Le vendó los ojos y la condujo, agarrada del brazo, hasta una silla en mitad de la estancia, haciéndole sentar. El contacto frío de la madera en su piel la hizo estremecer. Sonreía, nerviosa.
- ¿Confías en mí? Necesito que lo hagas.
- Lo hago. - Afirmó.
La casa, el barrio, la ciudad, el mundo entero estaba en silencio, expectante. Tan sólo se oía el roce de la ropa y los zapatos caer al suelo. De pronto, un chasquido sonó y una corriente de aire chocó contra su cuerpo desnudo. Tuvo un escalofrío. Unos pasos sordos sobre el parqué se aproximaron desde su derecha y pararon. Ella alargó el brazo pero allí no había nadie. Una sensación de torpeza le invadió y rió.
- ¿Qué buscas? - Susurró en su oído izquierdo.
Aquello la sorprendió y se apartó, riendo aún más.
- A ti.
Y volvió a alzar el brazo, el izquierdo esta vez, y volvió a encontrarse con el vacío.
- Me encontrarás, tranquila. - Contestó, a su espalda.
Le acarició con las yemas de los dedos y ella respondió reclinando la cabeza sobre el respaldo, alargando el cuello. La besó sobre la clavícula izquierda, apartando su cabello. Ella inclinó el rostro buscando sus labios. Sintió en la mejilla su frente alzarse, rozándola, el puente de la nariz y finalmente el hálito caliente y lento que dejaba escapar. Tragó saliva. Buscó el beso, entreabriendo los labios. Pero apenas sintió la caricia. Suspiró, volviendo la cara al frente. Notaba la venda ceñida en sus sienes, firme pero suave, en un castigo juguetón.
Dio un respingo al sentir unas uñas repasando su costillar, dando un rodeo por su vientre y bajando, saltando por sus muslos. Cerró un poco las piernas, atrapando el cuerpo de su amante. Repasó con las manos sus brazos hasta llegar a los hombros: se había agachado. Sintió como avanzaba hacia ella y la humedad de su beso en el pecho la hizo estremecer. Le mordió en un seno mientras estrechaba su cintura y logró sacar un jadeo desde el fondo de su garganta. Ella subió las manos hasta su cuero cabelludo, empujando su cabeza hacia abajo mientras la besaba como un río descendiendo lentamente por las curvas de su estómago. Apenas apoyaba los pies en el suelo, con sus piernas en tensión, adelantando la cadera. Dejaba escapar su respiración por la boca, resecando los labios. Hizo ademán de apartarse.
- No, no... - Musitó ella, atrayendo hacia sí su huidizo cuerpo.
La cogió de las muñecas, obligando a soltarle la cabeza y echó las manos hacia las patas de la silla.
- Todavía no.
- Pero si te alejas tengo frío. - Replicó, a pesar de la firmeza de su tono.
No respondió. Se hizo el silencio en el cuarto. Treinta segundos. Un minuto.
- No te has ido, ¿no? - Preguntó, queriendo apartarse la venda de los ojos.
Escuchó su siseo, tranquilo. Volvió a agacharse ante ella y, con calma, recorrió el interior de sus muslos con una delgada caricia. Besó su pubis y observó como las manos apretaban con fuerza la madera. Bajó con la lengua con la velocidad de la miel sobre la piel. En la frente, pegada a su vientre, sentía su cuerpo alterarse. Acercaba sus dedos cuando levantó la cabeza al oírle susurrar.
- No aguanto más. - Se agitó, apartándole. Con un movimiento rápido y enérgico, se quitó la tela de los ojos y se alzó. Su amante la imitó, lentamente, quedándose a apenas a un palmo de distancia: Sonreía, triunfante.
- Te quiero rebelde. - Se abalanzó a besarla. Tomó aire y añadió. - Inconformista. - La levantó del suelo. - A más motivos busco para quererte, menos excusas encuentro para no hacerlo.
Dio un respingo al sentir unas uñas repasando su costillar, dando un rodeo por su vientre y bajando, saltando por sus muslos. Cerró un poco las piernas, atrapando el cuerpo de su amante. Repasó con las manos sus brazos hasta llegar a los hombros: se había agachado. Sintió como avanzaba hacia ella y la humedad de su beso en el pecho la hizo estremecer. Le mordió en un seno mientras estrechaba su cintura y logró sacar un jadeo desde el fondo de su garganta. Ella subió las manos hasta su cuero cabelludo, empujando su cabeza hacia abajo mientras la besaba como un río descendiendo lentamente por las curvas de su estómago. Apenas apoyaba los pies en el suelo, con sus piernas en tensión, adelantando la cadera. Dejaba escapar su respiración por la boca, resecando los labios. Hizo ademán de apartarse.
- No, no... - Musitó ella, atrayendo hacia sí su huidizo cuerpo.
La cogió de las muñecas, obligando a soltarle la cabeza y echó las manos hacia las patas de la silla.
- Todavía no.
- Pero si te alejas tengo frío. - Replicó, a pesar de la firmeza de su tono.
No respondió. Se hizo el silencio en el cuarto. Treinta segundos. Un minuto.
- No te has ido, ¿no? - Preguntó, queriendo apartarse la venda de los ojos.
Escuchó su siseo, tranquilo. Volvió a agacharse ante ella y, con calma, recorrió el interior de sus muslos con una delgada caricia. Besó su pubis y observó como las manos apretaban con fuerza la madera. Bajó con la lengua con la velocidad de la miel sobre la piel. En la frente, pegada a su vientre, sentía su cuerpo alterarse. Acercaba sus dedos cuando levantó la cabeza al oírle susurrar.
- No aguanto más. - Se agitó, apartándole. Con un movimiento rápido y enérgico, se quitó la tela de los ojos y se alzó. Su amante la imitó, lentamente, quedándose a apenas a un palmo de distancia: Sonreía, triunfante.
- Te quiero rebelde. - Se abalanzó a besarla. Tomó aire y añadió. - Inconformista. - La levantó del suelo. - A más motivos busco para quererte, menos excusas encuentro para no hacerlo.
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