Soñé al quedarme dormido. Uno de esos
sueños lúcidos que puedes recordar a pesar del tiempo que
transcurra. Me pareció un sueño con ciertas semejanzas, muy
banales, a la realidad. Al fin y al cabo, mi mirada sobretodo se
centraba en ti.
Todo a mi alrededor, el ambiente, era
de tonos oscuros, en un reino en el que las nubes y el cielo no
desentonaban de color. Yo surgía de entre las hierbas, como un pobre
mendigo. Acabé entre calles repletas de hombres vestidos de trajes,
forzando sonrisas, todos como galanes, intentado lucirse. Mis ropas
raídas resaltaban entre todos. Me lanzaban miradas furtivas, algunas
cortas y otras más largas y pausadas, críticas.
Aquel lugar parecía una aldea anexa a
un castillo, rodeado de muros.
Por la calle en la yo circulaba
desorientado, calle abajo, cuando la gente comenzó apartarse, en una
coordinación perfecta. Sólo durante unos instantes. Poco a poco ese
movimiento se acercaba más a mí, por mi espalda. Vi a una mujer,
vestida con un suave camisón de lino blanco, que le alcanzaba hasta
los glúteos, que, al alzar la falda ondeando, mostraba un color muy
suave de piel. Andaba a un paso muy regular, cual autómata, pero al
parecer nadie se percató por ello o no quiso darle importancia.
Continué mi camino hasta llegar a un
lugar sin continuación. Unas rejas bloqueaban mi paso. Al otro lado,
un jardín de rosas espinadas, de colores inimaginables. Me aferré a
los barrotes. Una gélida sensación me invadió como una corriente
por todo el cuerpo. Alcé la vista y vi una figura de mármol con un
rectángulo de esta misma piedra en la cual estaba grabado en letras
plateadas: “Jardín del Olvido”.
Volví la vista atrás. Aquella figura
femenina se dirigía directamente al lugar donde yo estaba. La
reconocí. Eras tú, cielo. Tenías el pecho teñido de rojo, justo
en la zona izquierda del torso, en el corazón. Alzaste el rostro y
mostraste unos ojos grises, de pupilas dilatadas y mirada
desamparada. El viento a ráfagas jugaba con tu pelo. Habrá
princesas a las que les sienten bien los vestidos, pero de la manera
en la que yo te vi, créeme que ninguna era comparable a tu belleza.
Me horroricé al verte en ese estado, y
aún más sabiendo que aquellos patanes pingüinos engalanados no
parecían importarles aquel hecho. Me acerqué aún más y te abracé.
Suave tacto de lino tibio. Pensé que al juntar mi pecho con el tuyo,
me mancharía, pero no. Aquel colorido parecía
parte del camisón, pero de una
apariencia tan real que me daba escalofríos. Aún recordarlo me hace
daño.
Te esfumaste de mis brazos,
suavemente. Y al volver la vista atrás, te vi atravesando los
barrotes del Jardín, cual fantasma en una casa abandonada. Alcancé
a cogerte la mano. Ardía como hundir los dedos en un río de lava en
el averno, pero por ti, ¿Qué más daría eso? Estiré de ti y volví
a aprisionarte en un abrazo. Me fundí; sentí derretir mi piel,
arder mis órganos y pulverizar mis huesos.
En aquel instante, en el que mi cuerpo
se deshizo, me desperté y un destello de luz me hirió de pleno en
los ojos. Una sombra, una figura sentada, con un libro en mano,
aguardaba mi despertar. Alzó la cabeza al verme gemir, soñoliento.
Y reconocí su voz:
-Eh, bella durmiente, ya te vale
pasarte una semana durmiendo, ¿no?
Era Henry. Se me hizo raro verle allí
pero a la vez fue muy agradable.
-¿Cómo has entrado aquí?- Le
pregunté, incorporándome.
-Debías estar muy borracho cuando
viniste, porque te dejaste la puerta sin cerrar. Por cierto, no
tienes absolutamente nada en la cocina, ¿Piensas vivir como un
ermitaño? Venga, vamos desayunar a un bar. Invito yo.
Sí, Henry, sí. Estaba borracho de
amor y de dolor.
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