-Cinco pliés, a intervalos de relevé, pas de chat y port de bras. Por ese orden. chicas, vamos, vamos. Marian, estira la espalda. Los brazos siguen el movimiento, Sophie. Que no es vuestra primera clase, espabilad. Vuelve a la Tierra, Valentine, te toca. -Chasquea los dedos, me mira y sigue dando palmas.
Pero yo no puedo concentrarme. Estoy perdida en las curvas de su cuerpo. Su tez de marfil juega con los colores del rubor de sus mejillas, el brillo del sudor y las sombras del salón. Su serenidad es admirable, su esfuerzo inigualable, nada que equiparen las otras chicas.
Recibo un empujón suave en la espalda que me obliga a dar un paso. Es mi turno de ejercitar, pero el cuerpo no me responde. No recuerdo que movimientos tengo que hacer. La chica que está frente a mí estaba haciendo pliés y la imito, pero el pulso me tiembla.
-Ánimo- me dice una voz detrás. Alicie. Y me rompo en pedazos. Se me doblega el cuerpo al agacharme y caigo.
La instructora me coge por los hombros, me levanta y con una voz llena de pesadumbre me dice:
- Sal a tomar el aire y vuelve a la clase en cinco minutos; despéjate la cabeza, por favor.
Abandono el lugar, sin volver la vista atrás porque sé que ella me está mirando y yo estoy avergonzada de mi comportamiento. Cierro la puerta del vestuario y me siento en la banqueta frente mi taquilla. Tengo ganas de patearlo todo.
- Las pocas veces que me ha animado, con la mimiedad de palabras que nos hemos dirigido, con lo invisible que soy para ella y justo ahora, cuando trataba de recomponerme, con un simple término me he descolocado. He hecho el verdadero ridículo. No hago más que pifiarla y... Nunca se fijaría en mí. Siempre alienta al resto de las compañeras, sólo soy una más, pero ella para mí...-Miro el espejo y acaricio el maillot, oscuro y suave. Subo la mano por el cuello y me encuentro con el dedo en la barbilla. En esa piel sin color a definir, morena a tramos y clara a intervalos, con unos ojos marrones muy oscuros, casi negros, a juego con mi cabello recogido en un moño, como todas. Y pienso en ella- El deseo nos domina, eh... La laguna esmeralda de sus ojos ha decidido ahogarme, mi mente se ha dejado aprisionar, perdiendo la cordura en la fluidez de sus curvas. -Cierro los ojos y me muerdo el labio.- La dulzura de sus gestos, la increíble energía que tiene, su olor... -Aspiro su invisible fragancia y me deleito- Ojalá pudiera decirle, ojalá...
Y la puerta se abre con chirrido y me giro sorprendida. Espero que murmurase lo suficientemente bajo como para que no me oyese Zoe, quien me dice que llevo ya siete minutos fuera de clase y que es hora de que regrese. Me espera en la puerta y le sonrío un poco mohína, pero me responde con un guiño. El corazón me da un brinco. ¡Me ha escuchado! ¿Sabe quién hablo? ¿Qué piensa? Paso de largo y nuestras pisadas vuelven a la tarima azul. Mis compañeras me miran pero yo ando cabizbaja, directa al espejo donde se encuentra la barra metálica donde ejercitamos los pliés, los estiramientos...
La profesora se queda frente a nosotras y nos da nuevos pasos que repasar y si sobrase tiempo, una nueva postura. Las chicas cuchichean eufóricas y yo sin más dilación, empiezo con las nuevas órdenes. No oigo nada en mi cabeza, un sonido gris. El tiempo huye y antes de poder cumplir más clase, el timbre suena y automáticamente todas vamos al vestuario. He hecho más de lo que pensaba que podría hacer, estoy llena de sudor y tengo las mejillas rojas. Noto el frío contacto de las baldosas al pisarlas. Me dejo caer en la banqueta con un largo suspiro. Marian me felicita por mis últimos esfuerzos pero no soy capaz de contestarle más que una mirada y una sonrisa débil. Sé que no empecé con buen pie y tenía que recuperarlo de alguna manera. Además, durante el tiempo en el que saltaba de un lado al otro, en que me recogía y giraba mi cabeza no pensaba en... Ella...
