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Cuestión de suerte.

No recuerdo si fue viernes o martes, sólo sé con certeza que era trece. Me desperté con pesar, entre el desorden de mi dormitorio. Empecé ya con mi torpeza y mi dormida mente, con el zapato izquierdo en el pie derecho. Fue tal el golpe que me di al levantar que torcí los cuadros de la habitación. Pegué la cara al  frío suelo exhausto y éste me susurró vibraciones de martillo. Santo dios, cómo me sacó de quicio aquel ruido. Y otra vez en pie, de camino a la cocina, con total parsimonia a pesar del orgullo perdido.
 Al buen café de la mañana que despierta los sentidos, que enamora con su olor y, mmmm, esa amargura en las papilas atenuado con una cucharadita de... ¿¡Sal?! Me sorprendí, me quemé y caí el traidor salero y antes de poder maldecir a la nubes, los bigotes del reloj señalaban la hora de irse. Y otra vez a correr y fue tal el ímpetu, que al cerrar la puerta, retumbó y oí a la lejanía caer el espejo del rellano. "Maldición", me dije una vez más, y con la idea de no tropezar acabé en la calle y vi el panorama. Sobre la fachada, obras, y con miedo pasé bajo el andamio y bajo un escalera que golpeé un hombre me gritó, me echó un mal de ojo y siguió murmurando. Y continué tímido y avergonzado mi camino hasta distraerme con una pequeña figura que se deslizó entre mis piernas y el felino oscuro que le siguió el rastro me hizo trastabillar una vez más. Queriendo yo mantenerme en equilibrio, di unos pasos más allá, yendo a estrellarme con unos hombres que charlando y bebiendo estaban en una mesa de exterior. Derramé su vino y una vez más me maldijeron. Lo único que se me pasó por cabeza fue ofrecerles una cerilla para los comensales del cigarrillo apagado, y los tres me perdonaron y del fuego fumaron.
 Ya cansado de mi breve, temprano y complicado día, me di por vencido y me senté en el borde de la acera y suspiré por la fortuna.
Al final de la historia, y para demostrar el capricho del destino, en tan complicado día fue tan grande mi suerte que pude encontrarte.

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