Volvía cansado, arrastrando los pies entre las hojas caídas, haciéndolas crujir, satisfecho por el sonido y a la vez absorto en mí, haciendo camino. Llevaba bajo el brazo el balón de fútbol, manchándome la chaqueta de barro. A medida que avanzaba por el parque, más árboles lindaban el paso y más espesa se hacía la niebla. La humedad se metió entre mi ropa, infectándome con sus dedos gélidos. La arboleda se convirtió en una nube en la que no podía ver más allá de mis pasos. La incertidumbre me asustó y puse mis sentidos en alerta.
- Muchacho, ¿quieres comprar algo? - Sonó una voz en el bosque. Sobresaltado, agudicé la mirada y me aproximé con cautela a aquella mancha oscura de la cual parecía haber provenido la pregunta.
De entre la neblina surgió la figura de un viejo muy alto, que sonreía con los labios mientras se sujetaba las manos a la altura del vientre. Estaba de pie junto a un carro de varas, aparentemente vacío. Llevaba un gorro, testigo de un banquete de polillas, que trataba de tapar su escaso cabello cano. No sabía si sus orejas eran así de grandes o si me lo parecían por culpa del gorro. El niño travieso que hay en mí quería imitar a sotto voce a la Caperucita Roja: "Abuelito, abuelito, ¡qué orejas más grandes tienes!". Por supuesto, yo era (y soy) muy educado, así que me guardé la travesura y seguí mirándole.
- Muchacho, ¿quieres comprar algo? - Repitió, afable. Bajo sus pobladas cejas tenía una cascada de arrugas que caían sobre sus ojos y a los lados de éstos, enormes grietas que se recalcaban, superponiéndose unas sobre otras, cuando sonreía. Se quedó inmóvil, esperando mi respuesta. Carraspeé para aclararme la garganta.
- ¿Qué vende? - Dije con suavidad, tratando de no sonar descortés. Se había reclinado levemente para escucharme. Cuando volvió a estirarse parecía más grande, como si hubiera henchido el pecho de orgullo.
- ¡Qué no vendo, muchacho! Tengo de todo. - Puso su cuerpo en marcha, moviéndose como un autómata oxidado, abriendo los brazos y remarcando cada palabra. - Vendo tiempo. - Abrió un lado de su chaqueta y mostró una decena de relojes de bolsillo. Plateados, dorados, diminutos, enormes, ruidosos, silenciosos. Volvió a cerrarse la chaqueta. - Vendo ideas. - Levantó su gorro, despeinándose más. Unas cuantas polillas salieron volando, revoloteando, al fin libres. - Pero creo que a un muchacho como tú lo que le hace falta son consejos. - Levantó las cejas y bajo su alud de pliegues vi aparecer sus ojos grises, velados con un brillo opaco, y unas pequeñas pupilas como gotas sobre un ventana. - Quizás... ¿Consejos de amor? - Su rostro se llenó de confidencialidad.
Aquel gesto me asustó un poco y alejé un poco la cara.
- ¿Amor? Mi papá me ha dicho que eso es de adultos y que ya lo entenderé cuando me haga mayor. - Traté de excusar mi desinterés en sus mercancías, por muy fantasiosas que fueran. No mentía, mi padre me había dicho alguna vez aquello, que no me preocupara por algo que "me daría tanto insomnio", pero no le había dado importancia hasta entonces.
Soltó una carcajada al aire con sonido a cientos de ramas quebrándose, una tras otra.
- ¡Los adultos siempre mienten, muchacho! Fingen más de lo que sienten porque tienen la cabeza poblada de árboles retorcidos y de pocos pájaros. - Volvió a reír. Cuando acabó, tragó saliva pesadamente y me señaló. - ¿Qué llevas ahí, muchacho?
- Es una pelota. - Respondí, mirándola. - Y me llamo Joel - Añadí, hastiado de que se refiriera a mí como "muchacho".
- ¿Te interesaría hacer un intercambio, Joel? - Me ofreció. Avanzó y su pisada no hizo ni el más mínimo ruido. Tomó el balón con una mano y lo examinó con sus ojos de cristal. Sus dedos eran grandes y estaban agarrotados por la edad.
