En noches como ésta, cuando noto los estragos del tiempo que siempre arrolla, como la felicidad y el dolor son una balanza y que siempre tienes que pagar un precio por sonreír y disfrutar de unos instantes. Sigo regocijándome, con una punzada en el pecho y la lágrima que pronta a brotar, de ella y su recuerdo.
¿Por qué me asaltan tan horribles pensamientos en tan inoportunos momentos? Me acuerdo de tus centelleantes ojos cristalinos, como si un sollozo brotase tras el beso. ¿Duele, amor? Saber que mi cariño no era correspondido y yo ignorante. Y lo callabas.
Eran tus dedos aferrándose a mi cuerpo y a tu propia mentira. Oh, que glorioso momento en el que te tuve entre mis brazos engañado y susurrándote. ¡Qué felicidad más tonta, que dolor más cruel! Necias las noches en las que me tumbaba en el colchón imaginándote como horas antes te había tenido. Añoraba el calor de tu cuerpo bajo el mío. El placer estaba marcado por tus uñas en mi espalda. Que plácidos descansos con tu cabeza en mi pecho, que calma traían tus párpados cerrados, como si de verdad yo hubiese podido protegerte.
En algún vago rincón de mi mente sabía lo que estaba por venir, supe que florecía en ti una perversa idea mezclada con la realidad que acabaría colapsándote. Y yo tan feliz como un tonto besando esos labios plenos de veneno y sonriendo en una compartida alegría. Verte sonrojada, tentada, asustada, tontorrona. Apartarme y verte desear mis labios, con tus dedos en mi nuca, sin querer verme marchar del sendero de tu cuello. ¿Dónde ha quedado eso? A veces, quisiera saber si aún sigues pensando en mí, como yo caigo en mi abismo por ti.
Perdí el tiempo leyendo mi pasado una vez más, engañándome a mí mismo tratando de defenderme de lo real. Es cierto que la puse en un pedestal y cuando quiso, le presté mi mano para bajarla, inocente, confiado, dándole a entender que no me importaba que me hubiese probado, pero lo que no dije es que fui yo quien se quedó ahí arriba, mirando desde lejos mientras sabía que poco a poco el tiempo roería esa elevación al cielo que había construido para ti. Y sólo yo sonreiría al recordar, siempre tan amargamente.
Eran tus dedos aferrándose a mi cuerpo y a tu propia mentira. Oh, que glorioso momento en el que te tuve entre mis brazos engañado y susurrándote. ¡Qué felicidad más tonta, que dolor más cruel! Necias las noches en las que me tumbaba en el colchón imaginándote como horas antes te había tenido. Añoraba el calor de tu cuerpo bajo el mío. El placer estaba marcado por tus uñas en mi espalda. Que plácidos descansos con tu cabeza en mi pecho, que calma traían tus párpados cerrados, como si de verdad yo hubiese podido protegerte.
En algún vago rincón de mi mente sabía lo que estaba por venir, supe que florecía en ti una perversa idea mezclada con la realidad que acabaría colapsándote. Y yo tan feliz como un tonto besando esos labios plenos de veneno y sonriendo en una compartida alegría. Verte sonrojada, tentada, asustada, tontorrona. Apartarme y verte desear mis labios, con tus dedos en mi nuca, sin querer verme marchar del sendero de tu cuello. ¿Dónde ha quedado eso? A veces, quisiera saber si aún sigues pensando en mí, como yo caigo en mi abismo por ti.
Perdí el tiempo leyendo mi pasado una vez más, engañándome a mí mismo tratando de defenderme de lo real. Es cierto que la puse en un pedestal y cuando quiso, le presté mi mano para bajarla, inocente, confiado, dándole a entender que no me importaba que me hubiese probado, pero lo que no dije es que fui yo quien se quedó ahí arriba, mirando desde lejos mientras sabía que poco a poco el tiempo roería esa elevación al cielo que había construido para ti. Y sólo yo sonreiría al recordar, siempre tan amargamente.
Comentarios
Publicar un comentario