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In Loving Memory of You (5)

No tuve la necesidad ni de vestirme, ya que dormí con la ropa puesta, y tampoco deseaba desnudarme delante de Henry. Él estaba ansioso por sacarme de aquel piso, que tomase aire y volviese a la tierra. Me lavé la cara con agua fría y al verme en el espejo, sentí que hiciese lo que hiciese, nadie, absolutamente nadie, querría pasar décadas de vida compartida a mi lado. Suspiré y noté a Henry golpear inquieto la puerta del cuarto de baño. Se moría por irse de ahí. Al ver tanto ímpetu por querer marcharse me planteé muy seriamente hacer un lavado de cara a mi piso.
Al bajar las escaleras, Henry me adelantó. Si se comportaba así conmigo, ¿qué sentido tenía querer estar conmigo? Que abandonase los estudios o no, era mi problema. Quizás sólo le interesaba a la hora tomar apuntes, o simplemente no tenía a nadie más. Ninguno de los dos éramos muy populares.
Por el camino me crucé con un vecino, uno de los pocos que me ayudó y me saludó cuando me mudé. Al pasarme, se volvió sorprendido. Tantos días sin verme... A lo mejor creyó que me había ido a otro lugar. Al llegar al portal vi mi buzón vacío. Me paré en seco. Era imposible que habiendo llegado a fin de mes no me hubiese llegado ninguna carta. Sin decir nada, le señalé el buzón a Henry.

- Ah, sí, me tomé la molestia de coger las cartas que sobrepasaban el buzón. Creo que quedan algunas dentro.

Me encogí de hombros y salí a la calle. El aire me atacó en ráfaga. Me sentó muy bien. Aire. Viento. Al fin. Salir de mi jaula. Y a pesar de los ruidos, de los coches, de la gente por la acera... Me sentía libre. Una felicidad tonta me invadió. Una sonrisa que no salía desde hacía semanas. Mi cuerpo me pedía correr, saltar, agotar mis energías. Salté encima de Henry y él emitió un gruñido. Pero le vi sonriendo. Yo volvía a ser quien fui de pequeño, animado y alegre, y lo sabía.

-¿Qué? ¿Se ha despertado la bestia en tu mente? ¿O es que hay algo raro en el aire y no me he enterado? - Me dijo, dándome un cariñoso golpe con el codo. - Venga, que ya casi estamos. Ya oigo rugir tus tripas.

Y estaba en lo cierto. Al estirarme, mi estómago se despertó. Mi barriga ronroneaba pidiendo comida. Un alimento que no llegaba desde hacía días y se notaba en mis costillas remarcadas, tanto al tacto como a la vista. Puse las manos sobre el vientre y miré a Henry. Elevó sobre el aire una breve y abierta carcajada y señaló un bar, justo al lado de la esquina de una manzana de bloques. Esta vez le adelanté yo de un salto y le animé a continuar.

-Que no se note que yo pago, con esos ánimos... -Y me guiñó un ojo.

Le sonreí cortés. Razón no le faltaba, aunque desconocía cuánto dinero me quedaba en mi cartera. Pero un día era un día, y ya que se había ofrecido y me moría de hambre, como para rechazarle...

Entramos en aquel establecimiento. Y digo establecimiento porque era una mezcla entre un bar y una cafetería. Algo así como un "Pub", que llaman los ingleses, aunque ha falta de dardos, claro.
El camarero saludó a Henry. Por lo visto, él frecuentaba bastante aquel lugar y parecía haber hecho migas con los propietarios. Pidió dos cafés y volvió a echarme una ojeada y añadió un croissant.
 En lo que él pedía, examinaba mi alrededor. Era un lugar tranquilo. A aquella hora, el público también estaba desayunando. Todos ellos debían conocerse y formaban tertulias cada mañana, antes de marcharse a sus respectivos trabajos. 

Henry me llevó a una mesa próxima a la ventana, uno frente a otro, yo justo detrás del cristal y la luz, por lo que supuse que él no vería gran cosa, a parte de una silueta recortada y sombreada.
Nos quedamos en silencio en lo que el camarero traía el pedido.

-Y...Bien...¿Nada que decir?- Me dijo mientras se ajustaba las gafas que le resbalaban.
Me encogí de hombros.
- ¿A qué día estamos?- Le pregunté.

- A siete de noviembre. Pero, chico, ¿te has metido en una nevera criogenizada?

