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Víctimas

Noté un pastoso sabor en la boca. Similar a haber lamido un cuerpo de descomposición, pasando mi lengua entre cada relieve de las costillas, deshaciendo la piel al pasar. A ratos, un cierto sabor a óxido tan conocido se deslizaba entre mi papilas gustativas. Y lo hacía con sarna, aquel macabro acto. Ante mi vista, ese cuerpo desapareció para convertirse en una dulce mujer. De pelo canoso, mirada serena y clara, a la par que cariñosa. La típica  anciana benévola e inocente del barrio. Sonreía y al hacerlo, se le formaban arrugas en torno a los ojos. De una u otra forma, tenía ganas de acurrucarme en sus rodillas y dejar que sus manos moteadas por la edad me acariciasen mi cabello suavemente mientras notaba la tarde caer y el dulce olor a tierra y flores. Por esta idea, me aproximé. Pero el rostro de la anciana se derritió. Su piel formaba gotas como la cera de una vela quemada. Sus globos oculares explotaron. Su pelo desapareció. El cuerpo se encogía tras la ropa. Se formó una mueca en su cara, donde poco a poco dejaba entrever la  sádica sonrisa de una calavera. Poco a poco, ya no le quedaba tejido y su blanquecino cráneo asomó. Que aspecto más terrorífico. Por alguna extraña razón, verla desaparecer me dolió. En el pecho, en las muñecas y en la cabeza. Cerré los ojos fuertemente, esperando que aquella imagen se fuese. Y así lo hizo.
Pero con un cierto matiz. Porque aquella calavera seguía presente cuando volví a mirar. Sólo que esta vez estaba en compañía. Por cientos, miles de cráneos más. Se elevaban hacia el cielo. Y allí, coronado, en su trono, se encontraba un caballero alto y esquelético, vistiendo de traje oscuro con matices verdes oscuros. Portaba uno de esos sombreros anticuados. Lo único que le faltaba para confundirse con un burgués de principios del siglo veinte era un monóculo. Había algo en su forma... ¿O quizás era en su mirada? ¿O la situación? Me atraía. Silenciosamente quise ser su fiel compañero. 
Y teniendo esos pensamientos en la mente, me percaté de la enorme presión en mis muñecas. Atadas. Estaba atrapado. Hubiese podido pedir ayuda a aquel hombre, pero cuanto más cedía a sus discretos encantos, más fuertemente estaba atado. Condenado por la mente.
Y me desperté. Mi alrededor era desolado. Estaba entre rejas. Efectivamente, mis labios resecos estaban impregnados de sangre, ese sabor a óxido tan reconocible. Samuel estaba estirado en un mohoso colchón. Me miró al despertar y sus ojos me gritaban nuestra situación a pesar de su expresión impasible. 
Presos. 
Apartados del camino de un político corrupto por amenazar con la verdad. 
Aquellos mercenarios... Un golpe... Y un velo oscuro de sangre y olvido...

Poderoso caballero es Don Dinero, que ya se ha cobrado su próxima y pero no última presa; la justicia. Las primeras fueron sus no tan inocentes, vacías y codiciosas almas. 

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