Ángel enarcó las cejas ante el anuncio de trabajo tan llamativo. Dejó caer el periódico sobre la mesa y lo leyó por encima de la taza de café. “Se busca un único empleado. Trabajo discreto y confidencial”.
La empresa que debió invertir bastante en realizarlo: El espacio que ocupaba era un cuarto de la hoja y sin embargo la letra era pequeña, chillona y centrada. Tan sólo había una dirección a un polígono, pero ningún nombre.
Ángel sonrió de manera irónica en su interior; “Discreción” era el antónimo perfecto.
Se quedó inmóvil, sintiendo desaparecer su boba sonrisa. Su pronunciada soltería le brindaba de tiempo libre y sobre todo de soledad. Una soledad palpable en su cama, tanto a la noche como a la mañana, en la sencillez de sus desayunos y en lo vacío que estaba hasta su lavabo. Hacía más de tres meses que no llevaba a una chica a compartir las sábanas con él.
Estas reflexiones le llevaron a replantearse la oferta, sorprendiéndose a sí mismo. Tendría más ingresos que el paro, más contacto humano y una nueva experiencia, fuera cual fuera. Aunque le ahuyentaba la idea de ignorar de qué se trataba.
Recogió la cocina y fregó su escasa vajilla. Después tendió la ropa y puso otra lavadora, pobre en prendas. Se deshizo sobre el sofá del pequeño salón de su piso y encendió la televisión. Estuvo pasando canales durante un largo rato, interrumpiendo anuncios y noticiarios, distraído, hasta que se detuvo en un telediario. Una mujer de cabello castaño miraba fijamente a cámara, con un grapado de hojas, recitando con voz chillona un informe sobre el índice del paro.
Ángel subió el volumen e hipnotizado con la pantalla, cogió el móvil y llamó a su amigo.
El tono estaba dando señal y para cuando descolgó, en el televisor se veían imágenes de colas de gente, esperando para sellar.
-¿Ángel? ¿Qué pasa, tío?
-Oye Fran, necesito tu ayuda para una cosa.
-¿Para qué? -Hizo una breve pausa y exhaló una mueca de molestia. -¿Qué suena de fondo?
Ángel apagó la televisión.
-Es serio; te lo contaré para cuando nos veamos. ¿Cuándo podemos vernos?
-Termino a las cinco.
-¿Podré ir a verte al bar?
-Claro, supongo que a María no le importará que llegue un poco tarde. Pero oye… ¿Va todo bien?
- Sí, sí, no ha pasado nada.Nos vemos luego, tío.
-Val-
Ángel colgó a su amigo antes de que pudiera terminar la despedida.
En seguida se puso en marcha: Se vistió con una simple camisa y los vaqueros del día anterior y bajó a la calle. En toda la mañana, fue a la peluquería, al supermercado y se reabasteció de tinta para redactar su currículum. Tenía la certeza de que aquel informativo le habló directamente a él, pidiéndole que probara suerte. No tenía nada que perder y eso le fue animando paulatinamente.
Después de recalentarse la comida que había comprado, se afeitó, se duchó y se puso un traje azul marino que llevaba más de medio año abandonado en el armario, a conjunto con una camisa blanca y corbata negra. A las cuatro y cuarto ya estaba listo. Estuvo parloteando consigo mismo, inquieto, presentándose, controlando sus gestos y su voz. A las cinco menos veinte, se cambió la camisa empapada de sudor y salió, dirección al bar.
Pidió un café mientras esperaba a que Fran saliera de los vestuarios. Ángel se encontraba releyendo el periódico cuando su amigo le saludó.
-Ah, hola. Fran. ¿Vamos yendo? -Correspondió Ángel, pagando su consumición, recogiendo su funda con los papeles y la dirección en el anuncio.
-¿Pero me vas a decir qué pasa? -Se quejó, saliendo del establecimiento y despidiéndose con la mano de sus compañeros.
-Por el camino.
Fran accionó el mando a distancia de su Toyota Auris y le invitó a entrar.
-¿Vamos? -Preguntó Ángel abrochándose el cinturón, al ver a su amigo de brazos cruzados y poca voluntad.