-Has estado increíble- Logro oír que aprueba Alicie, por encima de las conversaciones banales de la estancia.
Me quedo un instante pensando. ¿Cómo debo reaccionar? Si me sonrojo, puede que sospeche y que Zoe, si es que había oído algo, se reafirme. Sin embargo, si soy cretina no me querría ni aunque fuese lo único que le salvase en la vida. Opto por mostrarme neutra y le dedico un agradecimiento sencillo y una sonrisa, pero antes de que le llegue el mensaje, ya se ha distraído entra palabras intrascendentes de las compañeras.
Algo estalla en mí; me coloco deprisa la ropa encima del maillot y cierro con brusquedad la puerta metálica, pero a nadie parece importarle, y me parece bien. Lo último que deseo ahora mismo es tener quien me pregunte que qué me pasa, cuando no lo sé ni yo. No entiendo por qué ella, porque en ese instante, por qué me rebelo, por qué... Estoy fuera del conservatorio, sola, y llueve, pero sólo en mi mente que no me permite avanzar, que me retiene en la puerta. Quiero esperarla pero a la vez debería huir de su presencia. Y me pregunto... Morir luchando por una causa o un destino indefinido o callar en la seguridad de una cárcel como la mente que siempre atormenta. ¿Cuál debería escoger? Noto el palpitar en las sienes, rotundo y rápido.
-Esto no es una guerra táctica, ni siquiera debes responder rápidamente a lo que ocurre. Entiendo que es una realidad que te rodea, pero en lo moral y simbólico de tu mente hay tiempo y espacio. No te ahogues ahora. -Dice a mi espalda Zoe y me coloca una mano en el hombro.
-¿Crees que sería mejor enfrentarme a ella ahora? -Noto asfixiante la presencia del maillot en mi piel.
-Insisto, esto no es una guerra. Tómate tu tiempo para colocar cimiento en tus pensamientos y que no sean vanos deseos que a todos nos acontecen. Pero si te sirve de consuelo, he de decirte que siempre viene media hora antes que la profesora y, por lo tanto, que todas nosotras. Piensa que hace danza unas aulas más allá horas antes.
Me giro y la abrazo sin más dilaciones. Me ha comprendido sin necesitar más que unos vagos delirios frente un espejo y una acobardada estampa en la puerta del recinto.
Nos despedimos brevemente y ella me vuelve a guiñar un ojo.Creo que le sobra la intuición para saber el coraje que tengo que rescatar si mañana decido colocar mis cartas sobre la mesa.
La noche llega por las calles cuando alcanzo el portal de mi casa. El frío ha arrullado tanto mis dedos y mis mejillas que se han enrojecido. Y percibo esta coloración frente al espejo, donde también me percato de mis ojeras, de mi cabello enmarañado sin la redecilla y en la mueca estúpida que acentúa mis rasgos. Comienzo a pensar en el abanico de posibilidades, respuestas y contra partidas del mañana. Pero ante todas las palabras bonitas que se me ocurren, sólo vislumbro un rechazo inevitable.
-¿Y qué otra cosa podías esperar?- Me interrogo con desprecio. Mi reflejo me devuelve un gesto de nula compasión y decido hundirme entre agua caliente y una capa de burbujas.
Suena la melodía del despertador y en mi cabeza estalla la última pompa de sueño al pensar lo que la tarde me guarda como sorpresa, en un fatal o benefactor interrogante. El tiempo pasa despacio, incluso tengo la sensación que retrocede, mientras el profesor nos imparte de clase y las moscas me distraen. Intento plasmar pensamientos en palabras, frases, tonos de voz, captarlo todo en una mirada, acariciarle el alma y besar su corazón. Pero se quedan cortas todas las expresiones y suspiro, nerviosa y exasperada de mi bloqueo mental. La tendré frente a mí y todavía no sabré qué decir. Patética, una vez más.
Y viéndome en esta encrucijada, el tiempo quiso reírse de mí una vez más, y cuando volví a ser consciente de mi lugar, estaba nuevamente en la puerta del conservatorio, yendo a por ella.
