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Vértigo

Creía, y quería, ver en sus ojos, en aquellos pardos e hipnotizantes, que compartía mi mismo deseo. El deseo de un accidente de mis labios con los suyos. Esa clase de accidente sin sirenas, sin llantos ni enfados, sin agentes tapando y haciendo circular a la gente mientras ordenan "Aquí no hay nada que ver, sigan avanzando". La sola idea, la inverosímil posibilidad, arrancaba mi vieja máquina de imaginar, con su estruendoso ruido a corazón batiente, me hacía despegar, liberándome de la tierra. Entonces todo se deformaba bajo el vapor del sueño.

 Me miraba y un millar de diminutas personas vestidas de rojo salían, eufóricas, a correr, brincar y gritar por mis mejillas. Batiendo las camisas, banderas, chocando los zapatos, provocando un cosquilleo agradable. De pronto, mi cuerpo se apresuraba por seguir el baile, torpe. Pensaba deprisa, mi lengua se tropezaba, la sonrisa salía sola a conquistar la pista. Mi humor se embriagaba de aquella fiesta y mis pies seguían el ritmo, sin mirar muy bien por dónde iba, pisándome mis izquierdos y torciendo mis derechos. Tampoco me importaba mucho que no supiera bailar. Sólo me acordaba en las caídas.

 Las personas con vértigo no deberíamos enamorarnos.
Me costó varias caídas, muchos esguinces e infinidad de corazones rotos aprenderlo.
Bueno, mentira. Aprendí que no debía pero nunca supe corregirme.

 Y es que a mí el amor me atormenta. Literalmente. Es una tormenta tropical, con sus vientos huracanados, arrastrándome y elevándome por encima de las casas, de las iglesias, asustando a los pájaros, acariciando las nubes; y con sus lluvias torrenciales, limpiando cada poro, frío y agradable. Como el primer baño en el océano de un verano que empieza a deslumbrar con sus rayos.

 Huía de la experiencia tanto como me sentía irremediablemente atraído hacia ella. Era culpa mía. Me dejaba llevar por las sensaciones como el quedarse dormido bajo un sol de otoño, arropado en la cálida sensación de un mundo tranquilo, combatiendo el frío que expulsaba a las abejas y entristecía y desnudaba los árboles. Unas veces sentía el entusiasmo de la primavera, el querer salir a reír y gritarle al mundo que se quitara la careta, que dejara pantomima de tristeza y oscuridad, que la luz había vuelto a salir. Otras veces, sentía como un invierno al abrigo de un hogar edificado sobre los cimientos del cariño, disfrutando de la calma y de una humeante taza de té caliente resbalando por mi garganta, inundando mi pecho de calor.

 Eran días, estaciones, pasando ante mí y yo sentado, soñando despierto, volando. Viviendo sin vivir, en una realidad lejos de donde debía estar, sólo porque mis vientos me habían arrastrado lejos de la atmósfera e incapaz de mirar hacia abajo, me retaban: "Si ahora quieres volver, salta" 

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