Uhm, pareces incómoda- Comenzó el relato aquella burda figura con gran semejanza a su ser. - ¿No quieres sentar aquí, en el borde de la cama, cielo? No tengas miedo.
Posó la mano sobre la sábana, que no se inmutó al tacto de esos fantasmagóricos dedos. Helen le hizo caso y se sentó, recogiendo con suavidad la falda de su camisón. Estaba sorprendida por el increíble parecido entre ella y aquel vaho inexistente que se elevaba delante de ella. Tragó saliva, inquieta.
El espectro se acercó a Helen e intentó acariciar los glúteos, en vano, mientras la miraba inquisitivamente.
-Veo el temor en tus ojos. ¿Y por qué? Si no puedo rozarte. Físicamente no existo. -Su voz se tornaba cada vez más hueca y dolorosa.- No puedo cortarte en pedacitos y entregarte al infierno, no puedo hacerte gritar de dolor mientras sangras a borbotones, ni puedo desmembrarte y alimentar a Cancerbero, ni siquiera puedo-
-¡Calla! - Helen gritó súbditamente. No quiso elevar tanto la voz y se tapó la boca, esperándose lo peor. Un silencio invadió el cuarto. Helen estaba transpirando y respiraba rápidamente.
Su reflejo comenzó a reír. A mandíbula batiente. Helen gemía de miedo. Tenía las manos sobre su cabeza y los ojos cerrados, con las lágrimas a punto de desbordar.
-Cielo, yo puedo hacerte daño. - Su voz se había tornado suave, casi como un susurro. La miraba fijamente. Helen lloraba desconsolada. ¿Por qué esa figura había venido precisamente esa noche?-
Intenta cogerme. Agárrame el brazo, vamos.- Le tendió la mano y Helen, temblorosa, lo intentó. Pero sus dedos cruzaron el vaho sin rozar absolutamente nada. En el momento preciso en el que el índice traspasaba su piel, Helen dio un respingo.
-¿Ves? No tienes nada que temer. Además, me sorprende que no me reconozcas.
-¿Quién eres, pues?- Balbuceó Helen.
-¿Yo? Yo...Soy tú.- Replicó el fantasma, con media sonrisa en la cara- ¿No nos has visto? Somos exactamente iguales, excepto por un par de diferencias.
-¿Cuáles?
- Yo soy realmente quien eres tú. Soy toda tu sinceridad. Soy aquel ser que vive y siente los miedos sin querer ocultarlos. Yo no he vivido con la gente, sólo en un rincón de tu mente. Soy lo más puro de tu ser. No he recibido enseñanza de nadie ni he convivido con nadie. Soy eso que ha matado la sociedad. Soy el tú que has recluido. Soy tu verdadero reflejo. Y no deberías temerme.
-¿Y por qué has venido?
-Porque nadie me reconoce.
-¿Y? Si sólo te veo yo.
-Porque nadie te conoce realmente, por eso. El día que te amen realmente, tendrán que reconocerme así como soy yo, como eres tú realmente. Tu puro reflejo desmaquillado de los aprendizajes del mundo y sin heridas en la piel, sólo en la mente. De ese tú, es del cual se tienen que enamorar. He venido a recordarte, que no me dejes morir. Porque cuando el Sol te sonría, no me verás. Te verás con quien desea algo de ti y vive arrancándote la piel para sobrevivir ellos. Pero cuando la noche vuelva, sólo yo estaré ahí. Yo y aquel que desee estarlo, porque no le importan tus tinieblas ni tus miedos ni tus oscuros secretos. Ese ser... Me verá cada noche en sus sueños, si realmente te ama puramente.
Posó la mano sobre la sábana, que no se inmutó al tacto de esos fantasmagóricos dedos. Helen le hizo caso y se sentó, recogiendo con suavidad la falda de su camisón. Estaba sorprendida por el increíble parecido entre ella y aquel vaho inexistente que se elevaba delante de ella. Tragó saliva, inquieta.
El espectro se acercó a Helen e intentó acariciar los glúteos, en vano, mientras la miraba inquisitivamente.
-Veo el temor en tus ojos. ¿Y por qué? Si no puedo rozarte. Físicamente no existo. -Su voz se tornaba cada vez más hueca y dolorosa.- No puedo cortarte en pedacitos y entregarte al infierno, no puedo hacerte gritar de dolor mientras sangras a borbotones, ni puedo desmembrarte y alimentar a Cancerbero, ni siquiera puedo-
-¡Calla! - Helen gritó súbditamente. No quiso elevar tanto la voz y se tapó la boca, esperándose lo peor. Un silencio invadió el cuarto. Helen estaba transpirando y respiraba rápidamente.
Su reflejo comenzó a reír. A mandíbula batiente. Helen gemía de miedo. Tenía las manos sobre su cabeza y los ojos cerrados, con las lágrimas a punto de desbordar.
-Cielo, yo puedo hacerte daño. - Su voz se había tornado suave, casi como un susurro. La miraba fijamente. Helen lloraba desconsolada. ¿Por qué esa figura había venido precisamente esa noche?-
Intenta cogerme. Agárrame el brazo, vamos.- Le tendió la mano y Helen, temblorosa, lo intentó. Pero sus dedos cruzaron el vaho sin rozar absolutamente nada. En el momento preciso en el que el índice traspasaba su piel, Helen dio un respingo.
-¿Ves? No tienes nada que temer. Además, me sorprende que no me reconozcas.
-¿Quién eres, pues?- Balbuceó Helen.
-¿Yo? Yo...Soy tú.- Replicó el fantasma, con media sonrisa en la cara- ¿No nos has visto? Somos exactamente iguales, excepto por un par de diferencias.
-¿Cuáles?
- Yo soy realmente quien eres tú. Soy toda tu sinceridad. Soy aquel ser que vive y siente los miedos sin querer ocultarlos. Yo no he vivido con la gente, sólo en un rincón de tu mente. Soy lo más puro de tu ser. No he recibido enseñanza de nadie ni he convivido con nadie. Soy eso que ha matado la sociedad. Soy el tú que has recluido. Soy tu verdadero reflejo. Y no deberías temerme.
-¿Y por qué has venido?
-Porque nadie me reconoce.
-¿Y? Si sólo te veo yo.
-Porque nadie te conoce realmente, por eso. El día que te amen realmente, tendrán que reconocerme así como soy yo, como eres tú realmente. Tu puro reflejo desmaquillado de los aprendizajes del mundo y sin heridas en la piel, sólo en la mente. De ese tú, es del cual se tienen que enamorar. He venido a recordarte, que no me dejes morir. Porque cuando el Sol te sonría, no me verás. Te verás con quien desea algo de ti y vive arrancándote la piel para sobrevivir ellos. Pero cuando la noche vuelva, sólo yo estaré ahí. Yo y aquel que desee estarlo, porque no le importan tus tinieblas ni tus miedos ni tus oscuros secretos. Ese ser... Me verá cada noche en sus sueños, si realmente te ama puramente.
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