Abro el portón de cristal de la entrada y me dirijo como si fuese el mismo día, media hora más tarde, hacia el vestuario. De nuestra aula procede una música suave de violín. Sobre la tarima no hay nadie, así que dispuesta a dejar mi mochila en su lugar, voy a las taquillas. La sorpresa me la llevo yo cuando al entrar la veo sentada estirando, aunque el susto se lo lleva ella. Es mi oportunidad aunque me tiembla el pulso y las piernas no me quieren responder. Le doy la espalda mientras coloco la bolsa y noto que se levanta. Pierdo la propia consciencia de mis actos y en un movimiento rápido y conciso, la apoyo en la pared de baldosas blancas y húmedas. Su cuerpo esbelto se deja moldear bajo el tacto de mis dedos, apenas apoyados en su cintura.
-Permíteme contarte un secreto y prométeme que no se lo dirás a nadie.
Ella asiente con suavidad y firmeza, y me acerca la oreja derecha a mi boca. Noto la diferencia de altura de apenas dos centímetros, lo suficiente para hacerme pensar que hay más motivos para que una mujer como ella no pueda querer a otra como yo, dando ella la faceta de una chica a la que le agrada que alguien le pueda proteger, un hombre estable, alto, comprensible... Una niebla de ideas que se pega a las paredes de mi mente. Pero no me queda nada que perder.
Pierdo la distancia que nos separa lentamente e intento, sin que se percate, alzar la mano hasta su barbilla. No sé si se deja hacer, si ignora mis intenciones o le gusta, pero sigue inmóvil, con los ojos cerrados y su oído atento. La tengo muy cerca, con sus párpados realizando gestos de impaciencia y una sonrisa curiosa en sus labios, sus labios...
Capturo su mejilla en la palma de mi mano y tomando el mando de la situación, le giro dulcemente y la beso. Vuelvo a notar el bombeo de mi corazón por todo mi cuerpo. Nos quedamos unidas unos tres segundos antes de que la timidez me derrote, pero no quiero apartarme de ella sin darle motivos de mis acciones.
Me aferro a su hombro y noto su cuerpo inerte, Atraviesa su pecho y llega al mío sus palpitaciones. Temo que me aleje de un empujón, pero no hace nada. Tiene los brazos caídos a cada lado de su cuerpo. Pasan unos instantes de silencio
- Perdóname por asaltarte así pero con palabras no podría describir ni un cuarto de lo que siento. Se me hace tan extraño como a ti, pero le he dado rienda suelta a estos pensamientos desbocados que velozmente me han empapado el cuerpo, dejándome temblando sobre el colchón cada vez que por mi mente danzas una agradable melodía como una muñeca de carrusel y... En tan terribles silencios no sé dominarme, en un lugar donde por más que cierre los ojos, soy consciente de lo que me rodea. Y toda esa inmensidad se resume en ti, en tu ser, en esa sonrisa bonita que siempre traes. Y siento decírtelo en un lugar como este, donde comienzo a notar demasiado la saturación de la humedad del aire que hay, un lugar que carece de romance por doquier, pero es que no encuentro el momento en el que me busques, si para ti soy una más, una compañera simplemente. Me siento invisible y pequeña a tu lado cuando no te percatas de mi presencia, y estúpida cuando la vanidad me hace enorme por cada término que me diriges. - Poco a poco, Alicie alzaba los brazos para encerrarme entre ellos y juntarme a su pecho- Y tengo miedo por tu rechazo pero a la vez ardo en deseos de encontrar en tus labios un sí, una afirmación silenciosa disfrazada con un beso. Una señal que me demuestre que tú también me puedes querer sin importar nada más. Yo te doy el poder ahora sobre mí, de derrotarme sin luchar o darme victoria sin copa. Pero déjame entrar en tu mente, abrazar tus miedos, entender tus sueños, con la finalidad de hacerte feliz, reparar lo que una vez vi roto, en la simpleza de unas lágrimas. Dame la oportunidad de quererte como te mereces. Queda en tus manos ahora la decisión de querer de vuelta el beso robado o que permanezca en mis memorias como un vago recuerdo.
