Fran levantó la mirada de su móvil cuando oyó el chasquido de la puerta de metal. El mismo hombre que vio, se despedía de Ángel con unos amistosos golpes en la espalda. Fran se desperezó mientras su amigo alcanzaba el coche. Se sentó en el asiento del copiloto con un enjuto “Hola” que no tuvo respuesta. Ángel estaba concentrado en colocarse el cinturón por lo que no vio que Fran le miraba hasta que levantó la mirada de la clavija.
-¿Y bien? -Preguntó con una sonrisa.
-Ha sido extraño. -Respondió frotándose los ojos. La claridad del lugar le había aturdido la vista y los sucesos le pesaban.
-¿Sólo eso? No puede ser. -Señaló el reloj digital del coche, que marcaba las siete y veintitrés. -¿Dónde has estado tanto tiempo?
-Pues allí dentro.
Fran arrugó la nariz.
-¿Y de qué va? -Ángel no respondió. -¿Te han cogido? ¿O has tenido que disputar con otros interesados? -Acompañó su broma con un gesto al vacío aparcamiento. Ángel sonrió cansadamente.
-El trabajo es mío pero es que… Se comportan de manera muy rara.
Fran arrancó el coche.
-Pues me alegro, tío. Pero para anormal el del garito, que al rato vino preguntándome qué clase de Toyota era. Y yo como… -Se encogió de hombros, burlesco.- Tío, está al lado de la matrícula. Al menos me ofreció algo de beber.
Salieron del párking, despidiéndose con la mano del guardia. La autopista estaba despejada. Fran había encendido la radio para llenar el silencio que Ángel se negaba a romper. Éste miraba por la ventana, con la vista perdida en el asfalto iluminado a intervalos. Sentía sus párpados pesados , la boca seca y la mente dispersa. Sólo quería cerrar los ojos y perderse en el limbo entre el sueño y la consciencia, un pequeño tiempo para asimilar todo lo que tendría que realizar en los próximos meses. Suspiró, pegando la sien al cristal lentamente. Fran, que le había estado mirando con el rabillo del ojo, se aclaró la garganta.
-Estoy cansado. -Se justificó.
-¿Te han hecho correr?
-No, pero hacía tiempo que no estaba bajo presión.
-Te imagino ante un viejo serio, imponente, calvo y con gafas, seguido de sus gorilas de armario por espalda y cara de ir poco al colegio… -Exhaló un risilla. Ángel le acompañó.
La luna del coche comenzaba a salpicarse de gotas plateadas, coloreadas por el tono grisáceo de las nubes y las luces de las farolas, cuando Fran echó el freno de mano.
-Bueno, señorita, serán veinte con treinta y cinco. -Se golpeó los muslos con las palmas de las manos.
-Gracias por llevarme, Fran.
-¿Otra vez? Si no ha sido nada; en casa no me espera nada especial…-Puso una cara de pena y añadió. - No nos rozamos ni las espaldas en la cama.
“Al menos tienes compañía” pensó Ángel en sus adentros, con tristeza, aunque estuviera sonriéndole a su amigo.
-Al final no me has dicho de qué iba el curro.
-Es… algo de mecánica. -Dejó caer, abriendo la puerta.
-Pst, Ángel. -Cuadró la espalda, hinchó el pecho y los carrillos y dijo con una voz grave. Ten cuidado con lo que dices de mi jefe. -Y se echó a reír.
No vio a Ángel darse la vuelta, con el periódico tapándole la cabeza y despidiéndose con un “Adiós” áspero, en el mismo tono que la respuesta anterior.
No tenía nada en contra de Fran pero estaba exhausto y sensible, y la similitud a la frase de Noelia le dio náuseas.
Necesitaba llenarse la cabeza de un ruido sordo y dejar de sentir el cuerpo. Era consciente de que no debía hacer una montaña de un grano de arena, pero esto le superaba. Había aceptado algo sin ni siquiera sopesar los cambios que conllevarían. Y para colmo, la firma ya estaba echada y romper las promesas que había hecho podía acarrear problemas legales.
Cerró tras él la puerta de su piso y se dirigió al baño, notando cada vez menos las piernas, consciente de que en unos minutos estaría fundiéndose entre agua caliente. Abrió, pues, el grifo de la bañera, y se sentó en el borde mientras se desabrochaba la corbata. Oía el chorro de agua caer y cada vez se abandonaba más. Como un autómata, se quitó los zapatos y la chaqueta. La sacudió y puso doblada en un toallero vacío. Cuando se dispuso a apoyarse en el borde, pisó algo que crujió.
