Nació en la noche, una espesa y remota idea, brotando de la oscuridad de tu mirada. Mis pensamientos cayeron al final de esa copa de champán que tus labios de carmín besaban. Tus ojos me desvelaron tu intención y no supe resistirme; al fin y al cabo, si te encontrabas allí fue porque rescaté valor para hacerte pasar.
Cuando la última gota de licor acarició tu garganta, lanzaste la copa a un rincón del cuarto, que no quedó de película, si no que fue a estrellarse contra un mueble y el pie de la copa se pulverizó al instante. Tu fulgurante mirada volvió a posarse en mí y en un gesto te abalanzaste. Y a pesar del gesto tan brusco, tus labios se posaron sobre los míos con la ligereza de una pluma tocando tierra. De un instante a otro, nuestras lenguas bailaban desenfrenadamente, mientras nuestras prendas de ropa iban deslizándose hasta caer al suelo. Mis manos buscaban tu espalda para desabrocharte el vestido.
Nuestros cuerpos cayeron rodando sobre la cama. Me percaté de que la ventana del cuarto estaba abierta pero no me permitiste cerrarla, al cogerme de las solapas de la camisa desgarrada mientras me decías con un ronroneo, que no, que no la cerrase, que aquella noche, tú pondrías sonido a aquella zona de la ciudad de mala muerte. La idea de que los vecinos pudieran vernos y oírnos me avergonzaba y a la vez que me excitaba en exceso. Y vaya si gritaste. Incluso alarmaste a los perros del vecindario. No podía evitar sonreír en el vaivén al ritmo de tus gemidos, a la par que el movimiento en el que arqueabas la espalda. Tras la batalla en un mar de sábanas ondeando, pusimos por bandera el placer. Fue y será una noche inolvidable.
Todavía recuerdo tus blancos senos elevándose y descendiendo, tu respiración entrecortada, tus medillas encendidas, tu cuerpo húmedo por el sudor, iluminado por las luces que entraban por la ventana, tanto como las de la ciudad y la luz de Luna. Tu piel suave marcada por mis manos. Mi espalda arañada. Y el dulce descanso que viene tras el juego.
Desde luego que sí. Pero sin poner como víctimas más copas, porque de haber sido así, ya no me quedaría más vajilla.
Cuando la última gota de licor acarició tu garganta, lanzaste la copa a un rincón del cuarto, que no quedó de película, si no que fue a estrellarse contra un mueble y el pie de la copa se pulverizó al instante. Tu fulgurante mirada volvió a posarse en mí y en un gesto te abalanzaste. Y a pesar del gesto tan brusco, tus labios se posaron sobre los míos con la ligereza de una pluma tocando tierra. De un instante a otro, nuestras lenguas bailaban desenfrenadamente, mientras nuestras prendas de ropa iban deslizándose hasta caer al suelo. Mis manos buscaban tu espalda para desabrocharte el vestido.
Nuestros cuerpos cayeron rodando sobre la cama. Me percaté de que la ventana del cuarto estaba abierta pero no me permitiste cerrarla, al cogerme de las solapas de la camisa desgarrada mientras me decías con un ronroneo, que no, que no la cerrase, que aquella noche, tú pondrías sonido a aquella zona de la ciudad de mala muerte. La idea de que los vecinos pudieran vernos y oírnos me avergonzaba y a la vez que me excitaba en exceso. Y vaya si gritaste. Incluso alarmaste a los perros del vecindario. No podía evitar sonreír en el vaivén al ritmo de tus gemidos, a la par que el movimiento en el que arqueabas la espalda. Tras la batalla en un mar de sábanas ondeando, pusimos por bandera el placer. Fue y será una noche inolvidable.
Todavía recuerdo tus blancos senos elevándose y descendiendo, tu respiración entrecortada, tus medillas encendidas, tu cuerpo húmedo por el sudor, iluminado por las luces que entraban por la ventana, tanto como las de la ciudad y la luz de Luna. Tu piel suave marcada por mis manos. Mi espalda arañada. Y el dulce descanso que viene tras el juego.
¿Repetimos otro día?- Dijiste al marcharte, pícara.
Desde luego que sí. Pero sin poner como víctimas más copas, porque de haber sido así, ya no me quedaría más vajilla.
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