis manos resbalan. Todo parece alejarse, perder importancia, nada a lo que aferrarse y luchar. Mis sentidos están aturdidos. No distingo más allá. Tan sólo oscuridad. Una negrura que se filtra por mis poros e invade cada rincón de mí. Cegada, intento moverme. Mi cabello está pegado a mis hombros, mi cabeza cede a la presión y se agacha, mis párpados se cierran, domesticados por la fatiga. Trato de gritar pero de mi garganta apenas escapa un gorgoteo grotesco, carente de sentid...

Vamos a amar sin miedo

Terminé de ajustarme el cuello de la camisa, con un gesto de aprobación. - Creo que me sienta mejor este color. Giró la cabeza y sonrió. Terminó de colgar la percha y me abrazó por la espalda. - ¿Y qué no te queda bien? - Ronroneó en mi oído. Sus manos habían reptado hasta mi vientre, haciendo una lenta incursión por debajo de mi camiseta. - El naranja. - Respondí, apoyando la nuca en su hombro, mientras nuestras miradas se cruzaban en el espejo. Entrelacé mis dedos con los suyos a la altura de mi ombligo. Apoyó su mejilla en mi cabeza y permanecimos inmóviles, observando nuestro reflejo. Rompí el silencio.  - ¿Te parece si ahora al salir nos paramos a por algo fresquito?  Su rostro se iluminó y emitió un alegre "Sí" acompañado de un sonoro beso en la mejilla. Me volteé y nuestros labios se encontraron.  Terminamos de colocar las prendas rechazadas, volviéndolas a su lugar, y pagamos. En el exterior de la tienda, la luz y una ola de calor nos golpeó e...