De mi expedición espacial más increíble me he llevado un terrible dolor de huesos y un agujero en el techo. Por fortuna, mi colchón me recibió en la caída como un perro viejo en el rellano, moviendo la cola pesadamente, cómplice. Volvía a casa. Al inicio. A la meta. Al experto radiólogo, la soledad.
Envuelto en un centenar de sábanas, en un quejido triste y un aire viciado, todo tenía un color distinto. No el anaranjado de los westerns. Más bien un azul pálido. Casi gris. Me recordaba a la imagen fija de un parque nevado, en su sordo silencio y su tiempo aletargado. Y aquí dentro, sólo podía humedecerme los ojos, soñar sin párpados y escucharme con eco. Qué paredes más gruesas tiene esta crisálida de tela.
Ojalá me convierta en una polilla y salga revoloteando guiado por mi instinto, con un objetivo poco claro pero obstinado. Encontraré una luz y, aturdido, bailaré a su lado. Y, quién sabe, quizá alguien acabe bailando conmigo. Me imagino esa felpa sobre mis alas y la incandescencia de la bombilla y el calor se deja sentir.
De pronto, la lluvia se cuela por el agujero y me moja la imaginación. Tras mi escondite, la miro. Agua, pájaros, aviones y nubes entran en mi cuarto. Los días y las noches pasan, conmigo y a pesar de mí. Quiero arreglar ese boquete porque en cualquier momento se meterá un fantasma y aún no eché al último. Como se llamen los unos a los otros no me van a dejar espacio. No, esto se acaba. Les pediré el alquiler con tasa turista y se lo dejaré claro. Y repararé el techo sin disimular el color. Que aunque tuerza el gesto al ver la pobre faena de bricolaje, se me achique la sonrisa y me tiemble el esqueleto, volveré a recordar por qué caí y volaré más lento, pondré las largas y me chocaré menos. Será un ejercicio de cerrar para abrir; y romper para salir, de este, mi refugio.
Expectante, me pregunto, ¿en qué me voy a convertir?
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