-¿Para qué quiere usted una pelota? - Pregunté sincero, mientras debatía conmigo mismo cuál era el punto de todo aquello.
- No lo sé. - Se mesó la barbilla. - ¿Para qué quieres tú un consejo?
- Supongo que lo tendré en consideración. - Me encogí de hombros. La comparación era disparatada.
- Consideraré tu balón pues. - Y se volteó para dejarlo en su carro vacío. Yo era un niño pero estaba seguro de que aquello no funcionaba así. Suspiré con discreción y lo dejé hacer. - Bueno, Joel, ¿sobre qué necesitas consejo?
- ¿No íbamos a hablar de amor? ¿Cómo voy a pedir consejo de algo que desconozco?
- También ofrezco respuestas. Haz tu pregunta.
Me pilló desprevenido. Titubeé y noté el rubor subir por mi cuerpo. Tenía las palabras agolpándose en mi boca, empastándome el habla. Abrí varias veces los labios para volver a cerrarlos. "No, eso no. Aquello... Dicho así tampoco...". Dudé largo rato. Finalmente, cayeron:
- ¿Qué se siente? - No podía creerme que me hubiera atrevido a preguntar.
- Si te lo dijera ya no tendrías curiosidad. Vuelve a intentarlo.
Fruncí el ceño, insatisfecho.
- ¿Cómo se aprende a amar?
- Nadie sabe y nadie aprende porque nadie puede enseñar. A veces se imita lo que se ve, otras lo que se ha hecho. Es peligroso repetir cuando en cada ocasión es distinto. - Puntualizó. - Algún loco sigue lo que su corazón le dicta. Para no asustarte muchacho, los llamo locos porque es un riesgo poner todo el peso sobre aquello que mueve tu vida.
Calló y se hizo el silencio. Estaba expectante por oírme pero no sabía qué decir. Quizás anhelaba algo más conciso, algo que esclareciera más y no me diera más preguntas. Agaché un poco la cabeza. Percibí su aliento caliente salir seco de sus labios.
- Joel, a una pregunta inacabada le corresponde una respuesta ambigua. - Dijo, resignado. - ¿Sabes? Te hace sentir como en casa, pero a veces esa casa se queda pequeña, tanto que no caben tus ideas y se te mojan. O demasiado grande, tanto que puedes oír el eco de tus palabras volver y se siente muy frío.
- ¿Y de qué depende?
Rió con la vibración de un timbal en la boca de su estómago.
- ¡Si dependiera de algo fijo, muchacho, no habría tanto sintecho! Hay quienes buscan amores pequeños, capaces de caber hasta en una tienda de campaña, porque son almas viajeras, indecisas por un hogar. - Torció la cabeza y le crujió el cuerpo. - De todos modos, uno nunca sabe cuando le pueden desahuciar. ¿Tienes algo más, Joel?
Metí las manos en los bolsillos y sonó el tintineo de las llaves. El viejo alegró el rostro.
- Lo siento, pero no puedo dártelas, no son mías. Son de mi papá. - Lamenté. Chasqueó la lengua.
- ¿Qué me dices de la chaqueta? Tengo unas amigas a las que les gustaría mucho. - Sonrió. Giré la cabeza a un lado y a otro del parque, levantando la mirada al cielo. La niebla no se había disipado y el sol ya estaba cayendo. Negué. No quería resfriarme.
- Oh... - Gimió. Por primera vez en toda la velada, las comisuras de sus labios apuntaron hacia abajo. - Entonces, Joel, quizá sea hora de marchar. Ya nos volveremos a ver. - Hizo una breve reverencia y se aproximó al carro.
Le observé mientras cogía las varas y, sin esfuerzo, lo levantaba. Tomé una bocanada de aire y la retuve un instante.
- ¿Quién querría lanzarse a lo desconocido? - Pregunté cuando me dio la espalda. Se detuvo.
- No lo sé. ¿Por qué te paraste tú a responderme?
- No estoy seguro. Quizás educación.
- ¿Y después? - Replicó. Advertí en su tono que se estaba divirtiendo.
