La primera cosa que a Edgar le gustó de Katie fueron sus ojos. Eran de un color verde más claro que ninguno de los verdes que habéis visto nunca, y le otorgaban una intensidad a su mirada que habría hecho enloquecer cualquier hombre. Pero no sólo le gustaron sus ojos. Katie era una mujer muy bonita. Tenia un cuerpo de curvas suaves, esbelta, que hipnotizaba con sus movimientos ágiles y harmónicos. Parecía que estaba siempre alerta, atenta a todo aquello que pasaba a su alrededor, y Edgar se dio cuenta de que nunca se le escapaba nada. También era muy dulce; sobretodo cuando se hacía de noche y en la cama, la piel de ella buscaba la calidez de él. A Katie le gustaba que su novio le acariciase la espalda, pasando los dedos por la columna, de arriba a abajo, y cuando él lo hacía emitía pequeños gemidos de placer. En cambio, era poco habladora, quizás un poco tímida. Nunca hablaba de sí misma, y Edgar no había conseguido que le explicase nunca nada de su familia, sus orígenes o su pasado.
Cuando él le hacía preguntas, ella decía:
- Ya lo sabrás
Edgar era muy rico y no muy joven. Por eso no tardó mucho en proponerle matrimonio. Se casaron un sábado de Febrero, coincidiendo con la luna llena, y se pasaron toda la noche despiertos, bebiendo y riendo, entregados al placer.
Los primeros meses fueron muy felices. Katie, que se pasaba muchas horas en casa, pedió a su marido permiso para comprar una pareja de gatos siameses y a Edgar no le importaba, si eso la hacía feliz, siempre que procurase que los gatos se quedaran a vivir a las buhardillas de la casa. Desde aquel día, Katie cuidaba a los dos gatos. Les compraba pescado, dejaba platos de leche por todo y miraba que las ventanas de las buhardillas siempre estuviesen un poco abiertas.
- Los gatos no soportan estar encerrados. Tarde o temprano tendrán que marchar. - decía.
A Edgar le divertía aquel interés con la que su mujer cuidaba de los felinos. Pronto, la familia de gatos comenzó a crecer. Primero, recibían la visita de los gatos del vecino: todos iban a comer a sus buhardillas, donde encontraban comida fácil y leche fresca. Sería lógico pensar, a demás, que la pareja original tuvo descendencia, pero el caso es que pronto fue imposible distinguir unos gatos de otros de la enorme población felina que llenaba las buhardillas. Katie estaba encantada. Jugaba con ellos, les compraba grandes cantidades de pescado, pasaba allí casi todo el día y, sobretodo, siempre miraba que nunca se cerrasen las ventanas.
Edgar lo miraba a cierta distancia, pero sin darle gran importancia hasta el día que encontró una gata pariendo dentro del armario de su habitación.
- Esto ya es demasiado- le dijo a Katie-, hay un gato en mi armario.
- Es que ya no caben en las buhardillas. Pensé que no te importaría...- Dijo ella, lloriqueando.
- Pues no me gusta. Tendremos que sacrificar alguno. - Resolvió el marido.
Katie tuvo entonces una reacción sorprendente. Cogió a la gata y sus crías de el armario y corrió escaleras arriba, hacia las buhardillas. Edgar sintió como la puerta se cerraba de golpe y después la casa se sumergió en el silencio absoluto.
Durante unos cuantos días, Katie no quiso volver a verle ni hablarle. Edgar llamó insistentemente a la puerta de las buhardillas, pero su mujer no contestaba, ni abria, ni daba señal de vida. Hasta que un día descubrió que las cosas de Katie no
estaban en su armario, que sus cajones estaban vacíos: todo se lo había llevado allí arriba. Comprendió entonces que no tenía ninguna intención de volver a su lado. Se la imaginaba rodeada de gatos, a oscuras, con las ventanas abiertas, y estos pensamientos no le dejaban dormir.
Edgar pensó que quizás necesitaba un poco de tiempo. Por las noches, a veces la sentía canturrear en voz queda, o la oía cerrar la ventana, o mover alguno de los muebles destartalados que había allí arriba. Pensó que bien tendría que comer algo y empezó a llevarle botellas de leche y un poco de pescado frito. Desde que la conocía, era el que más le gustaba comer. Y vio enseguida que funcionaba, porque, el día siguiente, el plato y la botella estaban vacíos.
Y así, poco a poco, salvo aquella única obligación del pescado y la leche, se fue olvidando de la Katie. De repente, cuando hacía semanas que no oía nada arriba, se dio cuenta que del tiempo que había pasado. ¿Cuánto hacía, que no la sentía mover los muebles, o cantar? Ni lo recordaba. Sólo entonces empezó a asustarse de verdad, quizás porque ya había descubierto que podía vivir perfectamente sin ella. Y, en seguida pensó que todo aquello no podía continuar más.
Al día siguiente llevó a cabo el su plan. Subió la escalera hasta las buhardillas con un martillo, y destrozó a golpes la cerradura y la puerta. Esperaba encontrar a Katie más delgada , dejada, como si fuera una criatura abandonada que hay que salvar de algo; pero nada más lejos: allí sólo había oscuridad, negras tinieblas y un horrible mal olor. Sólo la luna rompía la oscuridad absoluta filtrándose por las ventanas. Gracias a esta poca claridad pudo distinguir las docenas, los centenares de gatos que lo invadían todo. Necesitó mirar al jardín desde una ventana para ver una gata preciosa sentada al tejado, desafiando el vacío con su presencia. Ella andaba hacia él, muy lentamente, y se movía con agilidad y armonía. Cuando se rozaron, pasó el lomo, toda la columna vertebral, por encima de la mano de él, y emitió unos gemidos ahogados que no parecían animales. Sólo cuando le vio los ojos Edgar se dio cuenta de la intensidad de su mirada. Tenía el iris verde, del verde más claro y radiando más de lo que nunca había visto: aquel verde que tan bien conocía.