Y quién me iba a decir a mí que un otoño tan tibio como otro cualquiera, encontraría una verde primavera en el fondo de sus ojos.
Pero yo no puedo concentrarme. Estoy perdida en las curvas de su cuerpo. Su tez de marfil juega con los colores del rubor de sus mejillas, el brillo del sudor y las sombras del salón. Su serenidad es admirable, su esfuerzo inigualable, nada que equiparen las otras chicas.
Recibo un empujón suave en la espalda que me obliga a dar un paso. Es mi turno de ejercitar, pero el cuerpo no me responde. No recuerdo que movimientos tengo que hacer. La chica que está frente a mí estaba haciendo pliés y la imito, pero el pulso me tiembla.
-Ánimo- me dice una voz detrás. Alicie. Y me rompo en pedazos. Se me doblega el cuerpo al agacharme y caigo.
La instructora me coge por los hombros, me levanta y con una voz llena de pesadumbre me dice:
- Sal a tomar el aire y vuelve a la clase en cinco minutos; despéjate la cabeza, por favor.
Abandono el lugar, sin volver la vista atrás porque sé que ella me está mirando y yo estoy avergonzada de mi comportamiento. Cierro la puerta del vestuario y me siento en la banqueta frente mi taquilla. Tengo ganas de patearlo todo.
- Las pocas veces que me ha animado, con la mimiedad de palabras que nos hemos dirigido, con lo invisible que soy para ella y justo ahora, cuando trataba de recomponerme, con un simple término me he descolocado. He hecho el verdadero ridículo. No hago más que pifiarla y... Nunca se fijaría en mí. Siempre alienta al resto de las compañeras, sólo soy una más, pero ella para mí...-Miro el espejo y acaricio el maillot, oscuro y suave. Subo la mano por el cuello y me encuentro con el dedo en la barbilla. En esa piel sin color a definir, morena a tramos y clara a intervalos, con unos ojos marrones muy oscuros, casi negros, a juego con mi cabello recogido en un moño, como todas. Y pienso en ella- El deseo nos domina, eh... La laguna esmeralda de sus ojos ha decidido ahogarme, mi mente se ha dejado aprisionar, perdiendo la cordura en la fluidez de sus curvas. -Cierro los ojos y me muerdo el labio.- La dulzura de sus gestos, la increíble energía que tiene, su olor... -Aspiro su invisible fragancia y me deleito- Ojalá pudiera decirle, ojalá...
Y la puerta se abre con chirrido y me giro sorprendida. Espero que murmurase lo suficientemente bajo como para que no me oyese Zoe, quien me dice que llevo ya siete minutos fuera de clase y que es hora de que regrese. Me espera en la puerta y le sonrío un poco mohína, pero me responde con un guiño. El corazón me da un brinco. ¡Me ha escuchado! ¿Sabe quién hablo? ¿Qué piensa? Paso de largo y nuestras pisadas vuelven a la tarima azul. Mis compañeras me miran pero yo ando cabizbaja, directa al espejo donde se encuentra la barra metálica donde ejercitamos los pliés, los estiramientos...
La profesora se queda frente a nosotras y nos da nuevos pasos que repasar y si sobrase tiempo, una nueva postura. Las chicas cuchichean eufóricas y yo sin más dilación, empiezo con las nuevas órdenes. No oigo nada en mi cabeza, un sonido gris. El tiempo huye y antes de poder cumplir más clase, el timbre suena y automáticamente todas vamos al vestuario. He hecho más de lo que pensaba que podría hacer, estoy llena de sudor y tengo las mejillas rojas. Noto el frío contacto de las baldosas al pisarlas. Me dejo caer en la banqueta con un largo suspiro. Marian me felicita por mis últimos esfuerzos pero no soy capaz de contestarle más que una mirada y una sonrisa débil. Sé que no empecé con buen pie y tenía que recuperarlo de alguna manera. Además, durante el tiempo en el que saltaba de un lado al otro, en que me recogía y giraba mi cabeza no pensaba en... Ella...
-Has estado increíble- Logro oír que aprueba Alicie, por encima de las conversaciones banales de la estancia.
