Buenas noches. -dijo él. -Que sea buena, porque son tus últimos instantes
"Esto, quizás, sólo sea la conciencia de aquél que me la robó porque carecía de ella"
"Por motivos que no vienen al caso, yo carecía de hogar. En su día, vivía bien, lo tenía todo. No me faltaba nada. Mujer, dinero, trabajo, felicidad. ¿Qué más se podía pedir? Pero necio yo en mis momentos, me dejé llevar por la bebida y los juegos. Hasta que me quedé sin hogar, ni mujer, ni dinero. Aquella noche de diciembre, entre tantos adornos, yo era el desafortunado, el que hubiese querido vivir allí, al abrigo del viento, con una mano a coger y una persona a la que mirar a los ojos. Pero no fue así. Con el viento embravecido, acabé caminando a oscuras por un camino de tierra. La Luna estaba llena y su claridad iluminaba levemente el sendero. Allí, en la curva de un valle, encontré un hogar que no estaba rodeado de vallas. No tenía la intención de robar ni atacar a nadie, únicamente encontrar un cobertizo donde resguardarme del viento.
A duras penas conseguía avanzar. Con el viento azotándome la cara, las ramas de las zarzas agarrándome la ropa. No notaba mis pies, húmedos por el rocío y casi congelados por la escarcha. La tierra crujía a mis pies.
Cuando alcancé a la casa, pude ver como estaba dividida en dos partes, unidas por una pared y un patio relativamente pequeño. En una de las dos partes, la más pequeña, la puerta trasera estaba semi abierta. Me asomé lentamente y no vi luz ni rastro de humanidad.
Entré el cuerpo entero, procurando no hacer ruido con las cortinas de metal. Las paredes estaban frías y el ambiente también. Aquel mini cuarto de estar era agradable. Cerré la puerta tras de mí, pero me sentí incómodo al hacerlo, al fin y al cabo no era mi morada y temía ser descubierto.
Con la tenue luz de la Luna alcanzaba a ver varios objetos. Al frente, una mesa de escritorio con papeles, una pantalla y bolígrafos esparcidos; a mi derecha un sofá y más allá una estantería llena de libros viejos y enormes; y a la izquierda una puerta. La abrí despacio y pude contemplar mi reflejo. Era un pequeño baño, con todo lo necesario. Sonreí aliviado y me deshice de mi chaqueta gruesa, dejándola sobre el sofá. Tras esto, me desnudé y me duché. El agua caliente me sentaba genial sobre mi cuerpo entumecido. Suspiré, agradecido por ese regalo.
Pero mientras me abandonaba a la calidez, oí un ruido metálico, semejante al de la puerta, tanto para abrir como para cerrar. Me asusté. Quería huír despavoridamente, aunque estuviese desnudo y mojado. Pero no deseaba encontrarme a nadie. Mi primer impulso fue apagar la ducha y la luz. Me quedé agazapado en la ducha, tras la cortina. Quedaba absurdo en aquella posición, la verdad, pero me sentía "seguro" en cierta manera. Esperé así unos diez
minutos, tiritando por el cambio de temperatura. A tientas me vestí y abrí la puerta despacito.
Allí no había nadie ni había señales de que hubiese pasado por allí alguien. Tan sólo aquella puerta abierta un trecho. Miré el pestillo y vi que quizás ese era el error, que no encajaba bien y de vez en cuando, por el viento, probablemente, se abría a veces. Seguía temblando. Aquel incidente me inquietó mucho. Sólo deseé acostarme entre esas sábanas hasta coger calor y dormir plácidamente unas horas, hasta que llegase la luz y poder volver a salir de aquella morada que asalté, sano y salvo.
Me senté en el sofá. Tenía mucho frío, aún poniéndome la chaqueta encima. No era una buena protección, al fin y al cabo estaba empapada. Me quedé pensativo. La luz roja del monitor me hipnotizó, y al cerrar los ojos, seguía viendo una mancha roja, como si me hubiese quemado el iris y hubiese dejado la marca ahí. Miré el reloj de péndulo. Las dos y treinta y dos de la madrugada; una buena hora para ir a dormir. Me dirigí al cuarto, acariciando los libros de vaqueros, empolvados, de la estantería. Y antes de cerrar la puerta, volví a mirar el led rojo. Una vez más.
Al sentarme en la cama, una rama golpeó la ventana y me sobresalté. Unos escalofríos me recorrían cuando introducía mi cuerpo entre las mantas. Me estiré para apagar la luz y suspiré una vez más.
Cerré los ojos. Veía las manchas rojas, expandiéndose. Empezaron a escocerme los ojos. Pero cuando los abrí, la oscuridad me invadió... Y no precisamente la noche. Sino, unas tinieblas eternas..."
Oculta, humano, tus pecados en soledad. Camina, echa a andar por este sendero sin fin. Que te ardan los pies, que se tornen ascuas. No puedes pararlo, es inevitable. Como el tiempo. Camina hasta tu muerte o ahórcate por el camino.
