Ir al contenido principal

2053.

La conocí como una historia corriente de un oficinista cualquiera, particular a nuestra manera, con un tropiezo con la taza de café en el pasillo. El primer encuentro fue poco fructuoso en lo que hacer nuevas amistades respecta. Me dedicó una mirada asesina juntamente con su ex impoluta blusa blanca y su falda azul marina, ambas prendas manchadas. Una torpe disculpa no fue suficiente para evitar los días siguientes la silenciosa batalla de reproches en los ojos por su parte. Poco más tarde, Emily me permitió invitarla a un café para borrar el rencor. Esa fue la primera vez que quedamos y estuvo toda la hora hablando, de sí misma, de la cafetería, y cuando no charlaba, tarareaba nerviosamente. Jamás antes conocí a una persona con tanto miedo al silencio. Era un espejo opuesto a mí; yo tan callado y ella con la lengua tan suelta. Me atrajo enseguida, ya que me resultaba curiosa, porque dijo de todo y a la vez no decía nada, y el querer oírla constantemente terminó por conseguir que me enamorase de ella.
 Emily era bastante afectiva y social y pensé que invitarla a cenar sería algo común pero sin embargo aquella cita también resultó ser algo concreto para ella. No tenía palabras durante la cena y sufrimos el repiqueteo de los tenedores contra el plato. Fuimos a pasear con una torpe conversación; al llegar a su casa, me suplicó con la mirada una buena despedida y se la di.
 - Uno- Dije, al separar nuestros labios.
 -¿Qué?- Me preguntó aturdida.
 - El primer beso- Le respondí con una sonrisa- La gente suele contar días, yo cuento besos.
 Aquello le pareció, en palabras textuales, "realmente adorable". Me sonreía cada vez que caía una lluvia de mimos intercalados por cifras. Alguna vez me preguntó que si me los inventaba, y si le hubiera dicho que los tenía contado igual se hubiera asustado. Era como una especie de trastorno obsesivo compulsivo, no podía evitarlo. Ni siquiera tenía que apuntarlo en un lugar cualquiera, simplemente no me huía de la mente. Conté hasta los besos en las mejillas, aquellos que se dan un distraído cariño o los que muestran afecto después de una tormenta, tan fríos y temerosos... Nos dimos 274 besos tenues; 2053 en los labios.
 Recuerdo el primer dulce beso en el portal y el último que le robé entre palabras de "ya no siento lo mismo".
 Tampoco eran los mismos labios. En algún instante, quizás de un día al otro o lentamente, fuimos cambiando, aprendiendo y modificándonos constantemente, como bocetos indefinidos.
 Yo sé que aprendí de esta manera, que cada uno tenía su momento, aún entre las mismas sábanas, todos eran distintos. Y aún los disfruto en una callada nostalgia.

Comentarios