Me quedo un instante pensando. ¿Cómo debo reaccionar? Si me sonrojo, puede que sospeche y que Zoe, si es que había oído algo, se reafirme. Sin embargo, si soy cretina no me querría ni aunque fuese lo único que le salvase en la vida. Opto por mostrarme neutra y le dedico un agradecimiento sencillo y una sonrisa, pero antes de que le llegue el mensaje, ya se ha distraído entra palabras intrascendentes de las compañeras.
Algo estalla en mí; me coloco deprisa la ropa encima del maillot y cierro con brusquedad la puerta metálica, pero a nadie parece importarle, y me parece bien. Lo último que deseo ahora mismo es tener quien me pregunte que qué me pasa, cuando no lo sé ni yo. No entiendo por qué ella, porque en ese instante, por qué me rebelo, por qué... Estoy fuera del conservatorio, sola, y llueve, pero sólo en mi mente que no me permite avanzar, que me retiene en la puerta. Quiero esperarla pero a la vez debería huir de su presencia. Y me pregunto... Morir luchando por una causa o un destino indefinido o callar en la seguridad de una cárcel como la mente que siempre atormenta. ¿Cuál debería escoger? Noto el palpitar en las sienes, rotundo y rápido.
-Esto no es una guerra táctica, ni siquiera debes responder rápidamente a lo que ocurre. Entiendo que es una realidad que te rodea, pero en lo moral y simbólico de tu mente hay tiempo y espacio. No te ahogues ahora. -Dice a mi espalda Zoe y me coloca una mano en el hombro.
-¿Crees que sería mejor enfrentarme a ella ahora? -Noto asfixiante la presencia del maillot en mi piel.
-Insisto, esto no es una guerra. Tómate tu tiempo para colocar cimiento en tus pensamientos y que no sean vanos deseos que a todos nos acontecen. Pero si te sirve de consuelo, he de decirte que siempre viene media hora antes que la profesora y, por lo tanto, que todas nosotras. Piensa que hace danza unas aulas más allá horas antes.
Me giro y la abrazo sin más dilaciones. Me ha comprendido sin necesitar más que unos vagos delirios frente un espejo y una acobardada estampa en la puerta del recinto.
Nos despedimos brevemente y ella me vuelve a guiñar un ojo.Creo que le sobra la intuición para saber el coraje que tengo que rescatar si mañana decido colocar mis cartas sobre la mesa.
La noche llega por las calles cuando alcanzo el portal de mi casa. El frío ha arrullado tanto mis dedos y mis mejillas que se han enrojecido. Y percibo esta coloración frente al espejo, donde también me percato de mis ojeras, de mi cabello enmarañado sin la redecilla y en la mueca estúpida que acentúa mis rasgos. Comienzo a pensar en el abanico de posibilidades, respuestas y contra partidas del mañana. Pero ante todas las palabras bonitas que se me ocurren, sólo vislumbro un rechazo inevitable.
-¿Y qué otra cosa podías esperar?- Me interrogo con desprecio. Mi reflejo me devuelve un gesto de nula compasión y decido hundirme entre agua caliente y una capa de burbujas.
Suena la melodía del despertador y en mi cabeza estalla la última pompa de sueño al pensar lo que la tarde me guarda como sorpresa, en un fatal o benefactor interrogante. El tiempo pasa despacio, incluso tengo la sensación que retrocede, mientras el profesor nos imparte de clase y las moscas me distraen. Intento plasmar pensamientos en palabras, frases, tonos de voz, captarlo todo en una mirada, acariciarle el alma y besar su corazón. Pero se quedan cortas todas las expresiones y suspiro, nerviosa y exasperada de mi bloqueo mental. La tendré frente a mí y todavía no sabré qué decir. Patética, una vez más.
Y viéndome en esta encrucijada, el tiempo quiso reírse de mí una vez más, y cuando volví a ser consciente de mi lugar, estaba nuevamente en la puerta del conservatorio, yendo a por ella.
