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Campo de batalla

Cuando le vio, tan sólo fue capaz de agachar la cabeza y ruborizarse, sin apartar la vista de aquel hombre al que llevaba tantos meses esperando su regreso de la guerra. Lo encontraba cambiado: Más robusto, más moreno, los ojos más profundos y el cabello más crecido. Él dio un paso al frente, haciendo crujir el suelo de madera con su bota. Colocó una mano de la cintura de la muchacha y se inclinó para besarla. Sus labios se rozaron plena y suavemente, tratando de sentirse mutuamente cerca, aumentando la presión. Ella encontró un sabor agridulce, mezclado con el olor de la testosterona y el sudor, y un escalofrío la sacudió. Sin embargo, él se topó con la fragancia a azucenas y lavanda que desprendía su vestido y sonrió. Añoraba un aroma agradable, que no golpeara su nariz como lo había hecho meses antes el hedor del campo de batalla: el pelo y ropa quemada, pólvora por doquier... Ambos notaron la mirada inquisidora de Tía Lola, quién le había abierto la puerta escasos minutos antes y ahora se había vuelto a sentar en el banco del rellano, mascando hojas de hierbabuena y acompañándose de un trago de licor. Tanto ella como su marido, desaprobaban la relación y no era raro verles espiando las intimidades de la pareja paseando por el jardín.

 Ella apartó la mirada de Tía Lola y cogió la mano de su enamorado guiándole por las escaleras, el camino hasta su cuarto. Ellos no hablaron; tan solo se escuchaba el eco de pisadas, ensordecidas por las alfombras del pasillo. Padre y madre no se encontraban presentes: Padre había marchado de viaje a la ciudad y madre no se encontraba bien debido a las jaquecas que la atosigaban en los días estivales, por lo que, tras acabar la cena, subió a su habitación a frotarse la espalda con agua de rosas y reposar. Al llegar a la pieza, cerraron la puerta tras de sí y, sin dar tiempo al pestillo para encajar en el mecanismo, se abalanzaron, amándose sin respiro, tomando aire a bocanadas entre beso y beso. Él tenía el cuerpo inquieto y unas ansias voraces, acariciándole como si fuera el último día sobre la faz de la Tierra, atrapando su cadera como si de un momento a otro a ella le fueran a crecer alas y saliera volando de regreso al cielo. Ella se dejó amar, apoyando la cabeza en la madera, con los ojos cerrados y la barbilla apuntando al techo. Suspirando, con los labios entreabiertos, y sintiendo las poderosas manos de su amante bajo las faldas del vestido. Aún sin verle, podía sentir la posición de su cuerpo superpuesto al suyo, podía imaginarse las dobleces de su camisa, su cabello oscuro pegado a la frente por el sudor. Retuvo cada sonido, de sus ropas rozando, de los jadeos, del suelo crujiendo, y cada aroma que entraba por la ventana abierta, el jazmín del jardín que desprendía su perfume tras la puesta de Sol, y cada tacto en su piel, los besos húmedos por el cuello, la corriente de aire que entraba chocando contra su frente. Sintió como él le alzaba, cogiéndole por la parte posterior de las piernas, y a tientas en la oscuridad la llevó a la cama. Accionó el interruptor de la lamparita mientras él trataba de desbotonarse la camisa torpemente. No podía contenerse, necesitaba desfogarse y sus nervios le dificultaban las maniobras. Decidió abandonar la botonadura e ir a por la hebilla de su cinturón, sin éxito nuevamente. Exasperado y de rodillas sobre el colchón, se dejó caer sobre sus gemelos, mientras se tapaba la cara con las palmas de ambas manos hasta llegar a estirarse el pelo. Intentaba musitar una disculpa pero no le dio tiempo. Ella se había incorporado y sostenía su rostro, captando su mirada, con una sonrisa y un gesto maternal, que sin palabras retiraba toda necesidad de pedir perdón. Le invitó a ponerse de pie, dándole la mano y él obedeció. Permaneció hipnotizado mientras ella le retiraba la ropa. Tragó saliva, aún notando su corazón desbocado, estallando en el pecho. Una vez desnudo, era incapaz de mirarse a sí mismo delatándose la excitación que le invadía. Ella se bajó la cremallera del vestido y le incitó a retirárselo completamente. Resultó una buena excusa para que pudiera recorrerle las curvas de su figura, un camino serpenteante y sensual. Había mantenido su tono de piel pálido, resguardada en su hogar, con la única distracción de los libros y el hilo y la aguja. En cambio, en él pudo confirmar las variaciones de tonalidad que le había dotado el Sol y la intemperie de la guerra en el desierto. Era un hombre distinto al que sentía como el mismo joven del que una vez se enamoró. Se tumbaron en la cama sin prisa, admirándose, como una obra de arte, como Dios los trajo al mundo y como el Diablo los estaba tentando. Se unieron en un abrazo, colmándose con caricias, besos, cosquillas y mordiscos. Él comenzó a bajar por su pecho, regozijándose entre los tersos y suaves senos, rodeando su contorno con las yemas de los dedos. Sus labios descendieron por el ombligo, llegando a la cadera. Ella se estremecía experimentar tales caricias, acompañadas de la áspera y corta barba raspando su piel desnuda. Había llegado el momento que tanto deseaban, el uno junto al otro, totalmente dispuestos tras meses de estar apartados, de convertirse en un único ser, en un baile acompasado pero ritmo variante, en el que no se dejaban ir, sino que se seguían, como un movimiento en respuesta de otro. Con los gemidos nacidos desde la propia cadera, se aferraba, arañando, su espalda, volteando la cabeza, viendo tras sus párpados cerrados, miles de luces tras cada sacudida.

 Apenas mediaron palabras entre cada ritual que realizaron aquella noche. Se saciaron hasta que el Sol comenzó a despuntar, cuando sus cuerpos comenzaron a pedir un descanso prolongado. Empapados de sudor, en mar de sábanas que había sido movidas por una fuerza mayor que la de Poseidón, se detuvieron, ella apoyando la cabeza en el pecho del muchacho, extasiado. El aire fresco de la mañana aliviaba el calor que reinaba en el dormitorio y devolvía oxígeno a sus pulmones. Tras unos minutos de silencios, sonrisas vergonzosas y confidentes, él abrió la boca.

- Marcho otra vez en tres días.

 Ella alzó la mirada sin comprender bien su enunciado.

- ¿No te corresponde más tiempo de descanso?

- Sí, pero he renunciado a él. Necesitan gente en el frente.

 Volvió a apoyar la mejilla en el tibio tórax, pensativa. Si lo necesitaran, no le hubieran dado tregua a él y a sus compañeros, reflexionaba. Le asaltó un pensamiento que le hacía sentir como un muñeco sobre el cual descargar su rabia y poder desfogarse. Una descarga de ira distinta a la que debía sentir al atravesar a un enemigo con un cargador entero. Se sentía utilizada, un objeto sólo provechoso en el lecho, a lo que recurrir, porque sabía que ella lo aceptaría de todas maneras. Esas ideas le helaron el corazón, se llenó los ojos de lágrimas que no acababan de desbordar y se encogió sobre sí misma. Él sintió su silencio, que acusaba dolorosamente e intento remediarlo alzando su rostro y besándole tan suavemente como la besó la primera vez. Ella, volvió a ceder a sus carantoñas, pero sin pasión, sin cosquilleo, sin sentir en su piel nada más que, en cada estallido de sus labios, el azote de las arenas que él volvería a recorrer pasados unos días.

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