Le prometí el cielo y las estrellas y llegó el día, cegándome con su cruel luz, hiriendo los ojos de la resaca del enamorado. Esperé la noche, una vez más y no llegó.
Borrón y cuenta nueva.
Me desesperé, buscando su mirada. Y tampoco la encontré.
Hallándome un día sollozando sobre mi escritorio, un cuervo se posó en el alféizar.
- ¿Qué buscas, carroñero? ¿Huele ya la muerte en mi alma?
- ¿Qué ocurre, escritor?
- No seré motivo de mofa. Largo.
- ¿Qué ocurre, escritor? -Graznó una segunda vez.
- Vete; no lo entenderías.
- ¿Qué derramas, escritor?
- Tinta y lágrimas.
- ¿Qué incendias, escritor?
- Papeles y recuerdos.
- ¿Qué sientes, escritor?
- Poesía y desamor.
- ¿Quién es el causante de tu dolor?
- La incorpórea. La intangible.
- ¿Es consciente de tu pena?
- Lo dudo. Ella continúa alegre e impávida su camino.
- ¿Y por qué?
- Porque no brota sangre de la herida.
- ¿Qué amabas de ella?
La duda se hizo en el escritor.
- ¿Qué era? -Repitió para sí mismo.
- ¿Qué te mató?
- Su silencio.
- La ironía.
- ¿Qué? -Replicó perplejo, el escritor.
- Hay algo que puedes hacer.
- Dime, ¿Qué debo hacer?
- Seguir escribiendo. Romper ese silencio.
- Escribir... ¿Sobre ella?
- Tu vida. Seguir escribiéndola. Borrón y cuenta nueva.
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