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Nuevo viejo mundo [2]

Detrás de una ventanilla, una señora de unos 35 años, aproximadamente, escribía un formulario mientras le hacía preguntas y le miraba, inquisidora, bajo sus lentes.

-¿Nombre?
-Ángel.
-¿Primer apellido?
-Morata.
-¿Y segundo apellido?
- Castro.
-¿Edad?
-Veintiséis años.

Así anduvieron un rato, apuntando desde  preguntas básicas de lugar de nacimiento y DNI hasta más privadas, tales como alergias y situación sentimental, experiencias traumantes… Ángel estaba confuso. ¿Eso era la entrevista? Estaban en un habitáculo silencioso, tan sólo él, esa muchacha y el hombre que le había abierto, quieto en la puerta, observando.

-Disculpe, señorita. -Interrumpió, sonriendo y tratando de sonar halagador. -Pero yo he venido por lo de la oferta de empleo y… Estoy un poco cohibido por todo esto.

Sin inmutarse, ella le contestó:

-Somos conscientes.

Y la salita volvió a quedarse en silencio, tan sólo con la impresora en funcionamiento. Ángel cruzó los dedos de ambas manos, apoyadas en el mostrador y cambió el peso de su cuerpo a la otra pierna. Esperaba y esperaba pero no recibía información alguna. No quería fustigar a aquella mujer con su mirada nerviosa, por lo que discretamente la observaba, tecleando, levantándose de vez en cuando hacia la escáner.

-Muy bien, señor Morata. Ya he avisado a mis compañeros. Ahora vendrán a por ti. -Sonrió por primera vez.
-Perdona la insistencia pero… ¿De qué se trata todo esto?
-Ellos te lo explicarán mejor que yo -Volvió a replicar, dirigiéndose a sus papeles.
-¿Y si hago perder su tiempo? Usted ha apuntado muchas cosas y conoce más de mí que yo de la corporación entera. -Reprochó, mosqueado.

 Ni le miró ni le respondió. Ángel aguardó treinta segundos antes de resoplar y dirigirse a la puerta por la que había entrado. Las alarmas sonaron en su interior cuando el silencioso hombre se interpuso entre él y la salida.

-Aún es muy pronto. ¿No cree?

No tenía aspecto ni gesto amenazador pero el gesto no le hizo ni pizca de gracia. Se midieron con la mirada hasta que una voz femenina a su espalda le sobresaltó.

-¿Señor Ángel Morata?
-Sí, dígame. -Se giró sobre sus talones y se sorprendió al ver a otra chica, aún más joven, con una bata blanca, impoluta, y una tablilla entre sus manos.

-¿Puede acompañarme? -Preguntó, mostrando un pasillo luminoso, de donde provenía un profundo olor a desinfectante que le golpeó en la nariz.

 Sabía que, aunque hubiera preguntado, era su única opción. Se puso en marcha pensando en Fran. Tenía razón, ¿Cómo pudo confiarse? En un lugar perdido de la mano de Dios y con tanto secretismo… No podía ser algo fiable.
 Cerró tras él y se presentó con un apretón de manos como Noelia, sin decir apellido alguno. ¿Hasta qué punto sería su nombre real? Ángel, en vista de la anterior situación, se encontraba a la defensiva y escéptico. Nada más salir a su izquierda había un pseudodespacho donde había un detector de metales e hizo pasar a Ángel.

-Por favor, vacía tus bolsillos y pasa por aquí.

Ángel sentía que el traje le apretaba más y deseaba a cada instante haberle hecho caso a Fran.

-Disculpe, señorit- -Titubeó.
-Noelia.
-Bueno, Noelia. ¿En qué consiste el trabajo?

No respondió enseguida, recalculando sus palabras, sopesando una respuesta con el tono adecuado.

-No es algo que podamos decirle al primero que pase.

Ángel vació sus bolsillos de monedas, el móvil y se quitó el reloj de muñeca y lo depositó en una bandeja. El escáner no detectó nada raro. Noelia hizo una mueca de aprobación.

-¿Quieres que hablemos de todo con calma? -Cuestionó, haciendo énfasis en el “todo”.
-Por favor. -Suplicó Ángel.

 Noelia sonrió por la mirada asustada del muchacho. Le guió por un pasillo de brillante blanco, persianas cerradas a cada lado y limpio granito, todo ello iluminado con fluorescentes. Tenía, en conjunto con el olor, un aspecto a clínica que provocó a Ángel unas repentinas náuseas.
 El despacho de Noelia no destacaba en absoluto con el ambiente del exterior. Todo estaba terminado en pulcro blanco, exceptuando el gris metálico de su portátil y sus bolígrafos.

-Disculpa, Noelia. ¿El trabajo es científico?

-Antes de nada, tenemos que acordar algo, Ángel. -Dijo, sentándose.

Ángel imitó sus movimientos en la silla frente a la mesa.

-Dime. -Correspondió, dubitativo.
-Absolutamente todo lo que te diga o que puede que digamos y hagamos, se queda entre estas paredes. -Sentenció. Y añadió, acercando la tablilla que había estado paseando. -Firme aquí.

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