-No pienso arrancar hasta que me cuentes qué está pasando.
-Joder, no me hagas esto ahora. Llévame a esta dirección y te lo digo todo por el camino.
-Dime una cosa…¿Se trata de ajustar cuentas con alguien?
-Sí, con la compañía de luz, que no quiere regalarme el suministro, no te jode.
-¿Entonces por qué tienes que ir a un polígono?
-Para intentar conseguir un trabajo.
Fran suspiró, encajando las llaves y arrancando el coche.
-¿De qué? - Volvió a insistir.
-Pues no lo sé, no lo pone.
Frunció el ceño, mientras miraba por el retrovisor el tráfico tras él.
-¿Pero has hablado con ellos?
-Tampoco tienen el teléfono.
-Anda que no te buscas cosas raras ni nada. ¿No te valía cualquier otro curro menos sospechoso?
-Pues no, soy así de curioso. -Resopló Ángel, dirigiendo su mirada por la ventana. Se sumieron en un silencio. Al cabo de un minuto, Fran volvió a la carga.
-¿Pero estás seguro de que puedes presentarte así, sin más?
-Hombre, supongo. Sino, darían un número de contacto para concertar una cita.
-Tengo la sensación de que te estás apresurando demasiado. Es raro en ti.
-Tío, vivo encerrado en mi casa, no tengo pareja, ni siquiera gato. Tengo que buscarme un poco la vida y ya es hora de que espabile.
-Bueno, bueno, tampoco hay que ponerse nervioso.
-No haces más que hacerme preguntas.
-Pues claro que te las hago -Golpeó el volante- Eres un amigo, y me estás pidiendo el favor de que te lleve a un lugar del que no estás ni seguro de que sea algo legal.
Fran cambió de marcha, tomando la salida al Polígono de San Roque, tamborileando los dedos.
-¿Qué número es?
Ángel rebuscó en el periódico.
-Número 17
-A propósito, ¿Y qué pone en el papel? ¿Qué ofrece?
-Un trabajo a una única persona, de gran discreción.
Habían aminorado la marcha, mirando a los lados. No había naves industriales enumeradas, sólo con sus respectivos nombres pero ninguna con el número 17. Más profundizaban en el terreno y menos esperanzas de encontrarlo albergaban. No fue hasta llegar al final de la calle y detrás un aparcamiento vacío, que vieron un chapado de color verde profundo imperaba y destacaba más que el resto, gritando desde la pared “17 ZEN”, en una fachada que superaba los quince metros de altura.
-Menos mal que era discreto, tío…
No había entrada posible sin pasar por un garito.
-¿Y qué vigilan? Si no hay ni bicis aparcadas.
Ángel se encogió de hombros. Buscó en sus bolsillos un poco de calderilla, por si las moscas. El vigilante estaba ante una pequeña revista, con la mirada cansada, resolviendo sudokus, hasta que se vio sorprendido por dos jóvenes que le observaban desde la ventanilla.
-¿Qué necesitan, muchachos? - Preguntó con voz pastosa.
Fran miró a Ángel, esperando a que éste dijera qué les había conducido allí. Su amigo le enseñó la hoja del periódico, sin abrir la boca. El guardia frunció los labios y levantó la barrera. Fran arrancó nuevamente, despacio. Estaba pendiente de los murmullos del vigilante que comunicaba a través de un micrófono. Resopló, nervioso.
-Fran, estás tú más mosqueado que yo y seré yo quién se enfrente a ellos.
-Bueno, no te preocupes, tú has leído el anuncio y estás convencidísimo. - Echó el freno de mano.- Te esperaré aquí, ¿vale?
-¿Y si tardo mucho?
-Entonces le pediré al del garito que me deje una hoja de las suyas para entretenerme. Venga, vete, que te esperan en la puerta.
Ciertamente, un hombre le esperaba en una pequeña puerta del mismo tono que el resto de la nave, extrañamente camuflada.
-Nos vemos. -Se despidió, saliendo del coche. -Y gracias por todo esto.
-No es nada. Suerte. -Sonrió, sin poder reprimir una mirada de preocupación.