Cuando él le hacía preguntas, ella decía:
- Ya lo sabrás
Edgar era muy rico y no muy joven. Por eso no tardó mucho en proponerle matrimonio. Se casaron un sábado de Febrero, coincidiendo con la luna llena, y se pasaron toda la noche despiertos, bebiendo y riendo, entregados al placer.
Los primeros meses fueron muy felices. Katie, que se pasaba muchas horas en casa, pedió a su marido permiso para comprar una pareja de gatos siameses y a Edgar no le importaba, si eso la hacía feliz, siempre que procurase que los gatos se quedaran a vivir a las buhardillas de la casa. Desde aquel día, Katie cuidaba a los dos gatos. Les compraba pescado, dejaba platos de leche por todo y miraba que las ventanas de las buhardillas siempre estuviesen un poco abiertas.
- Los gatos no soportan estar encerrados. Tarde o temprano tendrán que marchar. - decía.
A Edgar le divertía aquel interés con la que su mujer cuidaba de los felinos. Pronto, la familia de gatos comenzó a crecer. Primero, recibían la visita de los gatos del vecino: todos iban a comer a sus buhardillas, donde encontraban comida fácil y leche fresca. Sería lógico pensar, a demás, que la pareja original tuvo descendencia, pero el caso es que pronto fue imposible distinguir unos gatos de otros de la enorme población felina que llenaba las buhardillas. Katie estaba encantada. Jugaba con ellos, les compraba grandes cantidades de pescado, pasaba allí casi todo el día y, sobretodo, siempre miraba que nunca se cerrasen las ventanas.
Edgar lo miraba a cierta distancia, pero sin darle gran importancia hasta el día que encontró una gata pariendo dentro del armario de su habitación.
- Esto ya es demasiado- le dijo a Katie-, hay un gato en mi armario.
- Es que ya no caben en las buhardillas. Pensé que no te importaría...- Dijo ella, lloriqueando.
- Pues no me gusta. Tendremos que sacrificar alguno. - Resolvió el marido.
Katie tuvo entonces una reacción sorprendente. Cogió a la gata y sus crías de el armario y corrió escaleras arriba, hacia las buhardillas. Edgar sintió como la puerta se cerraba de golpe y después la casa se sumergió en el silencio absoluto.
Durante unos cuantos días, Katie no quiso volver a verle ni hablarle. Edgar llamó insistentemente a la puerta de las buhardillas, pero su mujer no contestaba, ni abria, ni daba señal de vida. Hasta que un día descubrió que las cosas de Katie no
estaban en su armario, que sus cajones estaban vacíos: todo se lo había llevado allí arriba. Comprendió entonces que no tenía ninguna intención de volver a su lado. Se la imaginaba rodeada de gatos, a oscuras, con las ventanas abiertas, y estos pensamientos no le dejaban dormir.
Edgar pensó que quizás necesitaba un poco de tiempo. Por las noches, a veces la sentía canturrear en voz queda, o la oía cerrar la ventana, o mover alguno de los muebles destartalados que había allí arriba. Pensó que bien tendría que comer algo y empezó a llevarle botellas de leche y un poco de pescado frito. Desde que la conocía, era el que más le gustaba comer. Y vio enseguida que funcionaba, porque, el día siguiente, el plato y la botella estaban vacíos.
Y así, poco a poco, salvo aquella única obligación del pescado y la leche, se fue olvidando de la Katie. De repente, cuando hacía semanas que no oía nada arriba, se dio cuenta que del tiempo que había pasado. ¿Cuánto hacía, que no la sentía mover los muebles, o cantar? Ni lo recordaba. Sólo entonces empezó a asustarse de verdad, quizás porque ya había descubierto que podía vivir perfectamente sin ella. Y, en seguida pensó que todo aquello no podía continuar más.
Al día siguiente llevó a cabo el su plan. Subió la escalera hasta las buhardillas con un martillo, y destrozó a golpes la cerradura y la puerta. Esperaba encontrar a Katie más delgada , dejada, como si fuera una criatura abandonada que hay que salvar de algo; pero nada más lejos: allí sólo había oscuridad, negras tinieblas y un horrible mal olor. Sólo la luna rompía la oscuridad absoluta filtrándose por las ventanas. Gracias a esta poca claridad pudo distinguir las docenas, los centenares de gatos que lo invadían todo. Necesitó mirar al jardín desde una ventana para ver una gata preciosa sentada al tejado, desafiando el vacío con su presencia. Ella andaba hacia él, muy lentamente, y se movía con agilidad y armonía. Cuando se rozaron, pasó el lomo, toda la columna vertebral, por encima de la mano de él, y emitió unos gemidos ahogados que no parecían animales. Sólo cuando le vio los ojos Edgar se dio cuenta de la intensidad de su mirada. Tenía el iris verde, del verde más claro y radiando más de lo que nunca había visto: aquel verde que tan bien conocía.
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