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En un eterno atardecer.

Hoy no soy aquella que saluda al pasar junto a los desconocidos con una sonrisa, que le habla al viento en sus giros, conversa con la mariposas perdidas, la que se mueve con el son de la música tontorrona. Entre paso y paso, saltito. Entre pensamiento y pensamiento, sonrisa. No, hoy no soy ella.

Hoy soy esa que, con las manos en el bolsillo, cabizbaja, busca respuestas en la punta blanca de sus zapatos. Quizás esté preguntándose a sí misma, quizás esté con la mente en blanco, mirando el asfalto. Quizás sólo piensa en el ritmo retumbante del blues que le acompaña, quizás recita versos que le traen memorias. Quizás busca entre los recuerdos pegados en su mente una explicación, un por qué. Quizás sólo busca su camino como aquella mariposa.

 El Sol dorado cae creando sombras entre la silueta de las montañas, despacio, dejando paso al frío otoñal de las noches, apartando su caricia de la  piel. Por favor, no te desvanezcas luz. En esta tarde, eres mi único consuelo. Sendero, no termines, en este instante eres el inefable del cual estoy segura de estar recorriendo, sin incertidumbres. No quiero que toque el fin. Sólo quiero por una vez... Escucharme las reflexiones de mí a mí misma. Quiero que en esta calma, oiga todo lo que se olvida y las memorias que nunca mueren, las que duelen. Volver a oír esa obstinada voz en mi cabeza que me susurra tiempos pasados y felices, que se añoran y se odian simultáneamente. Vivir hechos que no tornarán, personas que se desvanecieron al mismo ritmo que el tic-tac del reloj, recobrar primeras veces. Rememorar despedidas, de esas que te dejan el corazón frío y la garganta seca, que temes mirar al frente, ese último adiós que te obliga a mirarte una vez más la punta blanca de tus zapatos.

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