- Tú y yo... ¿Qué somos?
La pregunta le sorprendió. Enarcó las cejas, se apartó la sábana y se acercó a ella, que se hallaba sentada en el borde de la cama, mirando hacia la vidriera que daba al balcón. Desde su posición, podía contemplar a contra luz su figura. Tan sólo vestía una camisa blanca sin abotonar, estaba fumando y el humo ascendía con lentitud, rodeando su melena, que caía en cascada por sus hombros.
- Pues no lo sé. Para mí eres como una hermana pequeña.
- Si les haces estas cosas a tus menores, me alegro de que hayas sido hijo único. - Exhaló, con una sonrisa, dejando escapar volutas de humo de entre sus carnosos labios.
Él, tras dejar pasar un momento por la conmoción que le provocó su respuesta, comenzó a reírse.
- No lo decía literalmente, boba. - Respondió, suspirando, tratando de serenarse. Dudó. - ¿Qué somos? Supongo que un par de muy buenos amigos pasándoselo bien, ¿no? - Se volteó, quedando boca arriba, dejando caer su cabeza en el límite del colchón. - ¿Por qué lo preguntas? - Añadió, observando su rostro de gesto distante,
- Sólo pensaba... - No cambió ni un ápice de sus rasgos.
- ¿Y puedo saber en qué, exactamente? - Cuestionó con suavidad.
- Me siento débil. Mejor dicho: tengo una debilidad. - Corrigió, clavando sus pupilas en las de su compañero.
- ¿Cuál? - Preguntó, intrigado.
- No. "¿Por qué?" es la pregunta interesante. Y no creo que tenga respuesta correcta.
Las palabras cayeron en el silencio del cuarto. Expectante, esperó a que reanudara sus pensamientos pero se resistía a seguir.
- Pero... ¿Para la otra existe contestación posible?
- Sí.
- Imagino que se trata de una persona y lo que sientes al respecto.
Asintió.
- Precisamente, porque no lo sé,
- ¿Qué quieres decir?
Sopesó la contestación, con la mirada perdida en los cipreses que despuntaban por encima del balcón. Un ruiseñor se había posado en una de las débiles ramas y la doblaba. Alzó el vuelo hacia el plomizo cielo y dejó al árbol tiritando.
- No sé distinguir si lo que veo es amor o deseo.
- ¿Desde hace cuánto que te confunde?
- Desde que comenzamos a compartir inquietudes. Pero de conocer... Hará ya tiempo que me fijé.
- ¿Piensas en su cuerpo, en...?
- Obviamente. Pero son episodios lentos, llenos de sensualidad y armonía, de caricias, de descansos, de historias. De entendimiento.
- Quizá esa sea la clave para diferenciar.
- Pero sigue sin explicar el por qué.
- ¿Hace falta?
Ella siseó. Golpeó suavemente el cigarrillo en el cenicero, mostrando la extremidad candente, consumiendo el tabaco. Y lo colocó con cuidado entre los labios de su amigo. Podía saborear la humedad de la boquilla, desprendiendo un aroma mentolado. Probablemente llevaba ya tiempo despierta y había ido al baño a limpiarse y lavarse los dientes. Aspiró, dejándose envenenar. Había comprendido el mensaje que había querido enviarle con aquel gesto. Ahora debía callar y sólo escuchar. Acercó la cabeza a su muslo izquierdo.
- Si es amor, y creo estar bastante segura de que lo es, quiero que venga simplemente. Que no dé vueltas a mi al rededor y me maree. En las ocasiones que me he enamorado, el sentimiento ha saltado a mis brazos, sorprendiéndome, desbaratándolo todo, rompiéndome las cosas, desordenando, como un niño ajeno y consentido al que no podía reprender. Pero quiero que sea distinto. Con mi vida ordenada por fin quiero que entre aquella persona que yo decida, directa e indirectamente. Pero no es tan fácil. - Suspiró. Sus dedos comenzaron a jugar distraídos entre el cabello de su amigo. Su tono había cambiado, apenas tenía fuerza. Y le miraba a los ojos, inclinando el rostro. - No únicamente depende de mí. Y eso complica las cosas.
- ¿Muestra interés?
- Parecía, al principio. Ahora somos simplemente unos extraños. Y no tengo nada que decir, lo cual me abate más.
- Será cuestión de seguir intentándolo.
- Daría igual. No es algo que tenga que ganar yo como si fuera una barraca de feria. Estas cosas pasan. Además, tengo la certeza de que sus ojos miran a otra persona.
Él se mordió el labio inferior.
