No levantó la vista de la ropa cuando le preguntó "¿Qué haces ahí parado?". No se lo esperaba. Tampoco tenía mucha idea de por qué se había quedando mirando cómo doblaba las camisas y las colocaba en aquella maleta tan grande y desgastada, ni con qué intención había ido ahí si quiera.
- ¿Puedo pasar? - Preguntó, introduciendo una bota dentro del cuarto.
- Depende. - Su respuesta le detuvo y juntó los pies. Levantó la mirada y le miró con el ceño levemente fruncido, mostrando que no sentía mucho entusiasmo por su visita. - ¿Te irás sin decir una palabra? - Reprochó.
Él agachó la cabeza y se acercó a ella, quien prosiguió con su tarea ordenando las prendas.
- He venido a verte, a disculparme... - Hizo una pausa. - Por marcharme y no decirte nada... Es que te quiero tanto-
- ¡Ahora vienes con esas! ¡Que me quieres! - Arrugó la camiseta que tenía en las manos y la tiró a la cama con furia mientras se levantaba para encararse con él. - ¡Después de irte como te fuiste! ¿Por qué no pudiste comportarte como lo hicieron los demás? No pedía ni más ni menos. Me abrazaron, sonrieron, bromearon a pesar de que, quizás, le hiciera sentir un poco tristes verme marchar... Había un sitio para ti entre mis brazos y en vez de ocuparlo, diste un portazo. Huiste. - Bajó el tono de voz. - Y dolió, sin importar cuánto que me querías.
- Porque soy un cobarde.
La contestación cayó en el aire sin respuesta. Ella se agachó y siguió colocando, abriendo cajones y descartando ropa. Él se dejó caer en el colchón. Pasaron varios minutos sin que ninguno pronunciara una palabra. Tan sólo se oía el roce de las telas y la madera deslizar en la cómoda.
- Deja de hacer eso.
- ¿Hacer qué?
- Mirarme tan fijamente - Levantó la cabeza y le desafió con la mirada.
Él trató de acariciar su rostro pero le esquivó con un gesto molesto.
- Te quiero pero en mi vida.
- No sabía que estando a cientos de kilómetros haría que todo desapareciera. - Replicó, haciendo rodar los ojos.
- No quería decir eso...
- Quiéreme de verdad y déjame vivir mi propia historia.
- ¿Y si conoces allí a alguien y decides quedarte? - Preguntó, lastimero.
- En resumen, no te interesa verdaderamente mi felicidad. - Cerró la tapa de la maleta e hizo chasquear los pestillos metálicos. Suspiró.
- Mírame, por favor. - Dijo en una súplica. Obedeció. - Entonces yo también me iré a donde no pueda hacerte daño. - Le susurró, colocando su palmo en la mejilla. Ella inclinó el rostro, dejando cubrirse por aquella caricia. Y con un hilo de voz y los ojos cerrados, ella le contestó:
- Sé que te vas porque sabes que verme marchar te hará daño a ti.
- ¿Puedo pasar? - Preguntó, introduciendo una bota dentro del cuarto.
- Depende. - Su respuesta le detuvo y juntó los pies. Levantó la mirada y le miró con el ceño levemente fruncido, mostrando que no sentía mucho entusiasmo por su visita. - ¿Te irás sin decir una palabra? - Reprochó.
Él agachó la cabeza y se acercó a ella, quien prosiguió con su tarea ordenando las prendas.
- He venido a verte, a disculparme... - Hizo una pausa. - Por marcharme y no decirte nada... Es que te quiero tanto-
- ¡Ahora vienes con esas! ¡Que me quieres! - Arrugó la camiseta que tenía en las manos y la tiró a la cama con furia mientras se levantaba para encararse con él. - ¡Después de irte como te fuiste! ¿Por qué no pudiste comportarte como lo hicieron los demás? No pedía ni más ni menos. Me abrazaron, sonrieron, bromearon a pesar de que, quizás, le hiciera sentir un poco tristes verme marchar... Había un sitio para ti entre mis brazos y en vez de ocuparlo, diste un portazo. Huiste. - Bajó el tono de voz. - Y dolió, sin importar cuánto que me querías.
- Porque soy un cobarde.
La contestación cayó en el aire sin respuesta. Ella se agachó y siguió colocando, abriendo cajones y descartando ropa. Él se dejó caer en el colchón. Pasaron varios minutos sin que ninguno pronunciara una palabra. Tan sólo se oía el roce de las telas y la madera deslizar en la cómoda.
- Deja de hacer eso.
- ¿Hacer qué?
- Mirarme tan fijamente - Levantó la cabeza y le desafió con la mirada.
Él trató de acariciar su rostro pero le esquivó con un gesto molesto.
- Te quiero pero en mi vida.
- No sabía que estando a cientos de kilómetros haría que todo desapareciera. - Replicó, haciendo rodar los ojos.
- No quería decir eso...
- Quiéreme de verdad y déjame vivir mi propia historia.
- ¿Y si conoces allí a alguien y decides quedarte? - Preguntó, lastimero.
- En resumen, no te interesa verdaderamente mi felicidad. - Cerró la tapa de la maleta e hizo chasquear los pestillos metálicos. Suspiró.
- Mírame, por favor. - Dijo en una súplica. Obedeció. - Entonces yo también me iré a donde no pueda hacerte daño. - Le susurró, colocando su palmo en la mejilla. Ella inclinó el rostro, dejando cubrirse por aquella caricia. Y con un hilo de voz y los ojos cerrados, ella le contestó:
- Sé que te vas porque sabes que verme marchar te hará daño a ti.
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