"Esto, quizás, sólo sea la conciencia de aquél que me la robó porque carecía de ella"
"Por motivos que no vienen al caso, yo carecía de hogar. En su día, vivía bien, lo tenía todo. No me faltaba nada. Mujer, dinero, trabajo, felicidad. ¿Qué más se podía pedir? Pero necio yo en mis momentos, me dejé llevar por la bebida y los juegos. Hasta que me quedé sin hogar, ni mujer, ni dinero. Aquella noche de diciembre, entre tantos adornos, yo era el desafortunado, el que hubiese querido vivir allí, al abrigo del viento, con una mano a coger y una persona a la que mirar a los ojos. Pero no fue así. Con el viento embravecido, acabé caminando a oscuras por un camino de tierra. La Luna estaba llena y su claridad iluminaba levemente el sendero. Allí, en la curva de un valle, encontré un hogar que no estaba rodeado de vallas. No tenía la intención de robar ni atacar a nadie, únicamente encontrar un cobertizo donde resguardarme del viento.
A duras penas conseguía avanzar. Con el viento azotándome la cara, las ramas de las zarzas agarrándome la ropa. No notaba mis pies, húmedos por el rocío y casi congelados por la escarcha. La tierra crujía a mis pies.
Cuando alcancé a la casa, pude ver como estaba dividida en dos partes, unidas por una pared y un patio relativamente pequeño. En una de las dos partes, la más pequeña, la puerta trasera estaba semi abierta. Me asomé lentamente y no vi luz ni rastro de humanidad.
Entré el cuerpo entero, procurando no hacer ruido con las cortinas de metal. Las paredes estaban frías y el ambiente también. Aquel mini cuarto de estar era agradable. Cerré la puerta tras de mí, pero me sentí incómodo al hacerlo, al fin y al cabo no era mi morada y temía ser descubierto.
Con la tenue luz de la Luna alcanzaba a ver varios objetos. Al frente, una mesa de escritorio con papeles, una pantalla y bolígrafos esparcidos; a mi derecha un sofá y más allá una estantería llena de libros viejos y enormes; y a la izquierda una puerta. La abrí despacio y pude contemplar mi reflejo. Era un pequeño baño, con todo lo necesario. Sonreí aliviado y me deshice de mi chaqueta gruesa, dejándola sobre el sofá. Tras esto, me desnudé y me duché. El agua caliente me sentaba genial sobre mi cuerpo entumecido. Suspiré, agradecido por ese regalo.
Pero mientras me abandonaba a la calidez, oí un ruido metálico, semejante al de la puerta, tanto para abrir como para cerrar. Me asusté. Quería huír despavoridamente, aunque estuviese desnudo y mojado. Pero no deseaba encontrarme a nadie. Mi primer impulso fue apagar la ducha y la luz. Me quedé agazapado en la ducha, tras la cortina. Quedaba absurdo en aquella posición, la verdad, pero me sentía "seguro" en cierta manera. Esperé así unos diez
minutos, tiritando por el cambio de temperatura. A tientas me vestí y abrí la puerta despacito.
Allí no había nadie ni había señales de que hubiese pasado por allí alguien. Tan sólo aquella puerta abierta un trecho. Miré el pestillo y vi que quizás ese era el error, que no encajaba bien y de vez en cuando, por el viento, probablemente, se abría a veces. Seguía temblando. Aquel incidente me inquietó mucho. Sólo deseé acostarme entre esas sábanas hasta coger calor y dormir plácidamente unas horas, hasta que llegase la luz y poder volver a salir de aquella morada que asalté, sano y salvo.
Me senté en el sofá. Tenía mucho frío, aún poniéndome la chaqueta encima. No era una buena protección, al fin y al cabo estaba empapada. Me quedé pensativo. La luz roja del monitor me hipnotizó, y al cerrar los ojos, seguía viendo una mancha roja, como si me hubiese quemado el iris y hubiese dejado la marca ahí. Miré el reloj de péndulo. Las dos y treinta y dos de la madrugada; una buena hora para ir a dormir. Me dirigí al cuarto, acariciando los libros de vaqueros, empolvados, de la estantería. Y antes de cerrar la puerta, volví a mirar el led rojo. Una vez más.
Al sentarme en la cama, una rama golpeó la ventana y me sobresalté. Unos escalofríos me recorrían cuando introducía mi cuerpo entre las mantas. Me estiré para apagar la luz y suspiré una vez más.
Cerré los ojos. Veía las manchas rojas, expandiéndose. Empezaron a escocerme los ojos. Pero cuando los abrí, la oscuridad me invadió... Y no precisamente la noche. Sino, unas tinieblas eternas..."
Oculta, humano, tus pecados en soledad. Camina, echa a andar por este sendero sin fin. Que te ardan los pies, que se tornen ascuas. No puedes pararlo, es inevitable. Como el tiempo. Camina hasta tu muerte o ahórcate por el camino.
ANTES DE QUE YO TE ENCUENTRE.
Comentarios
Publicar un comentario