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Notas saladas.

De hilos pende mi cordura, de las cuerdas de mi guitarra, que tiembla al rasgar y sentir que se escapa una nota que desmorona mi ser, con la misma amargura como hace años, me sobrecogía tu mirada.

Por aquel tiempo, yo recorría el borde del paseo que lamía el mar, con mi fiel amiga  en busca de dinero regalado por la compasión de mis melodías que silbaban junto a las olas, cuando de pronto, en un instante, tan breve como el pestañear y tan frágil como un copa de cristal, cruzáronse por gracia del destino nuestro ojos y esa sonrisa llena de malicia que tanto te acompañaba, llevándose así mi alma tras esa cabellera oscura y ahogando mis pensamientos en esos ojos  de color aguamarina en los que tanta veces me bañé. Jamás olvidaré el levar de tu vestido blanco al voltear y jugando con mi mirada y tus muslos, incitando a atraparte, haciéndome partícipe de tus juegos indiscretos. En uno de estos vuelos, entre carcajadas al aire, palabras susurradas, caricias furtivas y un avance intercalado, fue así como encontramos nuestro rincón, apartado de la vista ajena, en nuestra cueva salina, de blanda arena y reflejos marinos por encima de nuestras cabezas. Un lugar lleno de magia y gracia, cuya entrada era de misteriosa creación, con ese hueco hacia el suelo, esa suave rampa arenosa y cuya salida al acantilado estaba justamente situada hacia el oeste, según la caída del Sol, ahí donde cogía color e invitaba a agudizar los sentidos.

 En nuestro desenfrenado amor, en nuestra dulzura contrarrestando la salinidad del lugar, las promesas, la sensualidad de tu cuerpo estaban a la orden del día. La cadencia de tus gemidos y de tus sonrisas sonrojadas que aparecían al recorrerte con mi voz  plagada de ternura y mis desvergonzadas e impulsivas preguntas. "¿Eres mía?" te solía repetir. Aquella mirada tuya me respondía. "Sí, sí, eres mía, sola y completamente mía y yo, yo soy tuyo", agregaba al final, mi inocente persona.

  Eras tú el sol que ahora doraba mi piel, que me hacía estremecer, que me sonreía y que se nublaba rodeada de tontos pensamientos. Mi razón de ser eras tú. Éramos el uno para el otro, mostrando nuestro verdadero rostro frente a frente. Como solíamos decirnos en la intimidad, tú eras mía y yo era tuyo.

 No fue hasta el 29 de agosto de aquel mismo año cuando vi desaparecer mi felicidad, como estalló esa ola en el acantilado, arrastrandote desenfrenadamente hacia un trágico final, en un baile esperpéntico de aguas revueltas, de rayos restallando en un cielo furioso.  
Aquel día, ese mar se cobró otras cuatro solitarias almas más que por la costa se relajaban, inconscientes de la natura rabiosa. Como deseé día tras día, insomnio tras insomnio, haber estado en la vera de tus labios aquel momento para perecer a tu lado. 

 Los años pasan y la ausencia sigue marcada en mi piel, como lo hicieron en su momento tus uñas ardientes. La muerte mora en las pupilas de mis hastiados ojos. Quien sabe si pudo tu ánima salir de entre las olas, y si por fortuna lo hizo, agradecido me hallaría ante los dioses, nos reencontremos allí una vez más y que el azur de tus ojos siga intacto y resquebrajantemente hermoso como de costumbre, como siguen así las aguas que te dieron final.

Aún me recojo en las orillas maldiciéndome y pensando: quién pudiera afirmar a voz alzada que siempre me habrías pertenecido. 

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