Noté un pastoso sabor en la boca. Similar a haber lamido un cuerpo de descomposición, pasando mi lengua entre cada relieve de las costillas, deshaciendo la piel al pasar. A ratos, un cierto sabor a óxido tan conocido se deslizaba entre mi papilas gustativas. Y lo hacía con sarna, aquel macabro acto. Ante mi vista, ese cuerpo desapareció para convertirse en una dulce mujer. De pelo canoso, mirada serena y clara, a la par que cariñosa. La típica anciana benévola e inocente del barrio. Sonreía y al hacerlo, se le formaban arrugas en torno a los ojos. De una u otra forma, tenía ganas de acurrucarme en sus rodillas y dejar que sus manos moteadas por la edad me acariciasen mi cabello suavemente mientras notaba la tarde caer y el dulce olor a tierra y flores. Por esta idea, me aproximé. Pero el rostro de la anciana se derritió. Su piel formaba gotas como la cera de una vela quemada. Sus globos oculares explotaron. Su pelo desapareció. El cuerpo se encogía tras la ropa. Se formó una mueca...
Relatos propios.