Observó a su amigo entrando delante del empleado con atención hasta que se cerró a su espalda y se echó las manos a la cabeza, suspirando.
La empresa que debió invertir bastante en realizarlo: El espacio que ocupaba era un cuarto de la hoja y sin embargo la letra era pequeña, chillona y centrada. Tan sólo había una dirección a un polígono, pero ningún nombre.
Ángel sonrió de manera irónica en su interior; “Discreción” era el antónimo perfecto.
Se quedó inmóvil, sintiendo desaparecer su boba sonrisa. Su pronunciada soltería le brindaba de tiempo libre y sobre todo de soledad. Una soledad palpable en su cama, tanto a la noche como a la mañana, en la sencillez de sus desayunos y en lo vacío que estaba hasta su lavabo. Hacía más de tres meses que no llevaba a una chica a compartir las sábanas con él.
Estas reflexiones le llevaron a replantearse la oferta, sorprendiéndose a sí mismo. Tendría más ingresos que el paro, más contacto humano y una nueva experiencia, fuera cual fuera. Aunque le ahuyentaba la idea de ignorar de qué se trataba.
Recogió la cocina y fregó su escasa vajilla. Después tendió la ropa y puso otra lavadora, pobre en prendas. Se deshizo sobre el sofá del pequeño salón de su piso y encendió la televisión. Estuvo pasando canales durante un largo rato, interrumpiendo anuncios y noticiarios, distraído, hasta que se detuvo en un telediario. Una mujer de cabello castaño miraba fijamente a cámara, con un grapado de hojas, recitando con voz chillona un informe sobre el índice del paro.
Ángel subió el volumen e hipnotizado con la pantalla, cogió el móvil y llamó a su amigo.
El tono estaba dando señal y para cuando descolgó, en el televisor se veían imágenes de colas de gente, esperando para sellar.
-¿Ángel? ¿Qué pasa, tío?
-Oye Fran, necesito tu ayuda para una cosa.
-¿Para qué? -Hizo una breve pausa y exhaló una mueca de molestia. -¿Qué suena de fondo?
Ángel apagó la televisión.
-Es serio; te lo contaré para cuando nos veamos. ¿Cuándo podemos vernos?
-Termino a las cinco.
-¿Podré ir a verte al bar?
-Claro, supongo que a María no le importará que llegue un poco tarde. Pero oye… ¿Va todo bien?
- Sí, sí, no ha pasado nada.Nos vemos luego, tío.
-Val-
Ángel colgó a su amigo antes de que pudiera terminar la despedida.
En seguida se puso en marcha: Se vistió con una simple camisa y los vaqueros del día anterior y bajó a la calle. En toda la mañana, fue a la peluquería, al supermercado y se reabasteció de tinta para redactar su currículum. Tenía la certeza de que aquel informativo le habló directamente a él, pidiéndole que probara suerte. No tenía nada que perder y eso le fue animando paulatinamente.
Después de recalentarse la comida que había comprado, se afeitó, se duchó y se puso un traje azul marino que llevaba más de medio año abandonado en el armario, a conjunto con una camisa blanca y corbata negra. A las cuatro y cuarto ya estaba listo. Estuvo parloteando consigo mismo, inquieto, presentándose, controlando sus gestos y su voz. A las cinco menos veinte, se cambió la camisa empapada de sudor y salió, dirección al bar.
Pidió un café mientras esperaba a que Fran saliera de los vestuarios. Ángel se encontraba releyendo el periódico cuando su amigo le saludó.
-Ah, hola. Fran. ¿Vamos yendo? -Correspondió Ángel, pagando su consumición, recogiendo su funda con los papeles y la dirección en el anuncio.
-¿Pero me vas a decir qué pasa? -Se quejó, saliendo del establecimiento y despidiéndose con la mano de sus compañeros.
-Por el camino.
Fran accionó el mando a distancia de su Toyota Auris y le invitó a entrar.
-¿Vamos? -Preguntó Ángel abrochándose el cinturón, al ver a su amigo de brazos cruzados y poca voluntad.
-No pienso arrancar hasta que me cuentes qué está pasando.
