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In loving memory of you (6)

Al salir del bar o lo que fuese eso, me dispuse a volver al piso, ordenarlo y ponerme al día con el temario de anatomía patológica y bioquímica yendo a la biblioteca. Miré el reloj a través de un escaparate: Las 12 de la mañana. A esta hora mis padres debían estar paseando a mi ya viejo perro pastor Rex por la ribera del riachuelo que cruzaba el bosque. Nuestro pequeño lugar...
Sí, el nombre de original tenía poco. Deberías recordarlo, lo conociste siendo ya jovenzuelo. Ah, bruto de él, que logró arrancarte una sonrisa con el simple hecho de ladrarte, ¡que envidia! Ahora, con el paso del tiempo... Te perdiste tantas cosas... Desde los lugares y momentos más increíbles, hasta los más devastadores. ¿Recuerdas las interminables broncas a Rex por sus escapadas a la calle? Pues pocas semanas después de que te fueras, fue arroyado por un Citroën conducido por un principiante. Y desde entonces, tenía una de las patas dañadas, y cojeando perseguía las ardillas que huidizas saltaban de árbol en árbol. Seguramente mi padre andaría con su capucha a rayas, la camisa a juego, sus pantalones caquis y sus prismáticos colgando en el cuello. Cada día, antes de irse a trabajar en su turno de tarde-noche en la oficina, paseaba por el bosquecillo, mirando las aves posarse en la copa de los árboles y canturrear. A veces, cerca del riachuelo, acechaba tumbado a los pequeños pajarillos que a saltitos se acercaban a bañarse su perfecto plumaje.
Cuando Rex, que yacía a su lado, dejaba de jadear y se dormía, se oía el agua con su lejano zumbido, y, sumidos en ese silencio, el bosque susurraba incompresibles palabras relatando la vida de cientos de miles de seres, mientras seguía la melodía del canto de los pájaros. Y rodeado por esa mágica burbuja, me confesó un día mi padre, que se escondía de sus problemas y realmente podía considerarse verdaderamente un hombre sencillo y feliz.
Él, perdido en su mundo, y yo en la ciudad perdiendo el tiempo no haciendo nada. Suspiré. Al llegar a mi piso, subí de dos en dos los escalones. La puerta estaba otra vez abierta. Ese no podía ser otra cosa que el pestillo roto, pensé. ¿Y cómo me iría yo de ahí sabiendo que mi “hogar” quedaba desprotegido, aún siendo consciente de que no había nada que robar?
Toqué el timbre de mi vecino al que nunca había visto y con el cual compartía pared con pared. Abrió la puerta un viejo de ceño peludo y canoso, prácticamente calvo por el cráneo, vestido con un albornoz, realzando su destacable barriga. Me miró de arriba a abajo, escrutando con sus voraces pequeños ojos mi languiducho cuerpo, con esa cautela de cazador. Era una escena realmente ridícula: Un viejo sospechando a un barbudo y éste avergonzado, y deseando que no se formase una corriente de aire que iluminase las faldas del monte innecesarias a la vista
-¿Qué quieres? - Me gruñó con voz seca y ronca.
-Esto... Verá... -Titubeé- Yo tengo que irme a estudiar a la biblioteca y me he fijado en que mi puerta está dañada, no cierra bien, y me preguntaba si usted podría vigilarme el piso, aunque sea por los ruidos y...
Enarcó una ceja y me dijo:
-Enséñame como la cierras.
Entre mi vergüenza y esta contestación, mi nerviosismo estaba a flor de piel y un repentino impulso a despotricarle saltaba sobre la punta de mi lengua. ¡Ni que me faltasen los brazos!
Me di la vuelta ya un poco molesto y encajé la llave. Le miré y él asintió. La giré una vez y luego otra. Tiré del pomo y se abrió. Miré con una estúpida superioridad esperando a que el genio de la bata lo solucionara, pero me topé con su indiferente mueca. Salió arrastrando sus pantuflas y me arrebató la llave. Dejó la puerta abierta y una, dos, me miró, enarcó las cejas con un una sonrisita tonta que sus labios finos dibujaban y le dio una tercera vuelta. Con una mirada divertida, me señaló los resortes que habían aparecido mágicamente en las esquinas superior de la puerta, encajando el marco. Nunca me había percatado en ellas. Magia, pensé, será la bata.

Él no dejaba de ponerme ojitos, y sonreír de aquella manera estúpida... Quise odiarle en ese momento, pero más allá, se cruzó más veces en mi vida, y no pude evitar cogerle cariño.

Aprovecho esta nueva entrada para añadir que el título real, si en algún momento venzo mi pereza y lo publico, sería Mis memorias; tu recuerdo. Gracias.

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