Ir al contenido principal

In Loving Memory of You (2)

                                                        
                                                                          ***
Pero al parecer, para el destino, mi felicidad tenía que ser breve. Primero tú, desapareciste como lo hace el vaho. Nadie me dijo nada. Mis preguntas eran en vano. No me respondían. Poco a poco, me volvieron a dejar de lado, solo. El curso ya terminaba y mi media había subido mucho gracias a ti; podría ir a casi cualquier universidad, evidentemente lejos de la zona en la que yo vivía. Pero había que sacrificarse en mi sueño de ser cirujano. Aunque a veces me paro a pensar en el trabajo y me pregunto como un nombre que salva tantas vidas, puede irse quitando la vida poco a poco. Por amor.

Dos o tres años más tarde, fui a la universidad. Tuve que mudarme yo solo. Vivía en un pequeño piso de alquiler. No tenía gran cosa, pero con tener un techo, me valía. Cada mañana era un martirio madrugar y coger el metro para acabar en un antro enorme hablando de vísceras. No tienes ni idea de la veces que he pensado en ti, de cada vez que cogía el bolígrafo se me desenfrenaba el cuerpo deseando escribirte cientos de cosas o ganas de coger el pomo de la puerta de mi piso y salir a buscarte, ir a por ti. Regresar con mi tesoro entre los brazos. Pero ya apareciste tú sola...


Aquel día me desperté con la extraña sensación de que iba a ser un día distinto. Para empezar, no
notaba el sueño que solía tumbar mi cuerpo, no me percataba de que todo a mi alrededor estaba en desorden, que ni siquiera estaba en mi cuarto, había dormido en el sofá, aquel incómodo lugar. Me sentía feliz. Sé qué aquella mañana no desayuné; quizás porque estaba muy enmimismado o porque tenía la sensación de llegar tarde o porque no había comida, en lo que se dice, buen estado. No lo recuerdo bien.

Me dirigí a la estación de camino a la universidad. Yo no tenía dinero suficiente para ir a una de esas carísimas universidades con campus, de las que siempre salen en las películas y en las que hacen de todo menos ir para lo que están, estudiar. Por lo que cada mañana tenía que madrugar antes para coger el metro.

La mochila, prácticamente vacía, (quizás con algunos apuntes y bolígrafos para escribir) daba brincos en mi espalda mientras daba pequeños saltitos por las escaleras de la estación. Me sentía con fuerzas de todo, feliz, como si nunca hubiese habido un tachón o un borrón negro en mi vida, problemas. Aquella mañana sonreía sin darme cuenta. Silbaba una dulce y animada melodía, con la cual la gente se giraba a mi paso. Alguien tan animado a las ocho y poco, era raro de ver, sobretodo si era ese el mismo chico que hace dos días corría por el pasillo porque llegaba tarde. Desde que te marchaste nunca me sentí tan bien. 

Al llegar a la estación, miré el enorme y esférico reloj. Una cuarto de hora antes de tiempo. Suspiré aliviado. Por primera vez, pude detenerme a examinar mi alrededor. Nunca me fijé en los enormes graffittis de la pared, de colores llamativos y fosforitos; en los múltiples vagabundos que allí pedían un poco de caridad para subsistir como indefensos desterrados de la sociedad y el poder; un par de ejecutivos que consultaban su hermoso reloj cada trenta segundos, inquietos. A pesar de la poca gente que había en el andén, los gritos que sonaban, rebotaban creando un eco.
En un instante, todo aquel barullo de voces fue callado por un pitido de los frenos de un tren al llegar. Consulté el reloj otra vez. No, aquel no era el mío. Todavía faltaba un largo rato. La estación se llenó de gente, en ambas direcciones. Muchos rostros, mucha gente diferente. Unos contrastes enormes entre unas personas y otras, pero mentalmente no somos más que clones educados para ejercer nuestra tareas. 

Y entre esa marea incesante de personas, algo se me hizo familiar. Algo que recordaba bien y que jamás hubiese podido olvidar. 

Tú. Bajaste del tren sin percatarte de mi presencia a pesar de haberte puesto a mi lado, junto al horario. El pecho me iba a estallar. Habías cambiado tanto. Mi pequeña e indefensa niña, aquella que no podía vivir sin un abrazo. Añoro aquel tiempo en el que me hubieses reconocido... Pero claro, la edad marcaba. Yo había cambiado. Era un chaval desaliñado, mi barba asomaba por mis mejillas, mi pelo revoloteaba aleatoriamente. Yo era un caos, y tú el orden personificado a simple vista, aunque conocía tu faceta desordenada. 

Quise acercarme, quise abrazarte repentinamente, sentir tu cuerpo otra vez, oír tu voz aterciopelada. Me acerqué al tablón, tras de ti, pude ver que no habías crecido mucho, tenías la misma altura, seguías siendo esa pequeña muñeca adorable. Torpe como tú sola, te chocaste al girar. Por un instante, creí que me reconocerías, pero en vano fue aquella ilusión.
Tuve que ver marchar mi vida otra vez sin poder remediarlo, como un cobarde que abandona su sueño creyendo que no le pertenece. Recuerdo que aquel día no fui a la universidad. Toda mi alegría se desvaneció en cuanto te diste la vuelta. 

Hubiese gritado, como si estuviese estallando por dentro, pero moriré callando.

Comentarios