***
Pero al parecer, para el destino, mi
felicidad tenía que ser breve. Primero tú, desapareciste como lo
hace el vaho. Nadie me dijo nada. Mis preguntas eran en vano. No me
respondían. Poco a poco, me volvieron a dejar de lado, solo. El
curso ya terminaba y mi media había subido mucho gracias a ti;
podría ir a casi cualquier universidad, evidentemente lejos de la
zona en la que yo vivía. Pero había que sacrificarse en mi sueño
de ser cirujano. Aunque a veces me paro a pensar en el trabajo y me
pregunto como un nombre que salva tantas vidas, puede irse quitando
la vida poco a poco. Por amor.
Dos o tres años más tarde, fui a la
universidad. Tuve que mudarme yo solo. Vivía en un pequeño piso de
alquiler. No tenía gran cosa, pero con tener un techo, me valía.
Cada mañana era un martirio madrugar y coger el metro para acabar
en un antro enorme hablando de vísceras. No tienes ni idea de la
veces que he pensado en ti, de cada vez que cogía el bolígrafo se
me desenfrenaba el cuerpo deseando escribirte cientos de cosas o
ganas de coger el pomo de la puerta de mi piso y salir a buscarte, ir
a por ti. Regresar con mi tesoro entre los brazos. Pero ya apareciste
tú sola...
Aquel día me desperté con la extraña
sensación de que iba a ser un día distinto. Para empezar, no
notaba el sueño que solía tumbar mi
cuerpo, no me percataba de que todo a mi alrededor estaba en
desorden, que ni siquiera estaba en mi cuarto, había dormido en el
sofá, aquel incómodo lugar. Me sentía feliz. Sé qué aquella
mañana no desayuné; quizás porque estaba muy enmimismado o porque
tenía la sensación de llegar tarde o porque no había comida, en lo
que se dice, buen estado. No lo recuerdo bien.
Me dirigí a la estación de camino a
la universidad. Yo no tenía dinero suficiente para ir a una de esas
carísimas universidades con campus, de las que siempre salen en las
películas y en las que hacen de todo menos ir para lo que están,
estudiar. Por lo que cada mañana tenía que madrugar antes para
coger el metro.
La mochila, prácticamente vacía,
(quizás con algunos apuntes y bolígrafos para escribir) daba
brincos en mi espalda mientras daba pequeños saltitos por las
escaleras de la estación. Me sentía con fuerzas de todo, feliz,
como si nunca hubiese habido un tachón o un borrón negro en mi
vida, problemas. Aquella mañana sonreía sin darme cuenta. Silbaba
una dulce y animada melodía, con la cual la gente se giraba a mi
paso. Alguien tan animado a las ocho y poco, era raro de ver,
sobretodo si era ese el mismo chico que hace dos días corría por el
pasillo porque llegaba tarde. Desde que te marchaste nunca me sentí
tan bien.
Al llegar a la estación, miré el
enorme y esférico reloj. Una cuarto de hora antes de tiempo. Suspiré
aliviado. Por primera vez, pude detenerme a examinar mi alrededor.
Nunca me fijé en los enormes graffittis de la pared, de colores
llamativos y fosforitos; en los múltiples vagabundos que allí
pedían un poco de caridad para subsistir como indefensos desterrados
de la sociedad y el poder; un par de ejecutivos que consultaban su
hermoso reloj cada trenta segundos, inquietos. A pesar de la poca
gente que había en el andén, los gritos que sonaban, rebotaban
creando un eco.
En un instante, todo aquel barullo de
voces fue callado por un pitido de los frenos de un tren al llegar.
Consulté el reloj otra vez. No, aquel no era el mío. Todavía
faltaba un largo rato. La estación se llenó de gente, en ambas
direcciones. Muchos rostros, mucha gente diferente. Unos contrastes
enormes entre unas personas y otras, pero mentalmente no somos más
que clones educados para ejercer nuestra tareas.
Y entre esa marea incesante de
personas, algo se me hizo familiar. Algo que recordaba bien y que
jamás hubiese podido olvidar.
Tú. Bajaste del tren sin percatarte de
mi presencia a pesar de haberte puesto a mi lado, junto al horario.
El pecho me iba a estallar. Habías cambiado tanto. Mi pequeña e
indefensa niña, aquella que no podía vivir sin un abrazo. Añoro
aquel tiempo en el que me hubieses reconocido... Pero claro, la edad
marcaba. Yo había cambiado. Era un chaval desaliñado, mi barba asomaba por
mis mejillas, mi pelo revoloteaba aleatoriamente. Yo era un caos, y
tú el orden personificado a simple vista, aunque conocía tu faceta
desordenada.
Quise acercarme, quise abrazarte
repentinamente, sentir tu cuerpo otra vez, oír tu voz aterciopelada.
Me acerqué al tablón, tras de ti, pude ver que no habías crecido
mucho, tenías la misma altura, seguías siendo esa pequeña muñeca
adorable. Torpe como tú sola, te chocaste al girar. Por un instante,
creí que me reconocerías, pero en vano fue aquella ilusión.
Tuve que ver marchar mi vida otra vez
sin poder remediarlo, como un cobarde que abandona su sueño creyendo
que no le pertenece. Recuerdo que aquel día no fui a la universidad.
Toda mi alegría se desvaneció en cuanto te diste la vuelta.
Hubiese gritado, como si estuviese
estallando por dentro, pero moriré callando.
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