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In Loving Memory of You (3)

Los tres días siguientes tras el encuentro fueron...No lo sé ni yo que fueron. No veía la luz del día, descuidé por completo mi ser, tumbado en la cama, con la mirada perdida. Temía cerrar los ojos y volver a recordarte. Ardía en mí una cicatriz que creí borrada. ¿Era su indiferencia lo que me dolía? ¿O el hecho de que hubiese muerto mi recuerdo en su mente?

Pasé todo mi tiempo en el cuchitril que era mi cuarto, siempre deshecho. Rara vez me levantaba para ir al baño; pero al hacerlo, me invadía el vértigo volver a caer, aún más bajo. No lloré, no tenía motivos para ello, aunque estuviese destrozado.

Sonó mil y una vez el condenado teléfono del apartamento. No tenía ni fuerzas para cogerlo, y menos para articular palabras. Ninguna de las llamadas iban a ser una buena noticia o algo a mi favor. En aquellos momentos, el viejo contestador, que fue una ganga de mercadillo, me sirvió de mucha ayuda. Notificaciones automáticas de las faltas de la universidad, algún que otro mensaje de Henry (mi compañero en algunas materias, uno de los pocos amigos que había hecho) y poco después, gritos estridentes de mi madre, reprochándome mi irresponsabilidad, mi comportamiento de crío, mientras me repetía una y otra vez como se deslomaban en el trabajo por mi beca. Recibí unos diez mensajes iguales, como si fuese un disco de vinilo rayado con el tiempo. Mi ánimo estaba enterrado bajo una capa de duras palabras y frías reacciones.

Un último y desafinado pitido sonó. La voz rota y entrecortada, por los sollozos, me sorprendió
"Entiendo que no lo estés llevando bien, estás solo, estás lejos, las cosas han cambiado, ya no son tan fáciles... Pero ya eres un hombre hecho y derecho que salió de casa para perseguir sus sueños, sus ilusiones... No agaches la cabeza ni llores, demuestra que no eres débil y que tienes ganas de esta vida"

Hubo una pausa. Se oía una respiración entrecortada pero suave y el pitido calló las voces. No había más mensajes, no había más presión por parte de la gente.

Suspiré hasta dejarme sin aire. Uno de esos supiros largos, como haberle dado una calada a un cigarrillo y soltar todo el humo. Estaba confuso. No le faltaba razón a mi madre. Lo dejé todo atrás, no me quedaba nada. Sólo un par de prendas que me regaló mi madre y una o dos fotografías de mi familia. Aunque nadie comprendiese por lo que estaba pasando, a pesar de eso, tenían razón, debía ser fuerte...

Ardientes lágrimas me recorrian las mejillas. Entrecerraba los ojos, mientras balbuceaba (No recuerdo qué decía), hipando a ratos, como un niño pequeño que recurría a los brazos de su madre cuando no se mantenía en pie...Ese dulce niño que un día fui...

Me quedé dormido, encerrado en mi cuarto, cobardemente enamorado.

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