- Supongo que curiosidad. - Contesté, alzando la voz y viendo su figura siendo engullida por la niebla. Oí su carga traquetear por el sendero y su sonora risa llenar de ecos el bosque hasta que se hizo inaudible.
Sonreí, contagiado por su humor, pensando en cómo, aquella tarde, me quedé sin una pelota manchada y con preguntas sin respuesta.
- Muchacho, ¿quieres comprar algo? - Sonó una voz en el bosque. Sobresaltado, agudicé la mirada y me aproximé con cautela a aquella mancha oscura de la cual parecía haber provenido la pregunta.
De entre la neblina surgió la figura de un viejo muy alto, que sonreía con los labios mientras se sujetaba las manos a la altura del vientre. Estaba de pie junto a un carro de varas, aparentemente vacío. Llevaba un gorro, testigo de un banquete de polillas, que trataba de tapar su escaso cabello cano. No sabía si sus orejas eran así de grandes o si me lo parecían por culpa del gorro. El niño travieso que hay en mí quería imitar a sotto voce a la Caperucita Roja: "Abuelito, abuelito, ¡qué orejas más grandes tienes!". Por supuesto, yo era (y soy) muy educado, así que me guardé la travesura y seguí mirándole.
- Muchacho, ¿quieres comprar algo? - Repitió, afable. Bajo sus pobladas cejas tenía una cascada de arrugas que caían sobre sus ojos y a los lados de éstos, enormes grietas que se recalcaban, superponiéndose unas sobre otras, cuando sonreía. Se quedó inmóvil, esperando mi respuesta. Carraspeé para aclararme la garganta.
- ¿Qué vende? - Dije con suavidad, tratando de no sonar descortés. Se había reclinado levemente para escucharme. Cuando volvió a estirarse parecía más grande, como si hubiera henchido el pecho de orgullo.
- ¡Qué no vendo, muchacho! Tengo de todo. - Puso su cuerpo en marcha, moviéndose como un autómata oxidado, abriendo los brazos y remarcando cada palabra. - Vendo tiempo. - Abrió un lado de su chaqueta y mostró una decena de relojes de bolsillo. Plateados, dorados, diminutos, enormes, ruidosos, silenciosos. Volvió a cerrarse la chaqueta. - Vendo ideas. - Levantó su gorro, despeinándose más. Unas cuantas polillas salieron volando, revoloteando, al fin libres. - Pero creo que a un muchacho como tú lo que le hace falta son consejos. - Levantó las cejas y bajo su alud de pliegues vi aparecer sus ojos grises, velados con un brillo opaco, y unas pequeñas pupilas como gotas sobre un ventana. - Quizás... ¿Consejos de amor? - Su rostro se llenó de confidencialidad.
Aquel gesto me asustó un poco y alejé un poco la cara.
- ¿Amor? Mi papá me ha dicho que eso es de adultos y que ya lo entenderé cuando me haga mayor. - Traté de excusar mi desinterés en sus mercancías, por muy fantasiosas que fueran. No mentía, mi padre me había dicho alguna vez aquello, que no me preocupara por algo que "me daría tanto insomnio", pero no le había dado importancia hasta entonces.
Soltó una carcajada al aire con sonido a cientos de ramas quebrándose, una tras otra.
- ¡Los adultos siempre mienten, muchacho! Fingen más de lo que sienten porque tienen la cabeza poblada de árboles retorcidos y de pocos pájaros. - Volvió a reír. Cuando acabó, tragó saliva pesadamente y me señaló. - ¿Qué llevas ahí, muchacho?
- Es una pelota. - Respondí, mirándola. - Y me llamo Joel - Añadí, hastiado de que se refiriera a mí como "muchacho".
- ¿Te interesaría hacer un intercambio, Joel? - Me ofreció. Avanzó y su pisada no hizo ni el más mínimo ruido. Tomó el balón con una mano y lo examinó con sus ojos de cristal. Sus dedos eran grandes y estaban agarrotados por la edad.
-¿Para qué quiere usted una pelota? - Pregunté sincero, mientras debatía conmigo mismo cuál era el punto de todo aquello.
- No lo sé. - Se mesó la barbilla. - ¿Para qué quieres tú un consejo?
- Supongo que lo tendré en consideración. - Me encogí de hombros. La comparación era disparatada.