-¿Y bien? -Preguntó con una sonrisa.
-Ha sido extraño. -Respondió frotándose los ojos. La claridad del lugar le había aturdido la vista y los sucesos le pesaban.
-¿Sólo eso? No puede ser. -Señaló el reloj digital del coche, que marcaba las siete y veintitrés. -¿Dónde has estado tanto tiempo?
-Pues allí dentro.
Fran arrugó la nariz.
-¿Y de qué va? -Ángel no respondió. -¿Te han cogido? ¿O has tenido que disputar con otros interesados? -Acompañó su broma con un gesto al vacío aparcamiento. Ángel sonrió cansadamente.
-El trabajo es mío pero es que… Se comportan de manera muy rara.
Fran arrancó el coche.
-Pues me alegro, tío. Pero para anormal el del garito, que al rato vino preguntándome qué clase de Toyota era. Y yo como… -Se encogió de hombros, burlesco.- Tío, está al lado de la matrícula. Al menos me ofreció algo de beber.
Salieron del párking, despidiéndose con la mano del guardia. La autopista estaba despejada. Fran había encendido la radio para llenar el silencio que Ángel se negaba a romper. Éste miraba por la ventana, con la vista perdida en el asfalto iluminado a intervalos. Sentía sus párpados pesados , la boca seca y la mente dispersa. Sólo quería cerrar los ojos y perderse en el limbo entre el sueño y la consciencia, un pequeño tiempo para asimilar todo lo que tendría que realizar en los próximos meses. Suspiró, pegando la sien al cristal lentamente. Fran, que le había estado mirando con el rabillo del ojo, se aclaró la garganta.
-Estoy cansado. -Se justificó.
-¿Te han hecho correr?
-No, pero hacía tiempo que no estaba bajo presión.
-Te imagino ante un viejo serio, imponente, calvo y con gafas, seguido de sus gorilas de armario por espalda y cara de ir poco al colegio… -Exhaló un risilla. Ángel le acompañó.
La luna del coche comenzaba a salpicarse de gotas plateadas, coloreadas por el tono grisáceo de las nubes y las luces de las farolas, cuando Fran echó el freno de mano.
-Bueno, señorita, serán veinte con treinta y cinco. -Se golpeó los muslos con las palmas de las manos.
-Gracias por llevarme, Fran.
-¿Otra vez? Si no ha sido nada; en casa no me espera nada especial…-Puso una cara de pena y añadió. - No nos rozamos ni las espaldas en la cama.
“Al menos tienes compañía” pensó Ángel en sus adentros, con tristeza, aunque estuviera sonriéndole a su amigo.
-Al final no me has dicho de qué iba el curro.
-Es… algo de mecánica. -Dejó caer, abriendo la puerta.
-Pst, Ángel. -Cuadró la espalda, hinchó el pecho y los carrillos y dijo con una voz grave. Ten cuidado con lo que dices de mi jefe. -Y se echó a reír.
No vio a Ángel darse la vuelta, con el periódico tapándole la cabeza y despidiéndose con un “Adiós” áspero, en el mismo tono que la respuesta anterior.
No tenía nada en contra de Fran pero estaba exhausto y sensible, y la similitud a la frase de Noelia le dio náuseas.
Necesitaba llenarse la cabeza de un ruido sordo y dejar de sentir el cuerpo. Era consciente de que no debía hacer una montaña de un grano de arena, pero esto le superaba. Había aceptado algo sin ni siquiera sopesar los cambios que conllevarían. Y para colmo, la firma ya estaba echada y romper las promesas que había hecho podía acarrear problemas legales.
Cerró tras él la puerta de su piso y se dirigió al baño, notando cada vez menos las piernas, consciente de que en unos minutos estaría fundiéndose entre agua caliente. Abrió, pues, el grifo de la bañera, y se sentó en el borde mientras se desabrochaba la corbata. Oía el chorro de agua caer y cada vez se abandonaba más. Como un autómata, se quitó los zapatos y la chaqueta. La sacudió y puso doblada en un toallero vacío. Cuando se dispuso a apoyarse en el borde, pisó algo que crujió.
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