Recuerdo que era un día de verano, caluroso como cualquier otro. La observaba, en sus gestos plagados de perfecta armonía con la torpeza, disputarse entre sonrisas y frustración. Vi en un delirio, seguramente regado por los rayos del sol, que aquello que se derretía inevitablemente entre sus dedos era mi corazón y me alegré de que ella fuera la titiritera que movía los hilos de mi mundo. Se derramaron gotas sobre sus prendas, me miró divertida y nuestros ojos se cruzaron, iluminándome con la eterna primavera que custodiaba. Acerqué, con gesto paternal, una servilleta a su mejilla y rememoré sus pecas, sembradas por ambos carrillos, como pequeños campos de trigo resplandecientes bajo la luz estival. Ella se quedó inmóvil y no pude evitar pensar en sus labios carnosos, en su tibieza, en la dulzura que guardan aun el mar los haya humedecido. Vino a mi sentido el olor salino impregnado en su piel pálida; respiré con calmada ansia el aroma de la flor de sal, deseando que el tiempo se hubie...
Relatos propios.