- Consideraré tu balón pues. - Y se volteó para dejarlo en su carro vacío. Yo era un niño pero estaba seguro de que aquello no funcionaba así. Suspiré con discreción y lo dejé hacer. - Bueno, Joel, ¿sobre qué necesitas consejo?
- ¿No íbamos a hablar de amor? ¿Cómo voy a pedir consejo de algo que desconozco?
- También ofrezco respuestas. Haz tu pregunta.
Me pilló desprevenido. Titubeé y noté el rubor subir por mi cuerpo. Tenía las palabras agolpándose en mi boca, empastándome el habla. Abrí varias veces los labios para volver a cerrarlos. "No, eso no. Aquello... Dicho así tampoco...". Dudé largo rato. Finalmente, cayeron:
- ¿Qué se siente? - No podía creerme que me hubiera atrevido a preguntar.
- Si te lo dijera ya no tendrías curiosidad. Vuelve a intentarlo.
Fruncí el ceño, insatisfecho.
- ¿Cómo se aprende a amar?
- Nadie sabe y nadie aprende porque nadie puede enseñar. A veces se imita lo que se ve, otras lo que se ha hecho. Es peligroso repetir cuando en cada ocasión es distinto. - Puntualizó. - Algún loco sigue lo que su corazón le dicta. Para no asustarte muchacho, los llamo locos porque es un riesgo poner todo el peso sobre aquello que mueve tu vida.
Calló y se hizo el silencio. Estaba expectante por oírme pero no sabía qué decir. Quizás anhelaba algo más conciso, algo que esclareciera más y no me diera más preguntas. Agaché un poco la cabeza. Percibí su aliento caliente salir seco de sus labios.
- Joel, a una pregunta inacabada le corresponde una respuesta ambigua. - Dijo, resignado. - ¿Sabes? Te hace sentir como en casa, pero a veces esa casa se queda pequeña, tanto que no caben tus ideas y se te mojan. O demasiado grande, tanto que puedes oír el eco de tus palabras volver y se siente muy frío.
- ¿Y de qué depende?
Rió con la vibración de un timbal en la boca de su estómago.
- ¡Si dependiera de algo fijo, muchacho, no habría tanto sintecho! Hay quienes buscan amores pequeños, capaces de caber hasta en una tienda de campaña, porque son almas viajeras, indecisas por un hogar. - Torció la cabeza y le crujió el cuerpo. - De todos modos, uno nunca sabe cuando le pueden desahuciar. ¿Tienes algo más, Joel?
Metí las manos en los bolsillos y sonó el tintineo de las llaves. El viejo alegró el rostro.
- Lo siento, pero no puedo dártelas, no son mías. Son de mi papá. - Lamenté. Chasqueó la lengua.
- ¿Qué me dices de la chaqueta? Tengo unas amigas a las que les gustaría mucho. - Sonrió. Giré la cabeza a un lado y a otro del parque, levantando la mirada al cielo. La niebla no se había disipado y el sol ya estaba cayendo. Negué. No quería resfriarme.
- Oh... - Gimió. Por primera vez en toda la velada, las comisuras de sus labios apuntaron hacia abajo. - Entonces, Joel, quizá sea hora de marchar. Ya nos volveremos a ver. - Hizo una breve reverencia y se aproximó al carro.
Le observé mientras cogía las varas y, sin esfuerzo, lo levantaba. Tomé una bocanada de aire y la retuve un instante.
- ¿Quién querría lanzarse a lo desconocido? - Pregunté cuando me dio la espalda. Se detuvo.
- No lo sé. ¿Por qué te paraste tú a responderme?
- No estoy seguro. Quizás educación.
- ¿Y después? - Replicó. Advertí en su tono que se estaba divirtiendo.
- Supongo que curiosidad. - Contesté, alzando la voz y viendo su figura siendo engullida por la niebla. Oí su carga traquetear por el sendero y su sonora risa llenar de ecos el bosque hasta que se hizo inaudible.
Sonreí, contagiado por su humor, pensando en cómo, aquella tarde, me quedé sin una pelota manchada y con preguntas sin respuesta.
Comentarios
Publicar un comentario