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Vamos a amar sin miedo

Terminé de ajustarme el cuello de la camisa, con un gesto de aprobación.

- Creo que me sienta mejor este color.

Giró la cabeza y sonrió. Terminó de colgar la percha y me abrazó por la espalda.

- ¿Y qué no te queda bien? - Ronroneó en mi oído. Sus manos habían reptado hasta mi vientre, haciendo una lenta incursión por debajo de mi camiseta.

- El naranja. - Respondí, apoyando la nuca en su hombro, mientras nuestras miradas se cruzaban en el espejo. Entrelacé mis dedos con los suyos a la altura de mi ombligo. Apoyó su mejilla en mi cabeza y permanecimos inmóviles, observando nuestro reflejo. Rompí el silencio.

 - ¿Te parece si ahora al salir nos paramos a por algo fresquito?

 Su rostro se iluminó y emitió un alegre "Sí" acompañado de un sonoro beso en la mejilla. Me volteé y nuestros labios se encontraron.
 Terminamos de colocar las prendas rechazadas, volviéndolas a su lugar, y pagamos. En el exterior de la tienda, la luz y una ola de calor nos golpeó en la frente. Me soltó y se puso a buscar en su mochila las gafas de sol. No pude evitar comenzar a sonreír.

 - ¿Por qué te ríes de mí? - Me preguntó, pausando sus movimientos un breve instante.

 - Es que me hace gracia todo esto. Piénsalo, acabamos de salir del probador las dos juntas, como si nada. - Respondí encogiéndome de hombros, sin abandonar mi alegre gesto.

 - Ya deberías estar acostumbrada.

 - Bueno, pero me gusta recordar estas cosas. Me gusta tanto como a ti perder las cosas teniéndolas delante. - Me acerqué a ella, señalando el cuello de su camiseta. Palpó, dándose cuenta de que no había guardado sus gafas. Cerró los ojos con lentitud y al volver a abrirlos me dedicó una mirada larga, amenazadora aunque sus carrillos delataban su diversión.
 Enarqué las cejas, simulando inocencia. Le tendí la mano.

 - ¿Vamos? - La invité. - Cógeme la mano para que no te pierdas.

 Me contestó sacándome la lengua y ocultando sus iris tras las oscuras lentes. Y echamos a andar, confundiéndonos entre la multitud, zigzagueando, evitando el terrible sol estival. Reptando entre las sombras, decididas, fuimos abandonando las calles más concurridas del centro, yendo hacia el casco antiguo. No habíamos acordado a dónde ir exactamente, pero ambas sabíamos que el mejor lugar para pasar la tarde sería nuestro local favorito.
 Nos traía buenos recuerdos del año pasado, de cuando aún nos estábamos conociendo. Manteníamos una cálida amistad con el propietario, un sexagenario que cumplía sus sueños de regentar una modesta cafetería. Para nosotras era como un segundo hogar, y qué mejor sitio para ir que aquel que te hace sentir como en casa.

 Las aceras anchas se fueron sustituyendo por adoquines de piedra, malgastados y resbaladizos, y callejones serpenteantes; pasaba algún que otro coche despacio, temblando. Íbamos en fila india, sujetas por nuestros dedos índice y corazón, yo detrás de ella. Por eso los vi antes.

 Un improperio atravesó el aire, seguido por distintas risas. Me volteé apenas un instante, en el cual pude distinguir por lo menos tres personas, antes de ser arrastrada. Había apretado el paso. Me puse a su altura de un par de zancadas. Nos miramos de refilón y percibí en sus ojos el miedo. Sentimos sus pisadas acelerarse mientras la voz cantante de aquella pandilla nos preguntaba si habíamos hecho una u otra práctica, invitándonos, a su vez, a probar no sé qué cosa para curarnos no sé qué enfermedad. La distancia a nuestro destino se había agigantado, estábamos tan cerca y a la vez tan lejos...

 - Joder, nos alcanzarán antes de que lleguemos al Yute - Advertí, asustada, con el aliento entrecortado.

 Ella no respondió nada. Tenía el ceño fruncido, atenta y preocupada, mordiéndose los labios y con la mandíbula en tensión. No quería desviar mi mirada de sus rasgos, tratando de captar su esencia, temerosa de no volver a verla, que le hicieran daño. Me apartó del camino, con su brazo sobre mi pecho, apretándome contra la pared. Un coche pasó delante de nosotras. Aprovechando que nuestros perseguidores también tendrían que esperar a que el vehículo les diera vía libre, nos cogimos de la mano y echamos a correr. Nuestras mochilas saltaban de un lado a otro de la espalda. Corrimos con energías renovadas, como si no nos pesaran las piernas: el cuerpo no entiende de cansancio ante el peligro. Torcimos a la izquierda, un breve tramo recto y otra vez a la izquierda. Nos ocultamos en un portal, con el corazón desbocado; ella comenzó a pulsar los seis timbres de los residentes. El tono resonó con fuerza, retumbando entre las calles, delatando nuestras intenciones. Le rogamos a mil y una divinidades que, por favor, el eco les despistara y que algún alma caritativa nos salvara. Agarradas al pomo, tiritando, forzábamos el empuje, preparadas para el momento en el que alguien accionara el botón. Una voz distorsionada por un altavoz oxidado rechinó un perezoso "¿Sí?". Las palabras se agolparon en la garganta, balbuceábamos ruegos, y "la puerta", "ayuda". El griterío colérico de aquellos jóvenes se aproximaba. Golpeé reiteradas veces el cristal translúcido de la entrada. Aquella persona permanecía en silencio, dudando. Temíamos que nos dieran caza en aquel rincón. El portón cedió al fin. Entramos rápidamente, nerviosas por el persistente zumbido de alguien apretando el interruptor.

 - No lo pulsen más, por favor - Supliqué alzando la voz en el rellano, dirigiendo mi cara hacia las escaleras.

 En el exterior, uno frenó precipitadamente, chocando con la palma de las manos, atizando con furia los barrotes. Nos apartamos lentamente de la entrada, sin apartar la vista de aquel grupo que se agolpaba en la puerta y gritaba insultos y amenazas. Subimos las escaleras al primer piso y nos sentamos sobre el frío mármol, temblando, con lágrimas queriendo desbordar. Se apoyó en mi hombro, abrazada a mi brazo. Algunos vecinos asomaron el rostro, curiosos, sin abrir la boca. Cada patada que aquellos salvajes propinaban hacía estremecer el edificio,

 A pesar de que nos estuvieran observando inquisitoriamente, estábamos solas. La angustia se posó sobre nuestros hombros, el temor nos hacía agachar la cabeza, los prejuicios separaban nuestros cuerpos.

 Una valiente promesa surgió de la rabia y la impotencia: No quiero ni voy a amar con miedo.

 "The butterflies you feel should come from love, not fear"

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