Vengo a confesar -Comenzó a escribir-
el pecado de un amor mudo, que ha vivido en las sombras, supirando
cuando la veia pasar. Tened compasión por éste ser que amó todo su
vida a alguien que no le correspondía. Te escribo a ti, cielo, allí,
estés donde estés. Nos volveremos a encontrar. Esta, mi historia
escrita, es la herencia, la única, que dejaré en el mundo.
Es la historia del día a día desde
que te conocí.
Hormonas, acné, barba que comienza a
despuntar por las mejillas en los hombres, cambios de voz, primeros
amores... Todo eso no iba conmigo; tardé en sentir la llamada de la
adolescencia. Estaba en el último curso. Carecía de una compañía
fiel. No había mucho compañerismo allí dónde yo estudiaba. Ni
siquiera tenía ganas de llegar a algo. En cuanto me entusiasmaba por
algo, siempre recibía aquellos comentarios que siempre desmoralizan
y te dejan frío. Según aquella gente, qué digo, gentuza, aquello
era “soñar despierto”. Y así estaba yo, ignorando a la
humanidad entera, indiferente ante los cambios.
Hasta que un día, por arte de magia,
apareciste tú y mi mente cayó del cielo hasta el aula para
encontrarse con tu ser. ¿Quién iba a pensar que una persona más,
entre el bullicio de gente, me cambiaría la vida?
Te sentaron dos sitios más allá. Yo
me encontraba junto a la pared, al lado contrario de las ventanas, y
desde mi sitio, si sentaba la cabeza sobre mis brazos en la mesa,
podía ver tu suave perfil a contraluz. Tú eras un chica aplicada,
bastante silenciosa y que no se delataba nunca. En el ambiente que en
mi clase reinaba, de gente que buscaba personas inteligentes para
trapichear deberes y trabajos, no tardaste en estar rodeada de
supuestos amigos. Cualquier persona en su lugar, que al llegar a un
nuevo sitio viese un recibimiento como el que tuviste tú, se hubiese
sentido agradecido; pero tú no. Tan indiferente a los hipócritas,
que caló sus intenciones tan sólo con echarles un vistazo.
Mantenías tu mirada serena y perdida en clase.
Un día de aquellos, en los que me
quedaba semidormido sobre el escritorio, tú te me acercastes. Nunca
olvidaré ese día. Era recreo y en aquel momento llovía a mares y
en nuestro instituto, por norma, ya que carecía de patio, nos
obligaban a quedarnos en clase.
Todo empezó con un tropezón mi mesa.
Te asustaste por creer que me habías molestado. Ay, niña, en aquel
momento no sabes cuan inmensa felicidad me invadió. No recuerdo muy
bien por qué no te fuiste. Sólo sé que acabamos haciendo deberes
juntos y me explicabas las cosas. Por ti, volví a reprender las
ganas de estudiar. Verte sonreír cuando algo me salía bien era mi
morfina contra el mundo que me rodeaba y se burlaba de mí y de mis
repentinos cambios. Gracias a ti, tuve mis primeros amigos, aquel
grupo reducido con los que tan buenos ratos pasé. Charles, Maria,
Anthonny y tú. Aquellos días todavía los saboreo en mi mente.
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