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El amor, ese rayo de luna.

El amor... No existen palabras suficientes para que el escritor lo pueda definir, y tampoco existe tiempo suficiente para que el amante las recite. ¿Qué es lo que nos sacia? ¿Los besos? ¿Las caricias? ¿El deseo impuro de dominar su cuerpo? Para el poeta el deseo es un pecado, una fruta del árbol prohibido. La adoración de su imagen en la bendición de nuestros días. Tan intangible y lejana como la Luna, tan indiferente a las miradas, no se postra ante nadie.

Dime, querida, ¿es eso cierto? ¿Es cierto que no puedo ver todo de ti? ¿Es cierto que lo más oscuro de ti es tan frío que hiela miradas? Dime que lo que veo no es en vano. Dime que no te ríes de mis suspiros, de las palabras susurradas al viento. Dime que en el fondo de tu alma no reina el esperpento. Dime y te creeré ciegamente. Dime que el fuego no quema, y lo acunaré. Dime puedo volar y saltaré al vacío. Dime que eres eterna y te amaré de por vida. Dime y no me dejes este silencio. Pero sé sincera y dime que existes, que no eres una ilusión, una imagen reflejada en un lago de perdición, un fuego fatuo rielando sobre los mares de mis sueños. Dime que si llega el día, no desaparecerás como la Luna.

Y va errando un alma en pos de otra que quiera compartir algo más que unos días, algo más que unas simples palabras, algo más que unas sonrisas. Ánimas que se hieren al cegarse tontamente, alzando el vuelo al lado opuesto de esa verdad oculta y de la que tan vagamente huimos, dejándose llevar. Imperios mentales que se derrumban en pos de derrotas sentimentales por, a veces,  simples y pasajeros deseos por los que nuestras mentes se dejan guiar a esa quimera llamada paraíso. Es la confusión de nuestros mismos seres más puros, una maraña indefinible. Es el mal humor que lleva siempre consigo, es la sonrisa que provoca, es la lágrima de infinita ternura que brota de su pecho, es la música de su risa, es la picardía de sus ojos, es esa manera de desquiciar, es el recuerdo que siempre nos rodea, es el miedo que nos acaricia en las mejillas, los celos que invitan a pecar. Lo es todo. ¿De qué te enamoras tú si lo es todo en una persona?

A veces me sorprendo buscando su olor impregnado en mi ropa.
A veces me sorprendo maldiciéndole.
A veces me sorprendo revisando mi buzón en busca de la respuesta a una carta abandonada.
A veces me sorprendo deseándole mi misma suerte.
A veces me sorprendo recordando su voz.
A veces me sorprendo con mis ansias de quemarlo todo.
A veces me sorprendo rememorando nuestras palabras.
A veces me sorprendo queriendo querer a más labios y no necesitar los suyos.
A veces me sorprendo sabiendo que esto no morirá nunca.
A veces, simplemente, me asusto.

Así pues, nos amaremos esta noche y mañana nos dejaremos ir. Reiteraremos nuestros halagos y al día siguiente volverá a ocurrir. Seremos como los ansiosos poetas que no pueden amar a una sola ánima, las aman a todas por cada rasgos. Y sobre ellas escribiremos para no olvidar la fugacidad de nuestros encuentros. Y sonreír cada noche con la memoria de ese rayo de luna.

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