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Anatomía del ballet (4)

Nos gritan, nos amenazan y por poco no llegan a las manos. Me visto mientras oigo blasfemias en el salón. Alicie comienza a llorar, hipando, en un tembleque asustado. Es como un animal herido y despavorido, no me deja acercarme. Me empuja con la almohada entre los brazos mientras me mira con un reproche en sus ojos llorosos.
 "Todo esto ha sido culpa tuya"
La beso en la frente, en contra de su voluntad  aunque no me lo reniega, cojo mi mochila y salgo, paseando delante de sus insoportables padres. Ellos siguen levantando la voz, mandándome al infierno y a su hija conmigo "por semejantes actos". Sí, debí haber intuido que Alicie salió de un melocotón. El mal humor se me transparenta por los poros y una vez más, me hundo entre una capa de burbujas y agua caliente al llegar a casa.
 Será por la alta temperatura pero es la solución para dejarme inconsciente. ¿Y qué culpa tendré yo? Si no lo aceptan es su problema, pero entiendo el miedo de Alicie y no queda más remedio que obedecer. Dudo que ella fuese capaz incumplir a su autoridad a escondidas por una ley amorosa; además, por su reproche, deduzco que el conflicto lo tiene en verdad ella, porque no tiene pensamiento de todo.
 Tengo la mente más despejada en un río de ideas contradictorias pero sé que no descansaré tranquila.

 Al día siguiente ella no está en el conservatorio y sospecho que no volverá. Esta clase estamos únicamente seis chicas de las once que hay. El resto están enfermas y una de baja. No hay que ser Sherlock para adivinar de quién se trata, sin embargo, mis compañeras están confusas. Para mi desgracia, mi breve flotador emocional, Zoe, tampoco está. Las horas de ballet se hacen eternas e incluso cuando pasan las semanas y el dolor de la desaparición de Alicie se difumina. Lo que creí incontenible, ya no son más que cenizas de un amor breve, confuso y pasional. Han pasado los meses y no he necesitado de su presencia. Entonces, ¿dejó alguna otra huella? Quizá los recuerdos que no se marchan hasta que seniles se quedan las neuronas, pero nada más. Ya no me puebla un extraño cosquilleo por la nuca, porque ya no existe su imagen. Y aún así tampoco lo necesito. Me digo que hay mundo por recorrer y que no hay que ahogarse por un fuego fatuo.
 Pero  quizás la historia no quería que terminase allí, pues volviendo un día de la academia la vi de refilón al otro lado de la calle. No estaba sola, mas bien acompañada de un chico grande, rubio, con un cierto aire a gallito peleón. Pero no me importa, no me tiene que importar. Sigo avanzando y tengo la sensación de que ella me ha visto pero no dice nada. Prosigo mirando el suelo; encuentro en el día de hoy muy interesantes las juntas de las baldosas grises. Suerte que no hay nadie en la calle con quien tropezar. Pero él sí me ha visto, pero no porque me conozca, sino por Alicie. Oigo unos gritos hacia mi dirección cuando estoy girando la esquina y aunque que haya salido de su campo de visión y sepa que le estoy ignorando aún escucho su voz ronca alzándose pero no se dirige a mí. Percibo un quejido de Alicie. Eso sí que puede ser relevante y aparezco nuevamente en escena. Por un instante no les veo, pero los ruidos atraen mi atención a un portal en cuestión al otro lado de la calle. Lenta y nerviosamente me acerco y veo el cuerpo del hombre aquel prácticamente volcado encima de Alicie. Con una ancha mano, tiene atrapada su cara y aprieta sus mejillas. Ambos rostros están muy cerca. Él está rojo de ira y se le notan las venas en la frente y en el cuello, azules y palpitantes. La besa con furia mientras le grita:
-¿Te sientes violenta, eh pequeña lesbiana? ¿Crees que no lo sé? Se te nota a la legua, mírate, ya la has visto y seguro que estás mojada.- Sus dedos violentos levantan la falda escolar de Alicie. Ella se retuerce y estalla el primer botón de la camisa por el movimiento. Todo ha sido cuestión de segundos.
-¿Qué te crees que estás haciendo tú, pedazo de imbécil?- Le golpeo verbalmente. El chico me mira, apartando a un lado a Alicie. Me saca una cabeza y media y aunque estoy acobardada al principio no lo muestro.
-¿Tú también quieres un poco de medicina? Sois unas enfermas- Su aliento está muy próximo para mi delicado olfato y una arcada me recorre el pecho. Retrocedo un poco pero antes de que pierda demasiada distancia, le propino un puñetazo en sus partes. No me siento cómoda aprovechando el punto débil de cualquier hombre, pero es lo único que puedo hacer para salvar nuestro pellejo. Se encoge y gime por el dolor. Agarro el brazo de Alicie y arranco a correr. La incómoda mochila baila sobre mi espalda mientras huimos seguidos por el eco de insultos proferidos por abusón.
 Después de recorrer decenas de calles, giramos en un callejón. Ninguna de las dos sabemos donde estamos pero es una buena excusa para volver a tomar el aire. Durante unos instante, jadeamos, sin hacer amago de cruzar palabra. Pero me arriesgo y le pregunto:
-¿Quién es ese?
No me responde al instante, duda de su respuesta y se resuelve.
-Uno... - Asumo que no quiere hablar de él, no me extraña. Yo tampoco quisiera descubrir semejante persona.
-Bueno, ¿sigues con el baile? Por la academia no te hemos vuelto a ver...
-Sí, bueno, ahora estoy en la mixta del sur. La gente es muy extraña- me mira y añade- Los hombres con mallas son... horribles.
Tras un breve instante de sorpresa por el comentario, una risa sorprendentemente ruidosa brota entre las dos. Aún hay un burbuja que ella y yo sólo podemos entender, quizás un tanto más frágil, pero con su misma gracia.
-Y....¿Cómo te va...todo?- Me pregunta al recuperar el aire
-Bien, bien, ninguna novedad no hay nada que resaltar - Me doy cuenta, al decir estas palabras, que todo había vuelto a la normalidad como si nunca me hubiera enamorado de Alicie y hubiese pegado una vuelta de 180 º grados- ¿Y tú?
-No sé, bien supongo - Me acerco a la esquina buscando vía libre pero oigo unos sollozos a mi espalda. Por propio reflejo, intento abrazarla pero en un principio me retira con cierta violencia aunque finalmente se contiene en mi pecho llorando con fuerza. Clava sus uñas en mi espalda buscando aferrarse en mi ropa mientras gime que todo este tiempo me ha echado de menos, que me quiere cerca aunque le haga daño, aunque la queme, quiere arder conmigo e incendiar todo aquello que ha hecho mella en nosotras. La ansiedad le puede; no logra vencer la rápida necesidad de tomar aire y le flaquean las piernas. Le obligo a sentarse, pero no quiere por la falda de la escuela. Así que la pongo encima de mí, haciendo de cojín y dándole un masaje le ordeno que repita mi respiración.
-Te... te necesito- Murmura una y otras vez.

 Y aunque me muerde el pecho cada lamento, sé que no hay vuelta atrás. La decisión fue tomada hace tiempo.

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