-Joder, no me hagas esto ahora. Llévame a esta dirección y te lo digo todo por el camino.
-Dime una cosa…¿Se trata de ajustar cuentas con alguien?
-Sí, con la compañía de luz, que no quiere regalarme el suministro, no te jode.
-¿Entonces por qué tienes que ir a un polígono?
-Para intentar conseguir un trabajo.
Fran suspiró, encajando las llaves y arrancando el coche.
-¿De qué? - Volvió a insistir.
-Pues no lo sé, no lo pone.
Frunció el ceño, mientras miraba por el retrovisor el tráfico tras él.
-¿Pero has hablado con ellos?
-Tampoco tienen el teléfono.
-Anda que no te buscas cosas raras ni nada. ¿No te valía cualquier otro curro menos sospechoso?
-Pues no, soy así de curioso. -Resopló Ángel, dirigiendo su mirada por la ventana. Se sumieron en un silencio. Al cabo de un minuto, Fran volvió a la carga.
-¿Pero estás seguro de que puedes presentarte así, sin más?
-Hombre, supongo. Sino, darían un número de contacto para concertar una cita.
-Tengo la sensación de que te estás apresurando demasiado. Es raro en ti.
-Tío, vivo encerrado en mi casa, no tengo pareja, ni siquiera gato. Tengo que buscarme un poco la vida y ya es hora de que espabile.
-Bueno, bueno, tampoco hay que ponerse nervioso.
-No haces más que hacerme preguntas.
-Pues claro que te las hago -Golpeó el volante- Eres un amigo, y me estás pidiendo el favor de que te lleve a un lugar del que no estás ni seguro de que sea algo legal.
Fran cambió de marcha, tomando la salida al Polígono de San Roque, tamborileando los dedos.
-¿Qué número es?
Ángel rebuscó en el periódico.
-Número 17
-A propósito, ¿Y qué pone en el papel? ¿Qué ofrece?
-Un trabajo a una única persona, de gran discreción.
Habían aminorado la marcha, mirando a los lados. No había naves industriales enumeradas, sólo con sus respectivos nombres pero ninguna con el número 17. Más profundizaban en el terreno y menos esperanzas de encontrarlo albergaban. No fue hasta llegar al final de la calle y detrás un aparcamiento vacío, que vieron un chapado de color verde profundo imperaba y destacaba más que el resto, gritando desde la pared “17 ZEN”, en una fachada que superaba los quince metros de altura.
-Menos mal que era discreto, tío…
No había entrada posible sin pasar por un garito.
-¿Y qué vigilan? Si no hay ni bicis aparcadas.
Ángel se encogió de hombros. Buscó en sus bolsillos un poco de calderilla, por si las moscas. El vigilante estaba ante una pequeña revista, con la mirada cansada, resolviendo sudokus, hasta que se vio sorprendido por dos jóvenes que le observaban desde la ventanilla.
-¿Qué necesitan, muchachos? - Preguntó con voz pastosa.
Fran miró a Ángel, esperando a que éste dijera qué les había conducido allí. Su amigo le enseñó la hoja del periódico, sin abrir la boca. El guardia frunció los labios y levantó la barrera. Fran arrancó nuevamente, despacio. Estaba pendiente de los murmullos del vigilante que comunicaba a través de un micrófono. Resopló, nervioso.
-Fran, estás tú más mosqueado que yo y seré yo quién se enfrente a ellos.
-Bueno, no te preocupes, tú has leído el anuncio y estás convencidísimo. - Echó el freno de mano.- Te esperaré aquí, ¿vale?
-¿Y si tardo mucho?
-Entonces le pediré al del garito que me deje una hoja de las suyas para entretenerme. Venga, vete, que te esperan en la puerta.
Ciertamente, un hombre le esperaba en una pequeña puerta del mismo tono que el resto de la nave, extrañamente camuflada.
-Nos vemos. -Se despidió, saliendo del coche. -Y gracias por todo esto.
-No es nada. Suerte. -Sonrió, sin poder reprimir una mirada de preocupación.
Observó a su amigo entrando delante del empleado con atención hasta que se cerró a su espalda y se echó las manos a la cabeza, suspirando.
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