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Delirios de grandeza.

Lo que ella no ve es mi respiración detenida por un instante, mis pupilas dilatadas, el vuelco en el pecho. Y tan sólo me ha sonreído. Imagínese qué perdida anda la cordura en mi mente y que desenfrenada vida llevo, que muero y camino volando tan alto que el Sol me hace arder las alas y caigo otra vez a la tierra. Ya no es justo ni pensar en ella y saber que no me corresponde. El poder de mi destrucción en unas manos inocentes. O no lo son...

 Soy así, el amante que espera que despierte el cariño en tu frío pecho, y que mientras sueña, piensa y escribe ilusiones tan débiles como el papel. Engañado el corazón, no atiende a razón la mente. Traicionados mis pensamientos, mi vida no coge otro rumbo que el caer una y otra vez en tu red. ¿Cuándo se crea y cuándo se rompe esa burbuja de felicidad espontánea? ¿Es este el infierno del que hablan los libros? ¿Es esta mi invisibilidad las llamas que queman mi piel? ¿Son tus indiferentes palabras los demonios que  torturan? Ah...No le merezco y esa es la mayor pena que colgaré sobre mis hombros.

  Y es que me avergüenzo de quien soy cuando estoy contigo. Mísero ser, plebeyo que tiene voz y corazón, pero ¿qué es una simple hormiga para una reina? Mírame, soy pésimo. No tengo nada que ofrecer, sólo tinta, simple tinta con las palabras más hermosas que puedas leer, pero para ti es algo banal. Ay, señorita, no preguntes por mis riquezas. Lo más preciado que tengo es el recuerdo de los momentos que me regalaste. Haces el mundo más grande, las sonrisas más amplias, la vida más sencilla, pero cuando te vas... Las noches son más frías, los días más largos.

 ¿Y sabes? Me derroto a cada caída del Sol, sobre mi colchón desnudo, tiritando de frío. Entendedlo, quiero sentir lo que siente ella en el pecho, esa indiferencia alrededor. Vivo en mi propia contradicción. En esos momentos en los que sonriendo me cuenta sus amores y prende en mí una llama que grita que esos susurros tenían que provenir de mis labios, que esa sonrisa tonta tenía que tener mi nombre, que debía ser su poeta. Pero mis delirios me ciegan y entonces me recuerdo que me prometí que por encima de todo, incluso de mis vanas ilusiones, eligiese lo que eligiese, ella debía ser feliz. Ese es mi deseo.
 Porque realmente la amo.

"Y espero que no lamentes que éste desalmado escritor siga perdiendo la cabeza cuando te gires y me sonrías."

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