“Desde aquel día todo cambió, pasó
de ser un chico al que todo le daba igual a empezar a sonreír por
una persona”
Ian, era un joven hijo de un
dignatario, un padre al que rara vez veía en su propia casa y
motivos por los cuales se rumoreaba que vivía vidas secretas, y cuyo
nacimiento no fue celebrado como tal, si no como un evento más.
Aunque Jason W. Mothman confiaba en que Ian siguiese la línia de
“nobles cargos familiares”, su hijo aborrecía las enormes
reuniones a las que su padre le obligaba a acompañarle y no
admitiría jamás ser el siguiente en la sucesión. El señor
Mothman, conocido así por sus tácticas económicas pacientes y
destructoras a largo plazo, cual polilla en un armario, incitaba a su
descendiente a estudiar economía, sociales, estadística...
Tantos habían sido los intentos, que
Jason ya se había rendido y esperaba con ansias una nueva criatura
en el vientre de su mujer Marie, pero fue malo el anuncio de los
médicos cuando le comunicaron que ésta sería una niña y él no
estaba dispuesto a permitir que lo heredase una mujer. Abandonó a su
esposa, pero ésta ganó el juicio y parte de las pertenencias de
Jason fueron a parar en sus manos, incluyendo la custodia de sus
hijos. Fue considerada la primera derrota de Mothman y donde empezó
su decadencia hasta llegar a la altura de un simple inversor de la
Bolsa, pero a pesar de ello, rehízo su vida al lado de una mujer
hermosa y de la mano de dos dulces niñitas, de diez y siete años.
Ese fue el rumbo que tomó la vida de
Ian hasta llegar a un punto, siete años después del escándalo, a
la edad de los dieciocho, en el que era sólo un chico sin padre pero
normal, en una casa y vida modesta, y finalmente podía dedicarse a
lo que él deseaba realmente: Filología. Cada tarde de viernes
acostumbraba a coger el autobús y marcharse a la biblioteca, de
donde tornaba con la mochila repleta de libros.
La señal llegó un día como otro
cualquier viernes, de regreso, en el cual se sentó a su lado una
chica con un libro en mano. Le sorprendió, sabiendo que si alzaba la
vista lo único que vería serían personas inclinadas en sus
respectivas pantallas. Para él, era la contraseña de entrada a una
hermandad secreta. “El desencuentro” leía ella. Ian ya lo había
leído meses atrás. Ya se aproximaba a su parada cuando
decididamente, y tras mucho cavilar, le dijo al oído:
- Lo inconfesable oculta verdades deseadas, como África y Javier.
Y sin volver la vista atrás, saltó
del vehículo y volvió a casa con la noche ya caída, dejando tras
de sí a una chica desconcertada.
Los encuentros fortuitos en el bus se
reiteraron varias semanas seguidas, donde se intercambiaron palabras
diversas veces. Aprendió que se llamaba Danna, que vivía varias
manzanas más allá y que cada tarde que se encontraban, ella
retornaba de la academia de francés. Se recomendaban libros
mutuamente y compartían silencios plagados de palabras en la
biblioteca, sonrisas cómplices por encima del borde de su respectivo
libro y desobedecían como niños cuando se sentaban entre las
estanterías, allí en el pasillo, uno frente a otro. Era la gracia
que había brotado entre ellos; se había instalado el cariño como
polvo sobre la cubierta de un libro olvidado. Aquella tarde lluviosa
de junio con el repiqueteo sonoro de la lluvia sobre el techo de
cristal, con la misma vergüenza que siempre les vestía, sus labios
se rozaron.
Ya no sólo se veían los viernes.
Prácticamente, huían de sus obligaciones diarias para colmarse
mutuamente. No temían ser vistos y tampoco lo sacaban a relucir,
pues bien se sonreían al abrigo de las miradas con mayor dulzura.
Ian admiraba y se enorgullecía de aquella mujer que entrelazaba los
dedos con los suyos. Él nunca ocultó nada a su familia y les habló
de ella, pero Danna no se lo anunció: sabía que se ruborizaría y
no lo deseaba. E invitó a Ian a despedirse frente a su puerta y
comunicarlo juntos. Ni siquiera sospechaban la cercanía que
compartían sus respectivos hogares, y cada gesto era una
coincidencia más hermosa que la anterior. Al tocar el timbre, una
voz femenina surgió de detrás de la puerta y Ian comenzó a
temblar. Era la primera vez que se presentaba ante los padres de una
pareja, ya que Danna era su primer amor.
El picaporte comenzó a girar y Ian
apretó la mano con la de su amada. Danna le miró de perfil. Al
parecer él estaba más nervioso de lo que dijo que llegaría a
estar. No pudo evitar sonreír a esa inocencia.
La madre de Danna apareció ante sus
ojos, quien sorprendió a Ian por el gran parecido con su hija. Misma
nariz respingona, mismos labios carnosos y finos, misma mirada. Se
les quedó mirando un instante, escrutando y pensando para sí misma
qué debía significar esa intromisión a tal hora de la tarde. Y
cuando bajó los ojos, lo entendió. Sonrió; Ian, enrojecido, avanzó
y se presentó levemente. La madre de Danna, aún con la sonrisa
pícara en los labios, metió la cabeza a través de la puerta y dijo
al aire:
- Cariño, hay una sorpresa aquí fuera.
El estupor se clavó en los ojos de
Ian, cuando vio de refilón una figurada muy conocida.
- Eh...Tú... -Dijo aquel hombre- Eh, hijo de...
La tensión cayó en el ambiente como
un piano desde un octavo. La madre de Donna estaba aturdida. Ambas
mujeres alternaban miradas entre ellas y los dos hombres. Fue una luz
quien iluminó de pronto la mente de Beatrice: Aquel no podía ser
más el hijo de la otra familia que había tenido anteriormente su
marido. Evitó que cruzase el marco de la puerta y le susurró al
oído largamente, pero sabiendo como era Jason, no cedería, y menos
sabiendo que ya lo hizo una vez y lo perdió todo. Mothman respiró
hondo y con voz de queda dijo:
- No quiero volver a verte rondando por aquí y menos aún, de la mano de mi hija. Danna, ve a tu cuarto, luego hablaremos.
- Pero papá...
- ¡Danna!
Y el silencio se apoderó de la calle
e Ian se marchó tras compartir una última y larga mirada con ella.
Aquel hombre que le había estrangulado media parte de la la vida que
había vivido hasta ahora, venía a aplastarle su primer amor.
No la volvió a ver hasta tres semanas
después, otro viernes. Danna no llevaba ningún libro en la mano.
Simplemente, se sentó a su lado, con la mirada vacía y de brazos
cruzados sobre el pecho, sosteniéndose los brazos. Y aunque tratase
de ocultarlo, las marcas de violencia eran visibles y evidentes. Ian
suspiró y al levantarse, la besó en la frente y se fue.
En el último encuentro que tuvieron,
Ian estaba sentado frente a ella, y su lugar habitual, reposaba una
cuartilla que rezaba:
“ Soñábamos aquellas tardes en
escribir nuestras historias, pues bien hemos encontrado
nuestra tragicomedia, un cuento que
empieza con algo así como: Érase una vez, dos hermanos destinados a
vivir distantes, pues el contacto era hiriente, directa e
indirectamente. La historia de como morían uno en pos del otro para
dejarse respirar. Como el Sol y la Luna.”
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