Abro el portón de cristal de la entrada y me dirijo como si fuese el mismo día, media hora más tarde, hacia el vestuario. De nuestra aula procede una música suave de violín. Sobre la tarima no hay nadie, así que dispuesta a dejar mi mochila en su lugar, voy a las taquillas. La sorpresa me la llevo yo cuando al entrar la veo sentada estirando, aunque el susto se lo lleva ella. Es mi oportunidad aunque me tiembla el pulso y las piernas no me quieren responder. Le doy la espalda mientras coloco la bolsa y noto que se levanta. Pierdo la propia consciencia de mis actos y en un movimiento rápido y conciso, la apoyo en la pared de baldosas blancas y húmedas. Su cuerpo esbelto se deja moldear bajo el tacto de mis dedos, apenas apoyados en su cintura.
-Permíteme contarte un secreto y prométeme que no se lo dirás a nadie.
Ella asiente con suavidad y firmeza, y me acerca la oreja derecha a mi boca. Noto la diferencia de altura de apenas dos centímetros, lo suficiente para hacerme pensar que hay más motivos para que una mujer como ella no pueda querer a otra como yo, dando ella la faceta de una chica a la que le agrada que alguien le pueda proteger, un hombre estable, alto, comprensible... Una niebla de ideas que se pega a las paredes de mi mente. Pero no me queda nada que perder.
Pierdo la distancia que nos separa lentamente e intento, sin que se percate, alzar la mano hasta su barbilla. No sé si se deja hacer, si ignora mis intenciones o le gusta, pero sigue inmóvil, con los ojos cerrados y su oído atento. La tengo muy cerca, con sus párpados realizando gestos de impaciencia y una sonrisa curiosa en sus labios, sus labios...
Capturo su mejilla en la palma de mi mano y tomando el mando de la situación, le giro dulcemente y la beso. Vuelvo a notar el bombeo de mi corazón por todo mi cuerpo. Nos quedamos unidas unos tres segundos antes de que la timidez me derrote, pero no quiero apartarme de ella sin darle motivos de mis acciones.
Me aferro a su hombro y noto su cuerpo inerte, Atraviesa su pecho y llega al mío sus palpitaciones. Temo que me aleje de un empujón, pero no hace nada. Tiene los brazos caídos a cada lado de su cuerpo. Pasan unos instantes de silencio
- Perdóname por asaltarte así pero con palabras no podría describir ni un cuarto de lo que siento. Se me hace tan extraño como a ti, pero le he dado rienda suelta a estos pensamientos desbocados que velozmente me han empapado el cuerpo, dejándome temblando sobre el colchón cada vez que por mi mente danzas una agradable melodía como una muñeca de carrusel y... En tan terribles silencios no sé dominarme, en un lugar donde por más que cierre los ojos, soy consciente de lo que me rodea. Y toda esa inmensidad se resume en ti, en tu ser, en esa sonrisa bonita que siempre traes. Y siento decírtelo en un lugar como este, donde comienzo a notar demasiado la saturación de la humedad del aire que hay, un lugar que carece de romance por doquier, pero es que no encuentro el momento en el que me busques, si para ti soy una más, una compañera simplemente. Me siento invisible y pequeña a tu lado cuando no te percatas de mi presencia, y estúpida cuando la vanidad me hace enorme por cada término que me diriges. - Poco a poco, Alicie alzaba los brazos para encerrarme entre ellos y juntarme a su pecho- Y tengo miedo por tu rechazo pero a la vez ardo en deseos de encontrar en tus labios un sí, una afirmación silenciosa disfrazada con un beso. Una señal que me demuestre que tú también me puedes querer sin importar nada más. Yo te doy el poder ahora sobre mí, de derrotarme sin luchar o darme victoria sin copa. Pero déjame entrar en tu mente, abrazar tus miedos, entender tus sueños, con la finalidad de hacerte feliz, reparar lo que una vez vi roto, en la simpleza de unas lágrimas. Dame la oportunidad de quererte como te mereces. Queda en tus manos ahora la decisión de querer de vuelta el beso robado o que permanezca en mis memorias como un vago recuerdo.
Y quién me iba a decir a mí que un otoño tan tibio como otro cualquiera, encontraría una verde primavera en el fondo de sus ojos.
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