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Obsesión social

Estaba maldito. Padecía una enfermedad ya conocida pero mal diagnosticada. En él, sus síntomas eran el hiperónimo de las malas sensaciones. Había desarrollado este mal desde su pubertad e inconscientemente se había acostumbrado a ello. Pero no era más que el principio del tormento. Su juventud tan sólo era el preludio de sus crónicas. ¿Cómo era todo esto?

 Siempre había sido un lector asiduo, aplicado y atento. Estudiaba, siempre que el autor le permitía, sus personajes. Tenía alta estima a aquellos escritores que se aplicaban especialmente en elaborar complejos perfiles y biografías personales. A veces, no satisfecho con ello, indagaba en la propia vida del novelista tratando de descubrir, en sus círculos, a quiénes había descrito y de qué manera. Alguna vez, la suerte le sonreía y encontraba información valiosa para su afición, volviendo a analizar la percepción de estas personas. Nació así su trastorno, en la compleja pregunta ¿Cuánto de los demás percibo cómo son realmente, más de lo que yo quiero que sean? 

 Fue en este momento en el cual su mente comenzó a fragmentarse con lentitud pero sin pausa. Gran parte de sus interacciones con amistades, familiares y conocidos eran interrumpidas por sus pensamientos, abstracciones que trataban de relacionar sus expresiones más habituales con unos rasgos, un tono de voz o unos gestos concretos. Satisfecho, asentía cuando era capaz de predecir los movimientos. Creía haber dado con la respuesta indirecta del comportamiento humano, único e individual, pero con patrones similares entre personas de un mismo entorno. En ocasiones, la frialdad con la que llegaba a analizar estas situaciones era la que le llegaba a cometer los errores más graves.

 El hecho de que a medida de que aquellos quienes le rodeaban iban dándose cuenta de sus conocimientos delicados, sintiéndose más vulnerables, desprotegidos ante sus ojos, consiguió que éstos se comportaran de forma antinatural, descolocada e incómoda. Por supuesto, él también advertía estos cambios pero aquello tan sólo alimentaba sus fundamentos. No obstante, esto no era estrictamente su culpa, si no más bien de la naturaleza humana, atávica.

 Él no era responsable, pero sí de realizar ciertos descuidos. El menor de ellos, era no asumir que todos, en mayor o menos medida, somos seres en cambio. De alguna manera, había consolidado sus datos sobre un individuo y no acababa de comprender con la agilidad necesaria la versatilidad social.

 En segundo lugar, erraba al emplear su entendimiento a su favor. En el sentido más cruel de la palabra. Hablo de la manipulación más consciente. No estaba acostumbrado a este oficio, pero el conocimiento de este poder le elevaba y rara vez sentía remordimientos. ¿Su justificación? Su debilidad no es mi pecado. 

 Finalmente, lo que más le lanzó a los brazos de la locura fueron sus propias cavilaciones, la confusión de muchos actos y, en especial, su afán por escarbar en la intimidad de las personas bajo la nueva pretensión, desarrollada con el avance de su declive, de que el pasado le diría mucho más que sus observaciones. Le destrozaba la idea de que tener que aceptar que en toda individualidad, jamás alcanzaría a reproducir las condiciones de una vida humana, sujeta siempre a la fugacidad. Ya no veía lo que conocía, tan sólo vacíos, silencios, preguntas. Indecisión. Inseguridad. Histeria. Y la soledad de ser incomprendido eternamente.

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