- ¿Cómo lo sabes?
- No lo sé. Lo presiento. Brilla más, sonríe más a menudo, duerme menos. - Sonrió débilmente, alzando sus carillos, con la mirada llena de ternura. - Si es feliz, es todo lo que deseo. Aunque no sea yo la causa de esa felicidad. - Enarcó las cejas. - Definitivamente es amor.
Él, tras dejar pasar un momento por la conmoción que le provocó su respuesta, comenzó a reírse.
- No lo decía literalmente, boba. - Respondió, suspirando, tratando de serenarse. Dudó. - ¿Qué somos? Supongo que un par de muy buenos amigos pasándoselo bien, ¿no? - Se volteó, quedando boca arriba, dejando caer su cabeza en el límite del colchón. - ¿Por qué lo preguntas? - Añadió, observando su rostro de gesto distante,
- Sólo pensaba... - No cambió ni un ápice de sus rasgos.
- ¿Y puedo saber en qué, exactamente? - Cuestionó con suavidad.
- Me siento débil. Mejor dicho: tengo una debilidad. - Corrigió, clavando sus pupilas en las de su compañero.
- ¿Cuál? - Preguntó, intrigado.
- No. "¿Por qué?" es la pregunta interesante. Y no creo que tenga respuesta correcta.
Las palabras cayeron en el silencio del cuarto. Expectante, esperó a que reanudara sus pensamientos pero se resistía a seguir.
- Pero... ¿Para la otra existe contestación posible?
- Sí.
- Imagino que se trata de una persona y lo que sientes al respecto.
Asintió.
- Precisamente, porque no lo sé,
- ¿Qué quieres decir?
Sopesó la contestación, con la mirada perdida en los cipreses que despuntaban por encima del balcón. Un ruiseñor se había posado en una de las débiles ramas y la doblaba. Alzó el vuelo hacia el plomizo cielo y dejó al árbol tiritando.
- No sé distinguir si lo que veo es amor o deseo.
- ¿Desde hace cuánto que te confunde?
- Desde que comenzamos a compartir inquietudes. Pero de conocer... Hará ya tiempo que me fijé.
- ¿Piensas en su cuerpo, en...?
- Obviamente. Pero son episodios lentos, llenos de sensualidad y armonía, de caricias, de descansos, de historias. De entendimiento.
- Quizá esa sea la clave para diferenciar.
- Pero sigue sin explicar el por qué.
- ¿Hace falta?
Ella siseó. Golpeó suavemente el cigarrillo en el cenicero, mostrando la extremidad candente, consumiendo el tabaco. Y lo colocó con cuidado entre los labios de su amigo. Podía saborear la humedad de la boquilla, desprendiendo un aroma mentolado. Probablemente llevaba ya tiempo despierta y había ido al baño a limpiarse y lavarse los dientes. Aspiró, dejándose envenenar. Había comprendido el mensaje que había querido enviarle con aquel gesto. Ahora debía callar y sólo escuchar. Acercó la cabeza a su muslo izquierdo.
- Si es amor, y creo estar bastante segura de que lo es, quiero que venga simplemente. Que no dé vueltas a mi al rededor y me maree. En las ocasiones que me he enamorado, el sentimiento ha saltado a mis brazos, sorprendiéndome, desbaratándolo todo, rompiéndome las cosas, desordenando, como un niño ajeno y consentido al que no podía reprender. Pero quiero que sea distinto. Con mi vida ordenada por fin quiero que entre aquella persona que yo decida, directa e indirectamente. Pero no es tan fácil. - Suspiró. Sus dedos comenzaron a jugar distraídos entre el cabello de su amigo. Su tono había cambiado, apenas tenía fuerza. Y le miraba a los ojos, inclinando el rostro. - No únicamente depende de mí. Y eso complica las cosas.
- ¿Muestra interés?
- Parecía, al principio. Ahora somos simplemente unos extraños. Y no tengo nada que decir, lo cual me abate más.
- Será cuestión de seguir intentándolo.
- Daría igual. No es algo que tenga que ganar yo como si fuera una barraca de feria. Estas cosas pasan. Además, tengo la certeza de que sus ojos miran a otra persona.
Él se mordió el labio inferior.
- ¿Cómo lo sabes?
- No lo sé. Lo presiento. Brilla más, sonríe más a menudo, duerme menos. - Sonrió débilmente, alzando sus carillos, con la mirada llena de ternura. - Si es feliz, es todo lo que deseo. Aunque no sea yo la causa de esa felicidad. - Enarcó las cejas. - Definitivamente es amor.
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