Los deseos recorren
incansables mi mente, brotando de la parte más sombría de ella,
tomando formas en distintos géneros, olores, sabores, colores y
sensaciones. La primera de estas aspiraciones se me antoja muy
cercana y a la vez lejana, por la imposibilidad.
No tengo buenas intenciones, me digo cada vez que la imagino, para que no caiga en la tentación de clavarme un puñal por nadie. Pero he de admitir que sus ojos verdes me ahogan, como cuentan en las fábulas, y su cabello enreda mis dedos como un laberinto. A pesar de la perfecta idealización, quisiera envolverla en un manto de violenta excitación, marchitarla entre mis brazos, descubrirle un mundo y el pecado de una piel de igual sexo. Aún lo calle, aún lo busque, haré que no vea nada más allá del placer, haciendo la sábana nuestra confesora y confundiéndola, desatando tanta pasión que no sea capaz de reconocerse. Quiero destrozar su deseo, hacerlo mío, morder, marcar; recorrerle el cuerpo, sentir sus uñas en la espalda, poder reconocer su cara de orgasmo, verle con el pecho acelerado, las mejillas encendidas, su respiración entrecortada, el gemido que muere en la garganta, y sus ojos con el velo cristalino, una mirada que suplica y agradece.
No tengo buenas intenciones, me digo cada vez que la imagino, para que no caiga en la tentación de clavarme un puñal por nadie. Pero he de admitir que sus ojos verdes me ahogan, como cuentan en las fábulas, y su cabello enreda mis dedos como un laberinto. A pesar de la perfecta idealización, quisiera envolverla en un manto de violenta excitación, marchitarla entre mis brazos, descubrirle un mundo y el pecado de una piel de igual sexo. Aún lo calle, aún lo busque, haré que no vea nada más allá del placer, haciendo la sábana nuestra confesora y confundiéndola, desatando tanta pasión que no sea capaz de reconocerse. Quiero destrozar su deseo, hacerlo mío, morder, marcar; recorrerle el cuerpo, sentir sus uñas en la espalda, poder reconocer su cara de orgasmo, verle con el pecho acelerado, las mejillas encendidas, su respiración entrecortada, el gemido que muere en la garganta, y sus ojos con el velo cristalino, una mirada que suplica y agradece.
Si tan sólo fuese seguro
que ella seguiría el juego, yo ya habría entrado con la mayor y
arriesgada apuesta; con el beso que desciende por la colina de su
cuello y riega su busto mientras se desgarra la ropa y cae, inundando
el sueño y la desnudez que nos llena a nosotras.
Si te pudiera brindar ese
cariño, te arreglaría el corazón y recogería las lágrimas ya
desbordadas para guardarlas en un cofre y perder la llave, que no
vuelvan, limpiarte y marcharme sin mediar
palabra, volver si me lo pides, si añoras ese calor extraño
invasor.
Me imagino tu cuerpo
desnudo y me recorre un ansia imperiosa por precipitarme en tu piel,
derramarme como el rocío, fría y fluida entre los resquicios de tu
carne, empapándote en una mañana clara que nos recoge y nos
alimenta.
Si aunque tan sólo
pudiera tenerte un única noche y después no volvieses a asomar por
el lindero de mi vida, te retiraría la ropa lentamente, buscando
todos tus lunares, reparar cada cicatriz, a besos erizarte y
despertar tus sentidos. En mitad de la estancia, observarte mientras
se tiñen tus mejillas por el estupor y enseñarte que eso es el
amor: Verse despojada, desprotegida, tímida y tentadora y sin
embargo, entregada a todo, en una ciega locura.
Y entonces, te tomaría y
te envolvería con un violento manto de excitación...
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