Los deseos recorren incansables mi mente, brotando de la parte más sombría de ella, tomando formas en distintos géneros, olores, sabores, colores y sensaciones. La primera de estas aspiraciones se me antoja muy cercana y a la vez lejana, por la imposibilidad. No tengo buenas intenciones, me digo cada vez que la imagino, para que no caiga en la tentación de clavarme un puñal por nadie. Pero he de admitir que sus ojos verdes me ahogan, como cuentan en las fábulas, y su cabello enreda mis dedos como un laberinto. A pesar de la perfecta idealización, quisiera envolverla en un manto de violenta excitación, marchitarla entre mis brazos, descubrirle un mundo y el pecado de una piel de igual sexo. Aún lo calle, aún lo busque, haré que no vea nada más allá del placer, haciendo la sábana nuestra confesora y confundiéndola, desatando tanta pasión que no sea capaz de reconocerse. Quiero destrozar su deseo, hacerlo mío, morder, marcar; recorrerle el cuerpo, sentir sus uñas en la espalda, poder re...
Relatos propios.