Estaba maldito. Padecía una enfermedad ya conocida pero mal diagnosticada. En él, sus síntomas eran el hiperónimo de las malas sensaciones. Había desarrollado este mal desde su pubertad e inconscientemente se había acostumbrado a ello. Pero no era más que el principio del tormento. Su juventud tan sólo era el preludio de sus crónicas. ¿Cómo era todo esto? Siempre había sido un lector asiduo, aplicado y atento. Estudiaba, siempre que el autor le permitía, sus personajes. Tenía alta estima a aquellos escritores que se aplicaban especialmente en elaborar complejos perfiles y biografías personales. A veces, no satisfecho con ello, indagaba en la propia vida del novelista tratando de descubrir, en sus círculos, a quiénes había descrito y de qué manera. Alguna vez, la suerte le sonreía y encontraba información valiosa para su afición, volviendo a analizar la percepción de estas personas. Nació así su trastorno, en la compleja pregunta ¿Cuánto de los demás percibo cómo son realmente, m...
Relatos propios.