El camarero llegó con los cafés y plato con el croissant y los dejó en mitad de la mesa. Cada uno cogió respectiva taza y a continuación, nos trajeron una tarrina con leche. Henry dio las gracias y se sirvió un poco. Con un gesto, alzando el recipiente, me lo ofrecía. Negué con la cabeza.

- ¿Seguro? Te sabrá bastante amargo. - Arqueó una ceja.

Di un primer sorbo. En mi vida me había arrepentido tanto como en aquel momento. Maldije mi cabeza y sus ideas, pero al menos ya estaba muchísimo más despierto. Ataqué el croissant del plato y le pegué un mordisco. Pastoso era lo mínimo que se le podía decir a algo tan espeso al gusto. Hubiese preferido ir a un callejón y robarle un cacho de cartón a un vagabundo, pero lo hecho, hecho estaba y me tenía que conformar. De todos modos, era algo comestible (si se le puede llamar así) tras tanto tiempo sin comer.

-Nadie ha sabido nada de ti durante una semana- Prosiguió Henry, a la vez que él también daba un trago a su café. - ¿Qué pasó?

-Con nadie... ¿A quién te refieres? Si no tengo compañías en la universidad. -Mojé el croissant en el café y le di un bocado. La calidad y el sabor de ambas cosas, del café y el hojaldre, había mejorado muchísimo. - Como máximo, aquellos que han preguntado por mi existencia, serán los mismos que me piden los apuntes que ellos no copiaron por hacer el vago.

-Te siguen quedando migas en la barba del mentón - Me señaló con el dedo.

 Me froté y la mesa oscura en la cual estábamos comenzó a motearse de pedacitos. No me había dado cuenta de lo raspante que era mi barba. Parecía un trotamundo o un filósofo pedante.

-Vamos, Ben,  no seas así. Sólo quiero saber por qué estuviste así, eres mi amigo y me importas.

  Esta vez fui yo quién arqueó una ceja. Le miré atentamente, ¿qué querría él de mí? Por primera vez, me paré realmente a ver el aspecto de una persona para juzgarla. A un ser y el por qué de sus movimientos. Su pelo era de un color castaño muy claro, que rozaba lo rubio al Sol; relativamente corto, con una leve entrada en el lado izquierdo de la cabeza y una especie de flequillo corto hacia la derecha. Apenas le llegaba a la montura de sus gafas. Aquellas gafas pequeñas, rectangulares, que protegían sus ojos grises. Era de mejillas hundidas y de tez blanca. Una delgada y bien cuidada línea de barba le seguía por toda la mandíbula. Su cuerpo era enjuto. Carecía de músculos. Vestía vaqueros bastante ajustado y un poco caídos y normalmente camisas negras y amplias, como si fuesen heredadas de algún hermano mayor.
 La verdad es que no tenía de mal tipo. Es decir, entiéndeme, normalmente a la gente burda y necia se les ve a simple vista. Y no es por ser superficial, pero era la verdad.

-...Y créeme que estaré aquí siempre. ¿De acuerdo? -Entrecerró los ojos, extrañado- ¿Ben? ¿No crees que ya está suficientemente remojado?- Y señaló al croissant.

No me acordaba de que lo había dejado a remojo. Ya se desprendía y todo. Cogí una cuchara y rescaté el resto del hojaldre y me lo comí, seguido del café. Todo de un trago. Henry se sorprendió de mi hambre voraz.

-Bueno, ¿De acuerdo, Ben? - Dijo, a la vez que él también finiquitaba su café y me miraba por encima de la curva de la taza.

-¿Ehm? Ah, sí. Muchas gracias, Henry. Te debo una. Gracias por esta mañana. - Le sonreí y me levanté. -Me voy ya, tengo que ponerme al día con las clases.

-Ben, al final no me has dicho nada de lo que te pasaba...

-Tonterías. Bueno, hasta el lunes, Henry. - Me despedí con la mano y me fui a la puerta.

-¡Pero, Ben, estamos a miércoles!

Todos los tertulianos comenzaron a reírse. Por lo visto no hablábamos lo suficientemente bajo. Henry desarrugó la frente y me devolvió la sonrisa.

-Suerte, pues. Y hasta mañana.

Salí y a través de la cristalera vi al camarero junto a Henry, riéndose a carcajadas.
Ese día yo no pagaba la cuenta y se notaba.


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