Hola, hola. El texto de acontinuación no tiene nada que ver con la historia de In loving memory of you pero es un texto que escribí hace unos meses, básicamente inspirada en la noche de fin de año. Con una temática romántica. Un breve texto y sencillo de leer. Espero que les guste.
El ambiente no podía estar más animado. Padres con sus hijos revoloteando y mareando a quiénes les vigilaban, ancianos sentados en los bancos del parque superior o apoyados en la barandilla, que miraban el aire con gesto risueño, recordando, quizás, lo que un día vivieron ellos en aquel mismo lugar; jóvenes que reían y compartían experiencias de cuando eran pequeños rebeldes y soñadores.
Entre éste último grupo, estábamos nosotros. Sentados en el césped, nos deleitábamos de todo. Las voces, la risa, la música que flotaba en el aire, nuestras historias. Ante nosotros, de pie, estaba Cristian, con uno de sus fantásticos, y quizás imaginarios, relatos. Desde luego, era una maravilla narrando, porque podías acabar sintiendo todas y cada una de las sensaciones, los miedos. Nos contaba como se había escabullido de unos pandilleros que buscaban una presa para atacarla y que él, gracias a su astucia, había evitado y vencido. Sonaba más a sueño que a cualquier otra realidad. Pero aquellos instantes marcaban la diferencia y eran tan placenteros...
Mientras Marian y Cristian discutían por vigésima cuarta vez sobre un tema banal, me tumbé sobre la hierba. La Luna lucía hermosa alzándose en una noche coronada con pocas pero brillantes estrellas. Tú, que durante un largo tiempo habías perdido la mirada entre el césped, me observaste en silencio, esta vez arrancando pequeñas briznas. Te devolví una sonrisa cómplice, a la que no me respondiste. Una gran ovación llenó el aire y desvió nuestra mirada otra vez hacia el cielo nocturno. Colas de humo seguían a los fuegos artificiales que se alzaban para morir, entre chispas de colores verdosos, rojizos y dorados. Los niños miraban y señalaban, boquiabiertos, el espectáculo de luces que se mostraba ante ellos.
Secuestré tu mano, mientras te señalaba con un dedo en los labios que no dijeses nada, para que el resto, que también se maravillaban como si volviesen a su infancia, no se percatase de nuestra huida. Te dejaste llevar y te guié por la escaleras que llevaban al paseo superior, allí dónde los ancianos también volvían a sonreír, sintiéndose a la vez jóvenes. Nos sentamos en el límite del paseo, dejando los pies casi al aire pero estando apoyados en la pared. De ahí al césped del cual veníamos debía haber una diferencia de altura de unos diez metros y sin embargo, tuviste el mismo ímpetu que yo en sentarte en el borde, sin miedo o miramientos. Seguías sin mediar palabra. Nos quedamos otra vez en silencio, ensordecidos por las aclamaciones de la gente y por los fuegos artificiales, que poco a poco, iban muriendo uno tras otro, hasta casi haber acabado la función.
El aire ya olía a pólvora. Un olor intenso. Hice un ademán de levantarme, pero noté que tu mano había apresado mi brazo e impendías que me fuese. Y nada más. Me mirabas, otra vez . Una última tanda de fuegos explosionó, y se reflejó en tu mirada. Motitas de color azul, verde y amarillo flotó en tus ojos, yendo de arriba hacía abajo. El parque entero quedó en silencio. Notaba el vaho que nos rodeaba al respirar. Un último fuego artificial se alzó a una altura mayor respecto a los anteriores. En el instante preciso en el que ese fuego mayor, la despedida de la velada se le podría llamar, estallaba en miles de chispas, iluminando una vez que más, última vez más; en aquel momento inolvidable, nuestros labios chocaron, para ir a morir hasta más allá de lo que eran mis sueños.
El ambiente no podía estar más animado. Padres con sus hijos revoloteando y mareando a quiénes les vigilaban, ancianos sentados en los bancos del parque superior o apoyados en la barandilla, que miraban el aire con gesto risueño, recordando, quizás, lo que un día vivieron ellos en aquel mismo lugar; jóvenes que reían y compartían experiencias de cuando eran pequeños rebeldes y soñadores.
Entre éste último grupo, estábamos nosotros. Sentados en el césped, nos deleitábamos de todo. Las voces, la risa, la música que flotaba en el aire, nuestras historias. Ante nosotros, de pie, estaba Cristian, con uno de sus fantásticos, y quizás imaginarios, relatos. Desde luego, era una maravilla narrando, porque podías acabar sintiendo todas y cada una de las sensaciones, los miedos. Nos contaba como se había escabullido de unos pandilleros que buscaban una presa para atacarla y que él, gracias a su astucia, había evitado y vencido. Sonaba más a sueño que a cualquier otra realidad. Pero aquellos instantes marcaban la diferencia y eran tan placenteros...
Mientras Marian y Cristian discutían por vigésima cuarta vez sobre un tema banal, me tumbé sobre la hierba. La Luna lucía hermosa alzándose en una noche coronada con pocas pero brillantes estrellas. Tú, que durante un largo tiempo habías perdido la mirada entre el césped, me observaste en silencio, esta vez arrancando pequeñas briznas. Te devolví una sonrisa cómplice, a la que no me respondiste. Una gran ovación llenó el aire y desvió nuestra mirada otra vez hacia el cielo nocturno. Colas de humo seguían a los fuegos artificiales que se alzaban para morir, entre chispas de colores verdosos, rojizos y dorados. Los niños miraban y señalaban, boquiabiertos, el espectáculo de luces que se mostraba ante ellos.
Secuestré tu mano, mientras te señalaba con un dedo en los labios que no dijeses nada, para que el resto, que también se maravillaban como si volviesen a su infancia, no se percatase de nuestra huida. Te dejaste llevar y te guié por la escaleras que llevaban al paseo superior, allí dónde los ancianos también volvían a sonreír, sintiéndose a la vez jóvenes. Nos sentamos en el límite del paseo, dejando los pies casi al aire pero estando apoyados en la pared. De ahí al césped del cual veníamos debía haber una diferencia de altura de unos diez metros y sin embargo, tuviste el mismo ímpetu que yo en sentarte en el borde, sin miedo o miramientos. Seguías sin mediar palabra. Nos quedamos otra vez en silencio, ensordecidos por las aclamaciones de la gente y por los fuegos artificiales, que poco a poco, iban muriendo uno tras otro, hasta casi haber acabado la función.
El aire ya olía a pólvora. Un olor intenso. Hice un ademán de levantarme, pero noté que tu mano había apresado mi brazo e impendías que me fuese. Y nada más. Me mirabas, otra vez . Una última tanda de fuegos explosionó, y se reflejó en tu mirada. Motitas de color azul, verde y amarillo flotó en tus ojos, yendo de arriba hacía abajo. El parque entero quedó en silencio. Notaba el vaho que nos rodeaba al respirar. Un último fuego artificial se alzó a una altura mayor respecto a los anteriores. En el instante preciso en el que ese fuego mayor, la despedida de la velada se le podría llamar, estallaba en miles de chispas, iluminando una vez que más, última vez más; en aquel momento inolvidable, nuestros labios chocaron, para ir a morir hasta más allá de lo que eran mis sueños.
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