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En un eterno atardecer.

Hoy no soy aquella que saluda al pasar junto a los desconocidos con una sonrisa, que le habla al viento en sus giros, conversa con la mariposas perdidas, la que se mueve con el son de la música tontorrona. Entre paso y paso, saltito. Entre pensamiento y pensamiento, sonrisa. No, hoy no soy ella.

Hoy soy esa que, con las manos en el bolsillo, cabizbaja, busca respuestas en la punta blanca de sus zapatos. Quizás esté preguntándose a sí misma, quizás esté con la mente en blanco, mirando el asfalto. Quizás sólo piensa en el ritmo retumbante del blues que le acompaña, quizás recita versos que le traen memorias. Quizás busca entre los recuerdos pegados en su mente una explicación, un por qué. Quizás sólo busca su camino como aquella mariposa.

 El Sol dorado cae creando sombras entre la silueta de las montañas, despacio, dejando paso al frío otoñal de las noches, apartando su caricia de la  piel. Por favor, no te desvanezcas luz. En esta tarde, eres mi único consuelo. Sendero, no termines, en este instante eres el inefable del cual estoy segura de estar recorriendo, sin incertidumbres. No quiero que toque el fin. Sólo quiero por una vez... Escucharme las reflexiones de mí a mí misma. Quiero que en esta calma, oiga todo lo que se olvida y las memorias que nunca mueren, las que duelen. Volver a oír esa obstinada voz en mi cabeza que me susurra tiempos pasados y felices, que se añoran y se odian simultáneamente. Vivir hechos que no tornarán, personas que se desvanecieron al mismo ritmo que el tic-tac del reloj, recobrar primeras veces. Rememorar despedidas, de esas que te dejan el corazón frío y la garganta seca, que temes mirar al frente, ese último adiós que te obliga a mirarte una vez más la punta blanca de tus zapatos.

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La rosa de la batalla.

La rosa se marchita en el jarrón del escritorio, mohína de su pronta muerte y testigo reverente del amor consumado. Frente a ella, un mar de sábanas vacías heridas por rayos cautelosos. Ha ardido un fuego por el roce de unas pieles sedientas que no se volverán a ver igual, días de ayer que ni regresarán, que pasan de rojo a gris para no tornar hasta que el tiempo pase y el mito traiga otra solitaria alma que conquistar.  Tras las noches de triunfo, llegan los fantasmas de los recuerdos. Ideales perdidos en el orgullo y el deseo, abandonados en algún rincón de la barra del bar más próxima, ahogando traiciones entre emociones. En un cuerpo ebrio, descansa la consciencia y se despiertan los vicios para enfrentarse a la batalla, en una desbocada furia a sí mismo, calzando la valentía, escudando el ego y blandiendo la razón, que terminará mellada en la guerra mental.  Y cuando llegue el alba, y el ser ande maltrecho, cansado y se tope con el reflejo en idénticas estocadas en un e...

Despertar cada día así y a tu lado.

No me juzguéis; es un texto que escribí hace mucho tiempo, 365 días ya. Se lo dediqué a alguien y bueno, que no muera en mis recuerdos si puedo revivirlo en el papel.   "Buenos días, princesa. He pasado la noche en vela pensando en ti.  La vida en la casa no dormía, y menos, yo. El calor me sofocaba. Abrí la ventana y contemplé la oscura noche. El tenue resplandor de la estrellas hacían frente ante la potente luz que emanaba la ciudad. Dejé que los ruidos, que provenían de las entrañas de la noche, alimentasen ese pequeño temor a desconocer lo que es sencillo y, sin embargo, no puedo ver. De pensar y pensar, me quedó la mente en blanco y miraba al infinito como quien ve siempre el mismo cuadro en la pared.  Un ligero fulgor desvió mi mirada hacía él. Una estrella fugaz. Bajé la vista y pedí un deseo: Estar juntas. Nunca creí que un meteoro que alcanza la atmósfera a una velocidad inimaginable, creando tras de sí una cola de fuego, pudiese cumplir un deseo....

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Deséame con capricho, cuando sepas que no podrás volver a aprisionarme entre tus brazos.  Llámame cuando sepas que estoy lo bastante lejos para no oírte.   Búscame en las noches de insomnio en el diario de tu vida.    Píntame como un ideal que huyó al filo de tus dedos.     Imagíname despierto como un delirio.      Guárdame en el cenicero de tu hogar, cenizas de mis recuerdos.       Suspírame a la Luna, buscando en el aire una respuesta.        Suéñame con sudor y amargura, musitando en el letargo mi nombre.  Ámame como se aman a las pesadillas, con miedo y fascinación.  Ámame con odio, de querer arrancarme de tu pecho pero no poder evitar pensar en mí antes de cerrar los ojos.  Ámame como nunca nadie me ha amado.