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Anatomía del ballet (3)

La intensidad y la cantidad de besos aumenta en proporción al juego de nuestras manos. Aún nos domina la timidez. Únicamente me atrevo a repasarle la espalda con las yemas de los dedos de arriba a abajo, dubitativos en el límite del cinturón. Sin embargo, ella se lanza sobre los botones de mi camisa, aunque le tiemble el pulso. La ayudo a desbotonarme y alzo yo su ropa. Se incorpora y estira los brazos y rápidamente se la retiro. Desciendo por su tenue busto y, siguiendo ella como una onda mis movimientos, me permite quitarle los pantalones. Estoy a los pies de la cama, apartándole las pantorrillas, y comienzo el camino de regreso a sus labios, acariciando esos pies torturados por el ejercicio del ballet y los media punta, palpando la resequedad y el castigo que se ve contrarrestada  por la suavidad de sus piernas. Recorro cada resquicio, sin dejarme ningún misterio, besándole el interior de los muslos. Alicie está nerviosa, tiene las articulaciones tensas y tirita a intervalos.
-¿Estás bien?- Me sonrío por preguntarle desde sus caderas.
-Sí, sólo tengo un poco de frío.
-Eso se solucionará rápido-Le guiño y me responde con rubor que acerque y la rodee. - Si quieres, nos ponemos bajo la manta, que es casi invierno y es normal que notes el fresco. - Piensa un instante y acepta mi propuesta.-Vale, levántate un poco y métete debajo. Espera, me pongo yo también, a menos que quieras jugar sola. - Pongo una mueca entre sorpresa y horror.
-Ven, anda -Sus manos se intuyen en mi camisa abierta.
Me coloco entre sus piernas mientras ella me quita la prenda. Mi sujetador es totalmente negro, sin mayor decoración y el suyo, en cambio, es bastante infantil; azul marino y topos blancos, a juego con sus braguitas de algodón. Me gusta la curva de su cadera, en la cual fijo mi mirada indiscreta. Me atrapa entre sus rodillas y se incorpora.
-Dime cómo te lo quito.
-Así- coloco los dedos en la cinta de su sostén como antes y lo desabrocho, pero no me deja retirárselo hasta que estemos en las mismas condiciones.- Bueno, ¿Con una o dos manos?
-¡Con una mano, como tú!- Exclama, divertida.
-¿Derecha o izquierda?
-Derecha.
-Vale, pues el índice en el lado derecho y el pulgar en el izquierdo.
 Se le resiste, pero lo consigue y nos deshacemos de los sujetadores, que caen torpes en el suelo. El primer contacto con sus pechos junto a los míos es extraño, una caricia inquietantemente suave. El abrazo que nos une está repleto de ternura y sensualidad, con el rubor y el tonto pulso que estorba. Se deja caer entre las sábanas de color cían con un suspiro un tanto nervioso. Su cabello se derrama por la almohada, en una cascada ocre. Su estampa es hermosa; su piel de marfil, su cuello agudo, sus mejillas sonrojadas, sus brillantes ojos esmeraldas, la inocencia de su porte y el erotismo de su carne desnuda. Se le eriza la piel cuando le beso el vientre, atravesando su ombligo, ruta hacia el sur de su cintura. Por algún razón, a mí no me viste la misma vergüenza, pues le muerdo el elástico de su ropa interior. Quizás estoy aturdida por el exceso de su fragancia pero no me importa. A mi parecer me estoy desenvolviendo bien, mejor de lo que pensaba para ser mi primera vez. Y ella, ¿Qué expectativas tiene ella? Probablemente un hombre de pecho ancho, alto, seductor y dulce a partes iguales, con el que ya llevase bastante más tiempo, por lo menos o con el que ya se hubiese prometido y así consumasen su amor. ¿Será esa la razón de su vacilación? Entonces, ¿esa mueca de placer...? Todo se torna incierto unos instantes, como de costumbre en mi mente, pero avanzo con el plan. Hago un vaivén de besos entre su ombligo y sus pechos. Me veo ridícula mordiéndole los senos. Alzo la vista y sus labios carnosos están entreabiertos. Reprime un gemido que atraviesa el aire del cuarto, un ambiente que se torna grisáceo en el exterior por la caída del sol, y los últimos rayos hacen un inciso entre los pliegues de la manta en una furtiva caricia que ilumina suavemente la figura de Alicie. Sigo el sendero de luz hasta su cintura y comienzo a desnudarla por completo. Un escalofrío la llena en un instante. Si no se relaja, no lo disfrutará. Entrelazo los dedos con los suyos y de alguna manera se siente más cómoda. Tengo las manos ocupadas jugando pero mi boca sigue libre y aún en ese territorio... El gusto es extraño, mi lengua fluye sin problema. Alicie se sobrecoge y la presión que hace sobre mí aumenta, mientras intenta reprimir gritos. Estamos solas en su casa, ¿por qué no se deja llevar? Nadie la oye, no hay nadie. Sé que no tengo consciencia del tiempo pero aún es temprano. Intento, como en una propia competición, un juego, que no se calle, arrancarle desde la cadera el suspiro más alto que le hinche el pecho. Acelero el movimiento y ella tirita con mayor intensidad. Se rebela, agarra mis hombros y se incorpora. Su brutalidad me empuja, como el despertar de una bestia en sus hormonas. Su presencia en mis intimidades me sorprende y me excita. Ya no nos protegen las mantas, ya no hay frío que valga para acobardarnos en los límites. Ya no hay marcha atrás, e irreprensiblemente nuestros cuerpos se tornan uno en la fusión de nuestros labios.
 Ella está recostada sobre mí y su humedad me empapa. Me desnuda y sus dedos se intuyen, recelosos pero sin valor. Yo no tengo miedo y le acaricio tentadora su monte de Venus. Como tan rápidamente atacó, se rinde a un lado del colchón. El primer instante en el que hago ademán de estar en ella, su garganta profiere un quejido. Su virginidad se hace, literalmente, palpable. Las yemas de mis dedos tan sólo han rozado y ya siente dolor. Su voz musita "no, no no" pero su cuerpo dice que continúe. Poco a poco, cede, muy lentamente; trato de ser suave alternando entre mi labor y su estímulo. Su pecho toma breves y rápidas bocanadas, en un jadeo extraño como un sollozo de placer. Le recompenso con mimo por su increíble fuerza porque, cabe admitirlo, es un gran paso. Ella me sonríe entre el rubor de sus mejillas y el sudor. La beso en los labios y recuerdo dónde ha estado mi lengua y supongo que ella lo sabe pero no lo recuerda al momento o no le importa. Alicie tiene más confianza de sus actos y finalmente se decide por adentrarse en mi "secreto". No me parece un suplicio, sino más bien como un pellizco en una zona tan sensible, sí, pero no es un calvario. Mas bien un dolor estimulante. Le pido más y más, hasta el punto de que ambas nos excitamos hasta acabar marchitadas entre las sábanas, jadeantes de una novedosa experiencia.
 Cansadas y con nuestros cuerpos rebosantes de calor, nos tumbamos otra vez tapadas con las mantas, en vez de seguir a los pies de ésta. Se abraza a mi pecho orgullosa y con gesto cariñoso en torno a mi cintura. Me mira con un velo de luz en el iris, una claridad de curiosidad, quizás.
-Me gusta tu... sabor- Se sonroja.
-A mí me gustas tú entera. Por cierto, noté un gusto a sangre después de... -Me mira aterrorizada, mientras se recoge las manos sobre su cinto. -No, no, no te asustes, a algunas personas la primera vez...

Pero no puedo terminar la frase. Han abierto la puerta de Alicie.

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