La conocí como una historia corriente de un oficinista cualquiera, particular a nuestra manera, con un tropiezo con la taza de café en el pasillo. El primer encuentro fue poco fructuoso en lo que hacer nuevas amistades respecta. Me dedicó una mirada asesina juntamente con su ex impoluta blusa blanca y su falda azul marina, ambas prendas manchadas. Una torpe disculpa no fue suficiente para evitar los días siguientes la silenciosa batalla de reproches en los ojos por su parte. Poco más tarde, Emily me permitió invitarla a un café para borrar el rencor. Esa fue la primera vez que quedamos y estuvo toda la hora hablando, de sí misma, de la cafetería, y cuando no charlaba, tarareaba nerviosamente. Jamás antes conocí a una persona con tanto miedo al silencio. Era un espejo opuesto a mí; yo tan callado y ella con la lengua tan suelta. Me atrajo enseguida, ya que me resultaba curiosa, porque dijo de todo y a la vez no decía nada, y el querer oírla constantemente terminó por conseguir que me en...
Relatos propios.