Cual derrame de crudo, se extienden los pensamientos tristes, densos, conquistando lentamente la vasta extensión de la mente. Estoy sola, me digo. Estas aguas en las que sólo yo me zambullo con tranquilidad, aún temiendo el fondo que mis pies no tocan. Ahora mi piel se empapa, se desliza el petróleo grasiento, con su olor nauseabundo, con su tacto oleoso. Mis dedos tratan de alcanzar un resquicio al que agarrarme, tratando de evitar verme arrastrada por la marea contaminada que me empuja sin descanso. Pero mis manos resbalan. Todo parece alejarse, perder importancia, nada a lo que aferrarse y luchar. Mis sentidos están aturdidos. No distingo más allá. Tan sólo oscuridad. Una negrura que se filtra por mis poros e invade cada rincón de mí. Cegada, intento moverme. Mi cabello está pegado a mis hombros, mi cabeza cede a la presión y se agacha, mis párpados se cierran, domesticados por la fatiga. Trato de gritar pero de mi garganta apenas escapa un gorgoteo grotesco, carente de sentido.
La noche está aquí y este alquitrán extiende sus alas, ensombreciendo la vista, perturbando la paz que otorga el silencio, convirtiéndolo en una tiniebla de la que huir. Me abraza, como un amante, y me susurra, como un enemigo. Me revela todo aquello que intento ignorar para no caer. No olvida. No perdona. Destroza, pulveriza, empequeñece las esperanzas. Soy la realidad, me dice.
A veces quiero creerle. Otras veces, simplemente, lo hago. Es difícil no sentirse arrullada por sus palabras. Nos medimos con la mirada y me rindo ante su condescendencia, incapaz de negarme. No sé qué es. Pero me conoce. Y desconozco hasta qué punto sabe de mí. ¿Y si comprende más de lo que yo hago?
No le importa la hora, el momento, ni el lugar. Me sorprende, acariciando mi nuca, alargando las yemas de sus dedos por mi cuello, sin piedad, con sorna y alevosía. Me incita a hablar, a debatirme, a ponerme en duda, a rememorar el pasado, disfrutando del conflicto, del mar revuelto, de la tempestad. Así se extiende más, así llega más lejos en el océano de mis ideas.
Se alimenta y crece a expensas de mi energía, agotándome, tumbándome y contagiándome de una melancolía pegajosa, confusa. Invadiendo con esa clase de tristeza a la que te puedes volver adicto, invitándote a un profundo sueño, fuera del mundo problemático, arrimando tu razón al limbo, vacío, sencillo. Flotando en la oscuridad, arropada en la ignorancia, todo parece tan leve. Parece que ahora, de verdad, calla. Y nada más importa. Los vestigios de las batallas son invisibles. A veces, mi cuerpo vara en pequeños escollos de claridad mental, observando el desastre. No hay nada que hacer, en muchos de estos enfrentamientos no tienes voz, poder ni presencia. Déjalo estar y ya se hundirán los restos, desapareciendo en el tiempo; me repite una y otra vez.
Admitámoslo, es convincente. Incapaz de cambiarme a mí, ¿cómo voy a marcar otras diferencias? Nadie persigue estas huellas de alquitrán, nadie se percata de los pasos manchados de miseria en un mundo de sombras.
La noche está aquí y este alquitrán extiende sus alas, ensombreciendo la vista, perturbando la paz que otorga el silencio, convirtiéndolo en una tiniebla de la que huir. Me abraza, como un amante, y me susurra, como un enemigo. Me revela todo aquello que intento ignorar para no caer. No olvida. No perdona. Destroza, pulveriza, empequeñece las esperanzas. Soy la realidad, me dice.
A veces quiero creerle. Otras veces, simplemente, lo hago. Es difícil no sentirse arrullada por sus palabras. Nos medimos con la mirada y me rindo ante su condescendencia, incapaz de negarme. No sé qué es. Pero me conoce. Y desconozco hasta qué punto sabe de mí. ¿Y si comprende más de lo que yo hago?
No le importa la hora, el momento, ni el lugar. Me sorprende, acariciando mi nuca, alargando las yemas de sus dedos por mi cuello, sin piedad, con sorna y alevosía. Me incita a hablar, a debatirme, a ponerme en duda, a rememorar el pasado, disfrutando del conflicto, del mar revuelto, de la tempestad. Así se extiende más, así llega más lejos en el océano de mis ideas.
Se alimenta y crece a expensas de mi energía, agotándome, tumbándome y contagiándome de una melancolía pegajosa, confusa. Invadiendo con esa clase de tristeza a la que te puedes volver adicto, invitándote a un profundo sueño, fuera del mundo problemático, arrimando tu razón al limbo, vacío, sencillo. Flotando en la oscuridad, arropada en la ignorancia, todo parece tan leve. Parece que ahora, de verdad, calla. Y nada más importa. Los vestigios de las batallas son invisibles. A veces, mi cuerpo vara en pequeños escollos de claridad mental, observando el desastre. No hay nada que hacer, en muchos de estos enfrentamientos no tienes voz, poder ni presencia. Déjalo estar y ya se hundirán los restos, desapareciendo en el tiempo; me repite una y otra vez.
Admitámoslo, es convincente. Incapaz de cambiarme a mí, ¿cómo voy a marcar otras diferencias? Nadie persigue estas huellas de alquitrán, nadie se percata de los pasos manchados de miseria en un mundo de sombras.
Comentarios
Publicar un comentario